Autor: Laila M. Rey

  • Refugiados y olvidados en Jordania: crónica de una deportación

    Refugiados y olvidados en Jordania: crónica de una deportación

    Los sudaneses llegados a Amman aseguran no recibir las mismas facilidades que otros solicitantes de refugio. En Enero, 800 fueron expulsados. Entre ellos, Alí Yahia.

    Esta no es la historia de un refugiado sirio. Alí Yahia no lleva cinco sino 12 años huyendo de la violencia que desgarra su región. Llegó a Jordania en 2013 con un visado médico, el primero que pudo conseguir para huir del espanto. Una vez en Amman, se inscribió en la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) con la esperanza de que pronto sería realojado lejos del peligro y la precariedad que habían caracterizado su vida en Darfur. Se equivocó. El 18 de diciembre de 2015 las autoridades le deportaron a Sudán, al país donde vio cómo mataban a su abuelo. Pero su historia no llenará titulares porque esa parte del planeta no importa.

    A las cuatro de la madrugada del pasado 16 de diciembre, la policía desmantelaba la acampada que cientos de sudaneses —tanto refugiados como solicitantes de asilo— habían montado frente al edificio del Acnur en Ammán, en el distrito de Khalda. Alí fue de los primeros. Se quejaban de que la organización favorecía a la mayoría de refugiados sirios en detrimento de sus propias necesidades. Acnur asegura que todos sus beneficiarios reciben el mismo trato. Entre las principales demandas, los africanos exigían el realojo urgente en otro país y la asistencia para encontrar vivienda, ya que no se sentían seguros en Jordania.

    Del 16 al 18 de diciembre estuvieron a disposición de las autoridades. Primero fueron trasladados en autobús a un recinto cercano al aeropuerto y esa misma noche estuvieron a punto de ser deportados. Sin embargo, en el último momento y por razones de logística según publicaba Jordan Times, fueron reubicados en un hangar hasta la mañana del día 18 de diciembre, cuando finalmente despegaba el primer avión con destino a Jartum. Según imágenes que ellos mismos hicieron llegar a los medios de comunicación, durante el proceso fueron golpeados e intimidados por las fuerzas del orden.

    Habían vivido 33 días a la intemperie, pasando frío y calamidades, enfrentándose diariamente al acoso de la policía que les recriminaba que la protesta era ilegal y que, de no desalojar el recinto, serían deportados. Pero Alí Yahia asumió el riesgo, indignado porque no podía soportar que después de escapar del horror siguiera viviendo con miedo allí donde solicitaba asilo. Miedo al barrio donde vivía, en el cuál el año pasado se habían producido ataques violentos contra sudaneses. Miedo a ser descubierto mientras trabajaba ilegalmente. Miedo a caer enfermo y no tener dinero para pagar su tratamiento. Él no sólo sufría el drama del refugiado, también el de ser diferente. “En la pastelería donde trabajaba de noche me decían que yo no podía hacer dulces porque mis manos son negras y según ellos están sucias”, explicaba Alí sobre los comentarios racistas que había soportado durante meses, tan sólo dos días antes de que se produjera la expulsión.

    La situación para los refugiados en Jordania es muy difícil, sin permisos de trabajo ni de residencia
    ALI, SOLICITANTE DE ASILO

    El periplo de Alí

    El joven de 26 años Ali Yahia no volverá a Shataia, su pueblo natal, situado en una pequeña provincia al sur de Darfur. De allí salió huyendo en 2004 y es el último sitio donde desearía regresar. Se quedará en Jartum, la capital del país, y volverá a trabajar en lo que pueda hasta conseguir otro visado. Tiene grabado en su memoria el día en que las milicias yanyauid entraron en su aldea y dispararon a las casas indiscriminadamente. En el ataque murieron su abuelo y tres de sus hermanos. Él logró escapar de milagro, cojeando, porque un tiro le alcanzó la pierna. Fue tratado en un hospital de camino a Nyala, la capital del estado de Darfur Meridional, al oeste de Sudán. En esa ciudad permaneció hasta 2012.

    “En Nyala vivía en un campo para personas desplazadas, pero al menos tenía a mis padres. Fue duro porque estábamos acostumbrados a trabajar la tierra en Shataia: cultivar maíz, pepinos, pimientos y judías. Allí no podía. Poco a poco logré encontrar trabajos esporádicos, dentro y fuera del campo, con los que mantener a mi familia. Pero tampoco allí estábamos seguros porque las milicias también entraban”, relataba el joven. Cuando reunió el dinero y la fuerza suficiente, decidió dirigirse a Jartum para una vez allí, viajar a cualquier país donde se sintiera a salvo.

    “Elegí Jordania porque es el único país de la zona que concedía visados. Entré gracias a un permiso médico y una vez aquí me inscribí en Acnur como refugiado”, rememora. Según declaraba, Jordania era su única esperanza. “Yo no quería quedarme aquí, lo consideraba como un país de tránsito para saltar a otro. Descubrí demasiado tarde que la situación para los refugiados en Jordania es muy difícil, sin permisos de trabajo ni de residencia”, se lamentaba Alí.

    Acnur, la agencia desbordada

    Jordania no es signataria de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951. Sin embargo, Acnur declara en su página que el Gobierno jordano permite “un espacio de protección (a los refugiados) en general favorable, aunque frágil, debido a propios desafíos socio-económicos del país”. Desde 1998 trabajan a través de un Memorándum de Entendimiento, que asentó las bases de la actividad de esta agencia de la ONU en el país. Hélene Daubelcour, responsable de Relaciones Exteriores de la oficina de Jordania, declara que se proporciona asistencia a los beneficiarios «acorde a la vulnerabilidad y a nuestra capacidad financiera».

    “Todos los refugiados reciben la protección básica, el documento que acredita que son legales en el país y que por tanto pueden recibir asistencia jurídica por parte del Gobierno”. El día que fue entrevistada afirmaba que conocía las peticiones de los manifestantes pero que el realojo «no es un derecho y depende de la disponibilidad, no de presiones. Se otorga principalmente a familias numerosas o que sufren enfermedades graves”. Según declaraciones de Acnur, el porcentaje de los sudaneses presentados para realojamiento es incluso superior al de los sirios, entorno al 2,9% de los primeros comparado con el 2,3% de los segundos. “El total de refugiados que han podido ser realojados está alrededor al 1%,” aseguraba Daubelcour.

    Los deportados corren un peligro real de sufrir violaciones de derechos humanos en Sudán

    Seis eran las demandas que los manifestantes acampados reclamaban al Acnur: asistencia urgente para vivienda; oportunidades de realojamiento; el reconocimiento público de que el 70% de los sudaneses han sido reconocidos como refugiados y no como solicitantes de asilo; sueldos mensuales hasta la concesión de permisos de trabajo; oportunidades de educación para niños y adultos e igualdad en la prestación de servicios médicos como los proporcionados a los refugiados sirios e iraquíes.

    El Reino Hachemita de Jordania aloja a más de un millón de refugiados de diferentes nacionalidades, de los cuales la mayoría —650.000— son sirios, siguiendo con iraquíes —30.000— y sudaneses. Estos últimos conforman un colectivo de 3.000 personas entre refugiados y solicitantes de asilo, la mayoría procedentes de la región de Darfur. Conociendo estas cifras, hay una realidad que considerar en relación a la recaudación de fondos internacionales. Una realidad que ya viene de lejos: un artículo en The Atlantic de 2013 exponía cómo los medios de comunicación son un importante escaparate para la recaudación de fondos y cómo los sirios acaparaban ya entonces todas las portadas. Aunque Acnur defiende que el trato es igualitario, otras ONGs que operan en la región a menudo están limitadas a la dependencia de los llamamientos de recaudación de fondos, que por lo general se centran en una crisis a la vez. «Una ONG no puede recoger dinero para una campaña titulada ‘Alimenta a una familia siria esta Navidad’ y ofrecérselo a una familia somalí en su lugar”.

    Vidas en peligro

    Amnistía Internacional publicaba una nota de prensa donde recogía, de fuentes no confirmadas, que al menos una persona podría haber muerto por el uso de gases lacrimógenos y golpes durante el proceso de deportación. Además, el mismo informe asegura que los refugiados retornan a un país «donde van a estar en riesgo real de violaciones de derechos humanos y sus vidas están potencialmente en peligro. La mayoría de estas personas han huido de Darfur, donde se enfrentarían a un riesgo real de persecución, represión brutal y otras violaciones de derechos humanos por el gobierno sudanés en la región”.

    La deportación de refugiados, según otro informe de Human Rights Watch, viola el principio de derecho internacional consuetudinario de no devolución, que prohíbe a los gobiernos devolver a las personas a lugares donde corren el riesgo de ser perseguidos, torturados, o expuestos a penas o tratos inhumanos o degradantes. El pasado viernes 18 de diciembre se abrió una brecha legal en Jordania para deportar a refugiados que protestasen por su precaria situación en el país.

    Crónica publicada en Planeta Futuro en enero del 2016.

    Foto galería de Isidro Serrano Selva aquí.

  • Marco Magoa: «Lo dramático de los refugiados es que sobrevivir se ha convertido en su único sueño»

    Marco Magoa: «Lo dramático de los refugiados es que sobrevivir se ha convertido en su único sueño»

    El director español representa en tres continentes una trilogía que intenta retratar la experiencia de los sirios que huyen de la guerra y se embarcan en el Mediterráneo rumbo a lo desconocido.

    «¿Para quién llevas la rosa? El bombardeo secuestró a tu querida y poco después se convertirá en ceniza. Por tanto, no te arriesgues por amor.» Los versos del poeta jordano Islam Samhan esconden desesperación y drama. La misma tragedia que se repite todos los días en Oriente Próximo. Detrás de cada niño ahogado, de cada Aylan, hay una historia que no se cuenta y es lo que ha querido retratar el actor y director español Marco Magoa en su trilogía teatral que comenzó el pasado 17 de Septiembre en Amman, la capital de Jordania.

    La primera entrega titulada El cielo y yo recoge poemas árabes de Samhar y Darwish e indaga en las razones que impulsan a un refugiado a jugarse la vida en el mar para llegar a Europa. «Cuando pienso en lo que está viviendo el pueblo sirio, siempre recuerdo la imagen de los niños de la guerra civil embarcando en Asturias rumbo a Rusia», lamenta Magoa durante la entrevista para EL MUNDO. «Lo que me impulsó a crear esta obra fue el naufragio en Lampedusa, donde murieron más de 300 inmigrantes. La idea estaba ahí. Luego vi la posibilidad de llevarla a cabo durante unos talleres que impartí a niños palestinos, sirios e iraquíes, a través de la oficina de Cooperación Española». El director, con su cabello rizado y unos ojos azul celeste, explica sereno el trabajo creativo de las tres representaciones.

    «La primera obra que he estrenado en Amman representa el punto de partida de todo refugiado: el abandono de la patria. Una familia siria deja su tierra y miran atrás y rememoran todo lo que han vivido y todo lo que están perdiendo. Es un momento desolador porque se dan cuenta que no van a volver nunca más», explica Magoa. El espectáculo contó con la participación de 18 adultos de Siria, Jordania, y Palestina y con cuatro niños iraquíes. Marco eligió los poemas de Darwish y Samhan, palestino y jordano respectivamente, para reforzar los vínculos y dar más fuerza y simbología a la obra.

    «Siempre suelo añadir artistas locales. A Samhan lo encontré investigando y descubrí que vive en el exilio porque fue amonestado por añadir una frase del Corán a un poema. Luego me sorprendí cuando su padre y sus hijos se acercaron minutos antes del estreno para saludarme y agradecerme que lo incluyera», cuenta emocionado. Samhan le cedió el poema «¿Para quién llevas la rosa?», con el que abre este artículo.

    Tres obras, tres continentes

    Sorprende la obstinación de este director español, que lleva desde el 2010 viviendo en Egipto y que ha logrado estrenar obras en árabe, tanto oficial como dialectal. Empezó estudiando en la Escuela Oficial de Idiomas de Madrid y luego pasaba los veranos en países como Marruecos o Siria.»La primera vez que estrené una obra en árabe fue con El Quijote. Escribí un breve resumen y luego lo traduje al árabe. Fue un reto muy interesante.» Desde entonces, ha conseguido sacar adelante otros clásicos españoles como Bodas de Sangre o El Lazarillo. Siempre intentando que haya un vínculo entre lo que se exporta y donde se interpreta la obra, logrando consolidarse como referente que cuenta con la apoyo de organizaciones de Cooperación y de las Embajadas Españolas en Marruecos, Jordania o Egipto.

    La segunda parte de la trilogía se estrenará en Egipto. Se titula Nada y describe el azaroso viaje por mar. «Es el momento en el que tienen que embarcar. No saben nada de lo que les depara, pero tampoco tienen nada que perder. De ahí el título.» Tendrá lugar el próximo 27 de octubre en El Cairo y contará con 15 actores egipcios. La última función, Mare Nostrum. El fin de nuestros sueños, se estrenará el 20 de enero en Dinamarca. Será el propio autor quien hará un monólogo sobre la supuesta llegada a Europa del protagonista, Mahmud. Solo entonces se desvelará si consigue llegar a su destino. El equipo de producción de todas las puestas en escena es la compañía teatro4m que el propio Marco Magoa creó en 2007.

    Concienciar a través del arte

    Magoa lleva décadas metido en esto del arte de crear. Después de tantos años empeñado en dedicarse a lo que le apasiona, no le tiembla la voz al criticar el escaso apoyo de España a la cultura. «Dirán que tiro piedras sobre mi propio tejado, pero es que ya no tengo tejado. Es un gasto de energía artística que no me puedo permitir. No puedo pasarme años llamando a puertas que no se abren. Cuando mandé mi propuesta a Dinamarca me contestaron a los 20 minutos. Y así todo. Vivimos en un tiempo donde lo vulgar está arrasando con los grandes artistas» se lamenta el director.

    El abandono de la cultura tiene, según Magoa, unas consecuencias: el aborregamiento de un continente. «Pese a todo tenemos una oportunidad. Todo lo que haga servirá para concienciar a los europeos y espero que esta trilogía sea el comienzo de muchas más». En la última estación, Dinamarca, Magoa habla de los sueños rotos de los que se han quedado sin nada. «Lo dramático de lo que está ocurriendo es que a los refugiados se les imponen los sueños: sobrevivir es la única opción». Unos sueños muertos a los que nadie llevará rosas.

    Entrevista publicada en EL MUNDO en octubre del 2015.

  • Sobrevivir a los barriles de la muerte

    Sobrevivir a los barriles de la muerte

    El 20% de los pacientes tratados en el último mes en el hospital de MSF son niños. La mayoría de las bajas entre civiles se producen por ataques indiscriminados.

    Cuando el silbido te taladra los tímpanos ya es demasiado tarde. Suena como un misil pero en realidad es mucho peor porque no están teledirigidos. El barril explosivo, una de las principales causas de muerte en Siria según la ONU, puede arrasar una manzana de edificios en apenas unos segundos. Normalmente caen dos al mismo tiempo. Son baratos de fabricar, pesan alrededor de 180 kilos y están llenos de explosivos y fragmentos de metal. Son transportados por helicópteros y lanzados al azar desde lo más alto posible para no ser atacados y causar el mayor número de víctimas.

    «Más del 70% de los heridos que recibimos sufren lesiones y múltiples heridas a causa de las explosiones», afirmaba Renate Sinke en Julio, coordinadora del programa quirúrgico de emergencia de Médicos sin Fronteras (MSF) en Ramtha. Hasta este hospital jordano son evacuados los heridos de gravedad de la provincia siria de Deraa y hasta allí se trasladó EL MUNDO, situado a tan sólo cinco kilómetros de la frontera siria, en el norte del Reino Hachemita.

    En las dos salas de operaciones del hospital, decenas de médicos desafían a la muerte desde su apertura en Septiembre del 2013. Allí no hay espacio para el odio, nadie sabe quiénes son los pacientes o qué hacían: lo único que importa es devanar el fino hilo que los separa del más allá. Algunos se quedan en la ambulancia o en el quirófano, pero muchos otros, milagrosamente, salvan la vida para volver al horror. «No podemos obligarles a quedarse en Jordania. Algunos fueron trasladados inconscientes y se despiertan aquí. Por eso alrededor de la mitad de los pacientes que sobreviven deciden volver a Siria», explica la doctora jordana Mayed AlAduan, que lleva medio año trabajando para MSF.

    ‘Antes de la guerra, trabajaba en una empresa en Damasco. Soñaba con tener una vida normal, casarme y vivir en paz en mi país’

    Allí conocimos a Yunes, de 22 años. Las huellas de metralla en su cara dicen todo lo que no le permite su voz. Tiene la mitad del rostro cosido como un muñeco de trapo y tan sólo se asoma uno de sus ojos color miel. Apenas escucha con claridad las preguntas. Tiene las manos vendadas y el resto de su maltratado cuerpo oculto bajo la sábana. Catorce es su nuevo número de la suerte: son las veces que ha sido herido desde que comenzó el conflicto en Marzo del 2011. Lleva cuatro días en el hospital y los médicos no descartan volver a verlo tras darle el alta. «Algunos pacientes reaparecen en el hospital meses después de haberlos operado», reconoce una de las doctoras.

    Volver al horror

    «Antes de la guerra, trabajaba en una empresa que vendía material médico en Damasco. Soñaba con tener una vida normal, casarme y vivir en paz en mi país. Pero en cuanto empezó todo me volví a Deraa», relata Yunes, el paciente que dice haber sido intervenido 14 veces y que recibió a EL MUNDO tumbado en una de las 40 camas que dispone MSF. Prefiere no decir mucho más. Sólo piensa que, pese a lo sufrido o precisamente para mantener viva la esperanza, la situación mejorará. No duda en declarar que volverá a Siria en cuanto se recupere. «Sé que habrá una decimoquinta vez».

    Aisha, de 36 años, no está tan segura del futuro de Siria mientras se permita maniobrar a los aviones y helicópteros. Esta mujer de ojos celestes es madre de seis hijos y apenas lleva 5 días en el hospital. Pide que no se le fotografíe el rosto por miedo a que las autoridades sirias la reconozcan. Asegura que un barril explosivo destrozó sus piernas. No piensa en otra cosa que en regresar. «El más pequeño de mis hijos tiene un año y cada vez que hablo con él por teléfono no hace más que repetir: mamá, mamá. Volveré con mis hijos porque son mis hijos y volveré a Siria porque es mi país«, dice con voz muy dulce pero firme.

    El hospital de MSF se encuentra alojado en un edificio propiedad del Ministerio de Sanidad jordano. Las salas de operaciones y el equipo médico son compartidos por el personal sanitario de ambas entidades. Pacientes jordanos comparten espacio con víctimas de guerra. La mayoría de los pacientes adultos regresan a sus hogares. No desean permanecer en Jordania mientras sus familiares corren peligro en Siria. En cambio, los niños que fueron evacuados junto a sus progenitores tienen la oportunidad de rehacer sus vidas en Jordania.

    Un traslado peligroso

    La seguridad de saberse a salvo en territorio jordano no libra a los pacientes del ruido de las bombas. Las oyen caer y explotar a cinco kilómetros de allí. Entonces saben que llegarán más heridos. Se activa el mecanismo de evacuación en el instante en que los médicos locales deciden in situ que las lesiones sufridas son de tal gravedad que no pueden ser tratadas en territorio sirio. Los ataques indiscriminados hacen imposible el equipamiento quirúrgico adecuado.

    ‘Sabemos que son barriles bomba por el tipo de lesiones y las marcas de metralla en el rostro y extremidades’

    El tiempo es fundamental pero el camino está plagado de checkpoints. Los coches, conducidos exclusivamente por locales -no hay personal de MSF en Deraa-, deben cruzar las áreas controladas tanto por el Ejército Sirio como por sus oponentes. «Después de tantos años, se ha conseguido un acuerdo de libre circulación de las víctimas más graves» recalca Anais, responsable del departamento de Asuntos Humanitarios de MSF, señalando un mapa del país.

    Una vez cruzan la frontera de Tal-Shihab, al suroeste de Siria, son recibidos y tratados inmediatamente por la Defensa Civil Jordana. La gravedad de las heridas apremia y no hay tiempo para identificaciones. Los evacuados entran en Jordania bajo un estatuto especial y deberán registrarse como refugiados una vez se hayan recuperado y deseen permanecer en el país.

    Si el cuadro clínico es muy complicado, son trasladados en ambulancia hasta el hospital de MSF en Ramtha. «Los pacientes sufren politraumatismos, siendo muy complicadas de tratar las heridas en cabeza y abdomen», explica la doctora Mayd AlAduan. «Sabemos que son barriles bomba por el tipo de lesiones y las marcas de metralla en el rostro y extremidades», revela. Según MSF, el 15-20% de los pacientes sirios que llegan al hospital son niños.

    La resolución que no se cumple

    Durante el mes de julio Médicos sin Fronteras ha visto un incremento en el número de pacientes víctimas de los barriles explosivos utilizados en la provincia de Deraa. La principal causa de la elevada cifra de muertos en lo que va de conflicto es debido a los ataques deliberados contra zonas residenciales, incluidos los bombardeos indiscriminados y desproporcionados, según declaraba el pasado 23 de junio Paulo Pinheiro, presidente de la Comisión Internacional Independiente sobre Siria.

    Para evitar los embistes que se están cebando con la población civil, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó en febrero del 2014 la Resolución 2139 por la que se exigía el cese de los asedios en áreas pobladas, incluido el fin del lanzamiento de barriles de dinamita contra la población civil. Lejos de cumplirse dichas demandas, el lanzamiento de barriles se ha incrementado desde la aprobación de la medida según Human Rights Watch. No existen acciones legales contra los incumplidores porque no se recogieron en dicha Resolución.

    El riesgo de entrar en Siria por el caos que asola el país hace imposible el trabajo de miembros de organizaciones no gubernamentales que podrían paliar sobre el terreno el sufrimiento humano, así como impide el acceso a periodistas extranjeros que podrían documentar y dar voz a sus víctimas. Ante la incapacidad de la Comunidad Internacional de hacer cumplir su propia resolución, los barriles explosivos seguirán siendo una de las armas más mortíferas en el conflicto sirio.

    Reportaje publicado en EL MUNDO en Agosto del 2015.

  • 7iber. Resistencia por la libertad de prensa en Jordania

    7iber. Resistencia por la libertad de prensa en Jordania

    Entrevista con la periodista Lina Ejeilat, cofundadora de 7iber, el medio que ofrece una alternativa a los medios de comunicación oficiales del Reino Hachemita.

    Entrevista publicada en Seguimos Informando en Junio del 2015.

    Video de Javi Julio / Nervio Foto.

    Entrevista de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Texto en Seguimos Informando de Xabier Iglesias.

  • Entierran en Jordania a Tariq Aziz

    Entierran en Jordania a Tariq Aziz

    Fue el brazo fuerte del régimen de Saddam Husein. El exministro de Asuntos Exteriores iraquí fue sepultado en la ciudad de Madaba, con los vítores de los nostálgicos del partido Baaz.

    Decenas de personas despiden al grito de mártir el cuerpo de Tariq Aziz, ex ministro de Asuntos Exteriores y brazo fuerte del régimen iraquí, minutos antes de enterrarlo en el cementerio jordano de Jolud, en Madaba, a 20 kilómetros de la capital. «Somos tus hombres Sadam» claman simpatizantes del partido Baaz portando fotos del expresidente iraquí junto a banderas que rezaban el lema de la organización: Unidad, Libertad, Socialismo. Su mujer Violet y sus hijos siguen la comitiva funeraria en un luto riguroso.

    «No he venido para apoyar el régimen iraquí, sino para apoyar a la gran nación árabe. Desde la intervención americana en 2003 toda la región se ha convertido en un auténtico caos»

    «Estoy aquí para decir adiós a un gran hombre», declara un seguidor del Baaz, Ayman Suhaymat, que porta orgulloso una bandera jordana mientras espera la llegada del féretro. «No he venido para apoyar el régimen iraquí, sino para apoyar a la gran nación árabe. Desde la intervención americana en 2003 toda la región se ha convertido en un auténtico caos», se lamenta Suhaymat. Los vítores antimperialistas suben de tono cuando jóvenes vestidos de verde militar trasladan el ataúd hacia la fosa. Algunos de los lemas piden la caída de Israel o el cierre de la embajada iraní en Amán.

    Aunque el cuerpo de Tariq Aziz se esperaba en Jordania desde hace una semana, no ha llegado al Aeropuerto Internacional Quen Aliaa hasta la noche del viernes 12 de junio. Después de superar las primeras trabas gubernamentales y preparado el jueves para su traslado en avión a Jordania, el féretro desapareció del aeropuerto de Bagdad según informaban los propios familiares. Horas después, el Gobierno iraquí era capaz de recuperarlo para ser transportado por fin a su destino.

    La muerte de Tariq Aziz se ha convertido en el símbolo de la desgracia que agita Irak en la actualidad, sacudida por los envites del sectarismo, la completa ausencia de instituciones estatales y a merced del extremismo más exacerbado, con la organización Estado Islámico acampando a sus anchas a pesar de los ataques aéreos de la Coalición. «Cuando hablamos de la no intervención no sólo hablamos de EEUU, sino también de Turquía o Israel que están interviniendo en toda la zona, también en Siria. Lo que quieren no es derrocar a Bashar, sino derrocar el Estado mismo como hicieron en Irak» asegura Ayman Suhaymat.

    Símbolo del Baazismo

    Fue Tariq Aziz, cristiano caldeo originario de la ciudad de Nínive, quien declaraba en 2003 que no había armas de destrucción masiva en Irak y rogaba a los Estados Unidos que no entraran puesto que fracasarían. Nada parece quedar del sueño baazista en la actual Irak. Con un país prácticamente fragmentado y Estado Islámico imponiendo su régimen de terror, los anhelos de unidad y libertad parecen haberse desvanecido. Con Tariq Aziz desaparece un símbolo más del antiguo régimen, un régimen que añoran no sólo los nostálgicos del partido, sino también miles de iraquíes que han huido de las hordas de IS dejando atrás todo lo que conocían. Muchos de ellos se encuentran ahora refugiados en el Reino Hachemita.

    Aziz fallecía en una cárcel iraquí el 5 de junio por un paro cardiaco a la edad de 79 años. Llevaba 5 años esperando la pena de muerte pero el ex presidente iraquí Jalal Talabani se negó a firmar su sentencia y permaneció preso pese a su deplorable estado de salud. Se graduó en Bellas Artes en la Universidad de Bagdad en 1958 y desde su juventud lo atrajo el nacionalismo árabe, secular y de promesa anti-imperialista. Como profesor y periodista, se vio envuelto en la turbulencia política de 1960. Su acercamiento a Sadam se produce en 1963, con la caída en desgracia del Baaz, lo que le convierte en el hombre fuerte del partido con su vuelta al poder en 1968.

    Se convirtió en uno de los hombres más buscados del Ejército Estadounidense durante la invasión y se entregó a los americanos en Abril del 2003. En 2009, un tribunal iraquí lo encontró culpable de crímenes cometidos contra los chiíes en 1980 como «crímenes contra la humanidad» y fue sentenciado a muerte. Hoy yace en suelo jordano por temor a que su cuerpo fuera profanado en territorio iraquí, un país que parece abocado a un futuro más que incierto.

    Crónica publicada en EL MUNDO en Junio del 2015.

  • El niño Zen

    El niño Zen

    Un oasis de paz entre desiertos de violencia. En el hospital de heridos de guerra más grande del mundo.

    Unas manos diminutas juegan con piezas de Lego en una sala de rehabilitación. El pequeño Zein reconstruye la crueldad del conflicto que despedazó su infancia. “¿Qué es eso?», pregunta su fisioterapeuta Ahmad Muhsen. “Es una metralleta”, responde mientras coloca el precario juguete delante de sus ojos. Apunta y dispara con un supuesto gatillo. “Intenta usar el otro brazo”, le recuerda el Doctor. Pero el niño no puede mover un dedo índice que ya no existe. La prótesis temporal de su extremidad izquierda se mantiene inmóvil, incapaz aún de traducir sus órdenes.

    Zein vive desde que tiene memoria a cientos de kilómetros de su país, Yemen, en el hospital de heridos de guerra más grande de Oriente Medio y puede que del mundo, situado en la periferia de Amán, la capital de Jordania. El edificio que administra Médicos Sin Fronteras (MSF) es un oasis de paz entre desiertos de violencia, donde se enmiendan miles de vidas hechas harapos. Un equipo de profesionales especializados trata este tipo de lesiones, las más complicadas: amputaciones, quemaduras y reconstrucción maxilofacial. Los pacientes son seleccionados por el personal de MSF para recibir asistencia gratuita desde cinco países: Irak, Libia, Siria, Yemen y la franja de Gaza

    Cuando la oleada de revueltas de la Primavera Árabe barrió millones de almas en 2011, Zein todavía podía contar su edad sin esfuerzo con los dedos de una mano. Pero aquel año una bomba incendió su casa mientras dormía, mutilando sus sueños. El fuego le quemó la mitad del rostro, le dejó irreconocible la mano derecha y le privó de la izquierda. Pasó cuatro meses en una sala de urgencias en Saná, sometiéndose a decenas de operaciones. Después de salvarle la vida, quedaba lo más duro: la recuperación. Un médico de la ONG recomendó su incorporación en este centro para recobrar la máxima funcionalidad posible de su cuerpo. Después de pasar aquí 24 meses, Zein ya mueve el brazo derecho y dentro de unas semanas dispondrá de una prótesis definitiva en el izquierdo.

    Desde que el hospital abrió sus puertas para tratar a los iraquíes heridos en la guerra del 2006, se han tratado más de3.500 pacientes. Ubicado en un nuevo emplazamiento, cuenta en la actualidad con 220 heridos como Saddam, otro yemení ingresado. Nos encontramos en la planta baja del sanatorio, frente a la sala de operaciones. Minutos antes de entrar al quirófano para operar a Saddam, el doctor Hana Janho se lava escrupulosamente las manos. Es uno de los 170 médicos del equipo que obra los milagros. El ortopeda explica, con la voz atenuada por la mascarilla, que van a sustraer el fijador externo que sujeta el hueso fracturado del joven sedado de 24 años. De esta manera, esperan que recupere la rigidez suficiente para que Saddam vuelva a caminar sin molestias.

    Horas después, Janho muestra al paciente ya despierto la radiografía de la tibia atornillada. «Ya hemos conseguido fijar el hueso, pero necesitarás pasar aquí varias semanas hasta que se suelde por completo».

    El joven nos habla de aquel fatídico día: «Iba conduciendo con mi camión en la provincia de Abyan cuando empezaron a disparar. Hubo una explosión y la metralla me reventó la pierna». Médicos Sin Fronteras valora a los pacientes caso por caso, teniendo en cuenta siempre lo que el tratamiento supondrá de mejora en sus vidas.

    «Ya muevo el brazo»

    «Los casos más graves son de sirios que han sido mal operados en las primeras horas y llegan meses después. A veces ha sido necesario amputar porque las heridas no fueron limpiadas adecuadamente y se infectaron», relata la directora de prensa Enass Abu Khalaf, que desde que se incorporó al proyecto ha sido testigo de heridas devastadoras. «Nunca olvidaré el caso de un taxista sirio. Un tiro le había destrozado la mandíbula inferior. Durante el postoperatorio me contaba feliz que acababa de comerse una zanahoria. Llevaba cuatro años sin probar la comida sólida», relata la mujer, que asegura que las personas tratadas se marchan a sus países de origen con un alto grado de satisfacción. Aunque no todas pueden volver. «Actualmente la mitad de los pacientes que ocupan las camas son internos, ya que no pueden regresar a sus países porque ponen en riesgo su integridad física», reconoce Abu Khalaf. «Trabajamos para que puedan tener una vida normal cuando salgan de aquí».

    En la misma sala de rehabilitación donde Zein espera su nueva prótesis, el fisioterapeuta jordano Salim Omar alienta a una pequeña siria de la provincia de Daraa. «Yalla Rawan, intenta no mirar al suelo », le anima Salim. «No pienses que estás caminando y mira al frente ». La niña sonríe tímida mientras empieza a dar un paso tras otro. Las dos horquillas de color rosa que sujetan los mechones de su frente contrastan con su pelo azabache. «Bravo Rawan», le felicita el médico cuando llega a su lado. «Ahora sube y baja estas escaleras». Con algo de esfuerzo, la chiquilla sube el escalón con la pierna izquierda y después levanta la derecha que parece pesar como un muerto. Su madre observa la escena con una extraña quietud. Después relatará que el accidente que cercenó el pie de su hija se llevó por delante a uno de sus hermanos. «Alhamdulillah» -gracias a Dios, sentencia-. Rawan sigue viva y pronto podrán empezar a olvidar. La joven no ocupa una de las 148 camas del hospital, sino que vive en un piso de los alrededores y sólo visita a su fisioterapeuta para hacer los ejercicios de rehabilitación rutinarios. El conflicto que sigue asolando el país hace poco probable una vuelta inminente a la casa donde Rawan perdió algo más que una parte de su cuerpo.

    Olvidan hasta su edad

    «Nuestro trabajo no sólo consiste en proporcionar servicios quirúrgicos o de postoperatorio, sino también apoyo psicológico porque son víctimas de guerra que han vivido sucesos traumáticos», explica Abu Khalaf. Han sido testigos de violencia extrema, han visto morir a familiares, han perdido sus casas o incluso han sido torturados. Algunos como el sirio Mohammad Amer Khalaf, que está en la misma sala que Rawan, tienen que hacer un gran esfuerzo para recordar su edad. Nos enseña con su móvil una foto de su camioneta agujereada. «El impacto del misil y la angustia de aquellos minutos fueron tan intensos que me han hecho olvidar datos elementales de mi biografía», confiesa.

    El soporte psíquico también pasa por hablarles de los resultados que pueden esperar de las operaciones. «Las heridas son muy complicadas y las expectativas muy altas. Les advertimos de que quizá no vuelvan a tener la misma apariencia de antes», revela Khalaf. El proceso les obliga a afrontar lo ocurrido y aceptarlo. Así estarán mejor preparados para las reacciones de la sociedad donde proceden, en especial, los niños y las mujeres. Enass es clara en este sentido. «Algunas chicas temen ser rechazadas por sus prometidos y/o maridos por la deformación física que ahora padecen».

    En la segunda y tercera planta del recinto están las habitaciones de aquellos que esperan intervenciones. Allí conocemos al activista palestino Wael Saed, que prefiere no dar el nombre de la organización que le disparó un tiro en el pie delante de sus hijos. No olvidará el 4 de agosto del 2014, el día que le desbarataron los proyectos que tenía en marcha en Gazapara propiciar el diálogo entre grupos locales enfrentados. Mira mucho por la ventana mientras rememora el calvario de los últimos meses. «Viajé a Turquía para someterme a la primera operación en septiembre de 2014 pero fue un fracaso. Me intervinieron por segunda vez en Gaza pero ya no estaba seguro allí y me tuve que marchar», recuerda afligido. Sus ojos se humedecen. Aprovecha esos minutos para agradecer la labor de MSF.

     «Lo peor no ha sido el balazo. Lo peor es que lo hicieran delante de mis hijos. Ahora cada vez que llamo por teléfono a casa me piden que no vuelva porque piensan que me van a matar», confiesa. Partidario de Yasser Arafat, trabajaba dentro de una formación civil desde 1994. «Hay grupos en la franja que no quieren la paz ni la seguridad », declara el defensor de los derechos humanos tumbado en la cama. En su opinión, las organizaciones civiles han fracasado a la hora de lograr el entendimiento entre facciones divergentes. «Es una lástima que cada vez haya más partidarios del Estado Islámico (IS en sus siglas en inglés) en la franja». Recalca que se necesitan más organizaciones de derechos humanos y no sólo de ayuda humanitaria como MSF para hacer frente a grupos cada vez más radicalizados.

    En un rincón, otra niña los mira desde la distancia, como pensando si acercarse o no. La yemení de siete años, llamadaAnuar, viste un abrigo rojo impoluto. No parece encajar en aquel ambiente: no tiene huellas visibles en la piel de agonías pasadas. Se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja cuando los iraquíes le invitan a jugar. Se congrega un grupo de nacionalidades diversas en torno a la mesa minúscula. Son de orígenes distintos y desconocen los nombres de los culpables directos de su desgracia, pero comparten un objetivo común: renacer. En la cuarta planta, los iraquíes Ahmad y Mohamad juegan a las cartas en una sala de recreo donde otros niños pintan, hacen manualidades o se baten en duelo frente a un ajedrez o a un tres en raya. Los chavales, de 15 y 11 años, tienen quemaduras de segundo grado en la cabeza, el rostro, el cuello, las manos. Usan gorros de lana en pleno mes de abril. Cuando se les pregunta sólo tienen una palabra en los labios: «Daesh, ¿sabes quiénes son, no? Traca, traca, traca…», cuentan refiriéndose al Estado Islámico mientras imitan con sonidos guturales el ruido de las balas.

    Aceptar la nueva identidad es uno de los retos más difíciles para esta generación marcada por la guerra. El reflejo que les devuelve el espejo cada mañana les acompañará siempre. La prioridad del equipo de MSF es que recuperen la máxima movilidad, facilitando el soporte material y humano para enfrentarse a los desafíos del futuro. Pero nadie puede acceder a esas otras heridas que no se ven y que están formadas de recuerdos borrosos, angustia, dolor, pérdida de seres queridos y hogares a los que quizá ya no puedan volver. Para esos muñones del espíritu, sólo existe un remedio: el tiempo.

    Crónica publicada en web y papel en EL MUNDO en Junio del 2015 en colaboración con el fotógrafo Ricardo García Vilanova.

  • «Estado Islámico me ha amenazado de muerte. Estoy asustado pero seguiré dibujando»

    «Estado Islámico me ha amenazado de muerte. Estoy asustado pero seguiré dibujando»

    Osama Hajjaj, conocido en el Reino Hachemita por su compromiso con la libertad de expresión, ha recibido mensajes amenazantes por parte de adeptos del grupo yihadista desde que dibujó una viñeta sobre el asesinato del piloto jordano Moaz Kasasbeh.

    Jordania ocupa el puesto 143 de 180 países en el Barómetro de libertad de prensa que cada año publica Reporteros Sin Fronteras. Osama Hajjaj, caricaturista jordano, se enfrenta al papel en blanco cada día con el miedo metido en el cuerpo desde que hace una semana recibiera amenazas del Estado Islámico (IS) por ridiculizarlos en sus viñetas.

    ‘¿Hasta cuándo vas a seguir dibujando a los musulmanes yihadistas de forma negativa, mientras dibujas a los que matan musulmanes como si fueran unos ángeles? ¿Por qué no atacas a los infieles y a los gobiernos árabes, cobarde?’. Son las ‘perlas’ que le ha enviado Estado Islámico en un e-mail amenazante. «Ahora está en manos de la policía», afirma rotundo Hajjaj.

    El dibujante lleva desde los años 90 trabajando para periódicos árabes como ‘Al Rai’, ‘Al Dustur’ y actualmente para el diario jordano ‘Al-Arab Al-Yaum’. Sus caricaturas son acogidas con simpatía por una generación hastiada de una economía asfixiante, del extremismo que asola la región y de las rígidas costumbres que siguen imperando en la sociedad jordana. Sus trazos, compartidos asiduamente en las redes sociales, son un aire fresco para las juventudes que desean verse reflejadas en los nuevos aires de cambio.

    «Me impresionó mucho el vídeo donde lo quemaban vivo [al piloto Moaz Kasasbeh] y decidí mostrar mi apoyo diseñando su nombre en forma de avión con los colores de la bandera jordana».

    ¿Por qué empezaste a dibujar?

    Aprendí en casa por influencia de mi familia. Pero de pequeño nunca pensé en convertirme en caricaturista, quería ser piloto. Estudié Arte en una academia pero tras varios intentos fallidos, terminé recibiendo clases de mecánica de aviación en el Aeropuerto de Reina Aliaa, en Amán. Mi oportunidad llegó cuando mi padre me contó que el periódico para el que trabajaba necesitaba un dibujante. Así es como en 1993 empecé a dibujar caricaturas políticas.

    ¿Has sentido algún tipo de presión por parte del periódico para el que trabajabas para no publicar cierta caricatura?

    Lo más grave me ocurrió en 1994. Trabajaba para la revista semanal Yarida-Al Bilad, ahora desaparecida. El editor de la revista me pidió que dibujara sobre una noticia que había generado mucho debate: la relación sentimental entre un miembro de los Hermanos Musulmanes con una bailarina de danza del vientre. Al día siguiente de publicarse la viñeta, la ‘mujabarat’ [los servicios secretos] nos entrevistaron y me mandaron directamente a prisión durante 2 días. Fui el primer dibujante jordano encarcelado por una viñeta. Por aquel episodio, no volví a coger la pluma durante 7 años y me dediqué al diseño gráfico.

    ¿Desde cuándo llevas recibiendo amenazas del Estado Islámico?

    «Empecé a sentir la presión cuando dibujé al piloto jordano Moaz Kasasbeh. Me impresionó mucho el vídeo donde lo quemaban vivo y decidí mostrar mi apoyo diseñando su nombre en forma de avión con los colores de la bandera jordana. Tuvo muy buena acogida y hasta la reina Rania lo compartió en sus redes sociales. Desde entonces, siento que me tienen en el punto de mira y estoy asustado. Hace una semana recibí un correo electrónico donde me amenazaban de muerte. He recibido varias quejas de miembros de los Hermanos Musulmanes enfadados con mis dibujos, pero esta era diferente, por el tono y el lenguaje utilizado».

    ¿Sobre qué cosas no se puede garabatear en Jordania?

    Hay muchos tabús. Aquí no se puede dibujar nada que tenga que ver con la religión. Por ejemplo, he recibido muchas críticas por mi última caricatura de la mujer con ‘hiyab’ que no se baña en la playa. Tampoco puedo dibujar sobre los matrimonios con menores de edad porque si trazo una barba, piensan que me refiero a un sheij, (líder religioso) y, por tanto, estoy criticando el Islam. Y ya no hablo de sexo o de homosexualidad. Sobre temas políticos, en Jordania no se puede caricaturizar al rey. Una vez dibujé a un burro que simbolizaba a la sociedad con un jinete azotándolo, que representaba al Gobierno, mientras la monarquía se mantenía retirada, dormida en un rincón. Desde entonces sentí cierta presión de los servicios de seguridad, aunque nunca de forma evidente.

    ¿Qué pensaste cuando viste al rey Abdulá liderando la manifestación de París por la libertad de expresión cuando en tu país dibujarle te puede llevar a la cárcel?

    Yo respeto su decisión. Él como todos los ciudadanos jordanos, está en contra del terrorismo. Intento mantenerme al margen del debate, aunque es cierto que hubo críticas porque consideran que debería participar en otras protestas como, por ejemplo, contra los ataques en Gaza hacia los palestinos.

    Hajjaj sentencia que seguirá dibujando pese al abanico de presiones que recibe de una sociedad llena de tabúes, de un Gobierno que limita la libertad de expresión y ahora de un grupo que pretende aterrorizarlo. Pero para él, «la libertad de pensamiento y expresión será siempre un derecho del ser humano».

    Entrevista publicada en EL MUNDO en mayo del 2015.

  • El templo de la salvación de los cristianos perseguidos por el IS

    El templo de la salvación de los cristianos perseguidos por el IS

    El rey Abdullah concedió visado para entrar al país a unas 1100 personas huidas. La letra árabe Nun es el símbolo de la persecución, como antes lo fue el pez. Miles de iraquíes subsisten en Amán desde hace nueve meses gracias a la ayuda de la Iglesia.

    Nagam reprime una mueca de dolor mientras rememora el día que huyó de Qaraqosh. «Cuando Estado Islámico (IS, en sus siglas en inglés) invadió la ciudad, el 6 de agosto de 2014, escuchamos por los altavoces de la mezquita que ahora la ciudad les pertenecía y que sólo teníamos dos opciones, salir huyendo o pagar un impuesto. Pero quedarse significaba la muerte», relata una mujer iraquí. Hace un año trabajaba como secretaria en la Universidad de Mosul y ahora reside, junto a su marido y sus dos hijos, en apenas tres metros cuadrados del templo Mar Elías, situado a las afueras de Amán. Como ella, más de 7.500 cristianos viven en Jordania gracias a la ayuda de la Iglesia, que los aloja dentro de sus propios lugares de culto.

    De la vida que dejaron atrás sólo se informan por las llamadas que aún mantienen con sus vecinos musulmanes, que decidieron quedarse y acatar la nueva ley que imponía el autodenominado Estado Islámico. «Ocuparon nuestras propiedades y se adueñaron de muebles, dinero, joyas. Nos robaron las pocas pertenencias que llevábamos encima en el último checkpoint antes de llegar a Erbil», cuenta Kamal, el marido de Nagam. Las paredes de sus casas amanecieron con la letra Nun, de la palabra árabe nasraní, que significa cristiano, la señal de que ahora pertenecían a las hordas de IS.

    Kamal apenas puede levantar los párpados. «Es por el cansancio de esperar, llevamos así nueve meses», dice Nagam de su marido. Un tablero de backgammon reposa sobre una pequeña mesa de plástico. Varias mujeres cocinan judías y trigo relleno de carne picada para las familias que comparten el mismo techo. Nagam mira al suelo y chasquea la lengua mientras explica que aquellos que no podían cruzar el último tramo del camino tuvieron que pagar 10 dólares para ser transportados por los propios miembros del IS hasta llegar al Kurdistán iraquí.

    «Fue en Erbil donde oímos hablar de Abu al Nur», dice Kamal sobre el sacerdote responsable de que 1.100 de esos refugiados obtuvieran el visado jordano concedido expresamente por el rey Abdullah de Jordania. «Nos comentaron que varias iglesias y monasterios en Amán estaban acogiendo a los iraquíes que huíamos de IS y apuntamos nuestros nombres en una lista», recuerda también Haitham, uno de los afortunados. Contable en Mosul, ahora trabaja para Cáritas como responsable del mantenimiento del local, de la comida y del tratamiento médico de sus compatriotas dentro del reciento propiedad de la Iglesia. Es la excepción a la regla: su condición de refugiados les prohíbe trabajar en el país.

    Marcados por la letra Nun

    A través de Cáritas, los refugiados iraquíes alojados en ese y otros templos reciben manutención diaria. La organización se encarga de aportar los alimentos necesarios para las familias, además de pagar los medicamentos y las consultas en los hospitales donde son atendidos. La vida cotidiana apenas encuentra separación de la liturgia. Pocos metros separan las estancias improvisadas con colchones y mantas de la capilla donde se celebra la misa del domingo en el monasterio que regenta el padre Khalil, en el barrio de Marka.

    Abu Khalil, de origen palestino pero acogido por Honduras tras las guerra del 67, se encarga de la manutención de 12 familias que residen dentro de este templo. Los gastos son sufragados en su totalidad por la organización española Mensajeros por la Paz. «Pero también pagamos 27 apartamentos que se encuentran alrededor al monasterio. En cada uno viven dos familias», recalca enseñando las facturas, que reflejan un alquiler mensual de entre 200 y 350 dinares (265 y 460 euros aproximadamente). Además Abu Khalil invita a comer cuatro veces por semana a refugiados que viven fuera del monasterio. «Doy de comer a unas 500 familias y cocinamos a diario unos 50 kilos de arroz».

    Una fotografía con el Papa Francisco reposa en su mesa de trabajo.«Le estoy entregando este pin con la insignia grabada de la Nun», aclara mostrando la letra en árabe. «Pensamos que es un símbolo del sufrimiento de los cristianos en Irak, como lo fue el pez durante las persecuciones de los primeros cristianos». Insiste en que la labor que están realizando en el monasterio no es de carácter religioso sino humanitario y que cristianos y musulmanes son invitados a todas las actividades.

    «La relación entre cristianos y musulmanes, gracias al rey de Jordania, es buena. Aquí no vemos el odio y la violencia que se está cebando con los cristianos en Siria e Irak», afirma mientras recibe en su oficina a Jacob, un iraquí de Qaraqosh que antes hacía reportajes de bodas y que ahora se encarga de editar fotos y vídeos de las actividades del centro. «Es el ministro de comunicaciones del monasterio», comenta Abu Khalil. Jacob sonríe tímido. «Es una forma de que se mantengan ocupados y de dignificarlos».

    El padre se prepara para oficiar la ceremonia de las seis de la tarde. A los asistentes se les insufla coraje para afrontar las dificultades. «He visto cómo nuestros vecinos musulmanes admiran nuestra unión y es así como tenemos que permanecer, unidos». Los fieles rezan el padre nuestro en un árabe clásico perfecto y resonante. Las mismas palabras que recitan los cristianos del resto del mundo para encontrar consuelo frente a la barbarie. Ellos de momento encuentran amparo en el Reino Hachemita, pero durante un tiempo que parece interminable.

    Artículo publicado en EL MUNDO en Abril del 2015. Fotografía de Ricardo García Vilanova.

  • «Al Asad odia a los médicos porque ayudamos a la gente»

    «Al Asad odia a los médicos porque ayudamos a la gente»

    En una clínia psicológica en Amán, el doctor Shafik Amer intenta sanar los traumas de los niños sirios. Su objetivo es que entierren en la memoria el dolor causado por el régimen.

    El doctor Shafik Amer lee la letra de una canción: «Vuelan los pájaros sobre los tejados de nuestras casas, volvieron los días de la primavera». Está escrita en la pared de su centro de psicología infantil de Amán, Jordania. La vivienda está ahora en silencio y el jardín, vacío, porque los niños se han ido al colegio.

    Hasta hace un momento, en el salón había un corro de refugiados sirios de entre seis y 11 años. En el centro, una chica componía con dificultad un puzle con nueve cubos de madera. «Hacemos este juego para mejorar la concentración cuando tienen estrés postraumático», explica Amer. «La mayoría sufre de depresión, pesadillas, agorafobia y otras patologías mentales», añade.

    Los niños del centro Malki-Salaam del doctor Shafik Amer han sentido los bombardeos con barriles explosivos del régimen de Bashar al Asad, han dormido con la incertidumbre de un asalto en mitad de la noche de las fuerzas de seguridad y han visto, quizá por última vez, los cimientos de sus casas derruidas. Por esta vivienda de Amán pasan semanalmente unos 60 chavales que reciben ayuda psicológica de la asociación Salaam Cultural Museum para volver a ser niños.

    En el salón de la clínica, durante la sesión, todos eran sirios en un país extranjero. También el doctor Amer tuvo que exiliarse cuando empezó la guerra hace casi cuatro años, un conflicto que ya ha dejado más de 200.000 muertos y ha obligado a cerca de tres millones de personas a huir a otros países, según la Agencia de la ONU para refugiados. Amer vivía en Damasco con su mujer y sus dos hijos. Trabajaba en el hospital. «Allí vi a los heridos de los primeros días de la revolución. Y denuncié las barbaridades de la represión mandando fotos a los medios de comunicación», narra. «El régimen iba a venir a por mí así que salí al Líbano. Bashar al Asad odia a los médicos porque nosotros ayudamos a la gente. Ha matado a más de 2.500», explica.

    En el país vecino se escondió en un apartamento donde vivía de manera discreta, con las luces apagadas y casi en silencio porque sospechaba que Hezbolá, la milicia chii del Líbano, le buscaba para entregarle al Gobierno sirio. Después saltó de Turquía a Egipto antes de instalarse en Amán hace 12 meses.

    Amer ha vivido en cuatro países en cuatro años y no puede volver al suyo; aun así, sonríe y juega con los pequeños como si fuera no hubiese nada más. Como si no existiese nadie capaz de dañar a un niño, nadie que amenace la burbuja de ternura que hay en este centro psicológico.

    El doctor Amer ayuda a los niños refugiados sirios desde su propia experiencia: huyó del país por miedo a ser detenido

    El doctor, de 43 años, enfrenta en su despacho en Jordania el horror de Siria. En él recibe a los niños y escucha sus historias a través del testimonio de sus padres. «Muchos tienen pánico a los desconocidos y no quieren hablar de su dolor en público», argumenta. En muchos casos, los progenitores también salen de esa sala con una cita con Amer por la tarde. La guerra ocupa todos los espacios de las familias: está en sus casas, que ahora es Amán, y en el recuerdo de las que dejaron atrás y que no saben si acaso existen; está en los familiares que todavía viven en Siria y en los que han muerto.

    Amer escribe a diario las reflexiones de sus pacientes. El tratamiento a partir de ese momento durará tres meses, cuatro horas al día. Si todo ha ido bien, Amer revisará las notas del primer día y sabrá si sus heridas han sanado.

    Entre los casos más difíciles que enfrenta está el de Sidra, una niña de nueve años. Apenas duerme porque tiene pesadillas todas las noches. Ve a su padre. La última vez que estuvo con él fue hace dos años, cuando vivía con su familia en Homs. Ese día, la policía entró en su casa. Sidra recuerda la paliza que recibieron su madre y ella misma hasta que el progenitor intervino para defenderlas. Un golpe seco de culata lo tiró al suelo. La niña observó cómo lo arrastraban a la calle. Se asomó por la ventana y lo siguió con la mirada mientras la policía le alineaba contra la pared junto a decenas de hombres.

    Sidra vio cómo fusilaban a su padre. El cuerpo cayó al suelo y la sangre brotó desde el costado. Tras esto, su familia huyó y estuvo dos semanas en el campo de refugiados jordano de Zaatari hasta que alquilaron un apartamento en Amán. En sus pesadillas, Sidra se encuentra con su padre vivo.

    Tratamiento contra el horror

    Los primeros días en el centro, los niños solo juegan y dibujan. Cogen los peluches y los muñecos que quieren y pintan sin ninguna directriz. El doctor quiere ver cómo se relacionan en un ambiente extraño, alejado de la seguridad de sus familias. Él contempla y toma notas. La escena del corro en el salón, con la niña concentrada en el puzle de nueve piezas, llega en el segundo mes.

    Amer enciende música relajante y observa. La niña de dentro del círculo descifra la imagen: un perro marrón con un collar rojo. «Con estos ejercicios les exigimos que despejen sus mentes de los recuerdos negativos y aprendan a concentrarse», detalla el doctor. Finalmente están en el tercer mes y Amer revisa en su libro de notas la evolución de sus pacientes. Los niños han hecho teatro, yoga, han dibujado, cantado y han jugado para enfrentarse a sus traumas. «Generalmente, dejan de tener accesos de imágenes dolorosas y pesadillas», argumenta Amer. El pasado se mitiga. Pero tiene «casos muy graves que necesitarán mucho más tiempo: hay un niño que sigue viniendo cada semana porque ha intentado suicidarse tres veces», explica.

    Sidra, una niña de nueve años, sueña casi cada noche con su padre. En sus pesadillas él está vivo, pero fue fusilado delante de ella en Homs

    Las paredes de la habitación son lisas y de color crema. El suelo está cubierto de alfombras para que los niños caminen descalzos. En la terraza hay una caja de arena para jugar. Todo el espacio es inofensivo. Solo un dibujo interrumpe la uniformidad cromática. Son las siluetas de antiguos pacientes. En el mural, sus manos están unidas y el último de la fila sujeta una bandera verde, blanca y negra de la revolución siria.

    La madre de Sidra, su paciente de nueve años, se quiere marchar a Siria. Ella no puede pagar el alquiler y el casero les va a echar de la vivienda. Está sola. Su marido fue asesinado y tiene un hermano enrolado en la resistencia. «Van a morir. Les pido por favor que no se vayan de Jordania», explica el doctor. Pero con la incertidumbre sobre las ayudas del Programa Mundial de Alimentos, muchos sirios no ven otra opción. «Prefieren que les caiga una bomba en Siria que morir de hambre aquí», argumenta Amer. «Tengo una lista de 20 pacientes a los que llamo para que vengan, y ya se han marchado», concluye.

    «Espero que vuelvan pronto los días de la primavera y podamos irnos todos a casa», suspira Amer, y recuerda la canción infantil que está escrita en la sala de música de la clínica.

    Texto de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Fotogalería de Javi Julio / Nervio Foto.

    Artículo publicado en Planeta Futuro en marzo del 2015

  • El taekwondo de la resistencia

    El taekwondo de la resistencia

    Entre el barro y las chabolas del campo de refugiados de Zaatari, en Jordania, decenas de niños sirios practican taekwondo para canalizar su rabia. El proyecto, gestionado por una ONG coreana, quiere formar a los líderes del futuro mediante la disciplina y el respeto. Gracias a este arte marcial, los chicos y las chicas están apaciguando el dolor por la guerra en su país.

    El blanco simboliza la inocencia. Abdel Malek, de cinco años, se une al coro de niños que cantan letras revolucionarias mientras son trasladados en pickup de un extremo al otro del campamento de refugiados de Zaatari, en Jordania, a solo diez kilómetros de la frontera con Siria. La mayoría son de Daraa, una de las ciudades donde la represión contra los manifestantes fue más salvaje. Otros han huido de Deir ez Zor o de Homs.

    Visten un quimono blanco que usan cuatro veces a la semana y en el que están grabadas las huellas del duro entrenamiento: alguno está descosido, otros, tan arrugados como higos y en la mayoría hay motas de color marrón del barro que lo baña todo. Pero son los cinturones los que más resaltan cuando la furgoneta se detiene frente a un pista de fútbol encharcada: por ahí salen niños de blanco con cintas alrededor de las caderas: blanca, amarilla, verde, azul y roja.

    «Venga, vete ya Bashar», «mejor morir que vivir arrodillado». Los chavales gritan y dan palmas mientras son trasladados por las calles del colosal levantamiento que alberga a unos 80.000 refugiados. Mujeres cargadas con bebés en los brazos o niños que van al colegio los ven pasar: los adultos miran con la cara mustia, pero los críos sonríen con complicidad. Niños de Daraa empezaron la sublevación social contra el régimen de Bashar al Asad en marzo del 2011. Ellos fueron los que pintaron en el muro de un colegio «el pueblo quiere la caída del régimen». Ellos prendieron la mecha. Ellos sufrieron la primera represión.

    Ahora estos niños practican taekwondo en la academia del doctor Lee en Zaatari. Son blancos: inocentes.

    Un coreano entre árabes

    El amarillo simboliza la semilla. El doctor Lee Chul Soo es el responsable de la escuela, fundada a principios de 2013. Este surcoreano enamorado de Oriente Próximo lleva trabajando en la zona desde hace una década. En 2008 se encontraba en Gaza durante la operación del Ejército Israelí Plomo fundido. Aunque casi todos los extranjeros se marcharon al comienzo del ataque, Lee le dijo por teléfono a su mujer que se quedaría como escudo humano para proteger a los palestinos. Ella decidió que, si iba a perder a su marido, lo haría a su lado. Meses después fueron expulsados de los territorios palestinos y tienen prohibido el acceso a la franja durante 5 años.

    Mientras esperaban para regresar, Lee pasó a ser el representante de la asociación Korean Food for the Hungry International en Jordania y visitó el campo de Zaatari. Al volver a Seúl días después no pudo dormir pensando en los niños que había visto. Por eso, deshizo el camino y apareció otra vez allí: firmó el contrato para comenzar el proyecto de este arte marcial transformado en deporte olímpico en 1988.

    «Yo nunca tuve relación con el taekwondo, solo pensé que sería una buena idea inculcar valores a los niños a través de él», relata Lee mientras les observa bajar de la furgoneta y entrar corriendo en el hangar que sirve de academia. Su proyecto se construye en el límite urbano del campo, al final de la calle comercial que los refugiados bautizaron Campos Elíseos, como si fuese una aspiración. El terreno de los coreanos tiene también un pequeño huerto que los alumnos ayudan a cultivar. Cuando culmine el proyecto, otro hangar alojará una escuela de estudios superiores, una cafetería y unos baños. El agua que caiga de los grifos se utilizará para regar las plantas del invernadero.

    En la puerta, un profesor regaña a los chicos: «Quitaros las zapatillas». Las sandalias grises con ronchas de barro se amontonan sobre el frío suelo de cemento, algunas quedan colgando entre la pared y la viga de metal que sostiene la estructura. La semilla crece con los pies desnudos.

    El verde simboliza el renacimiento. Los niños se dividen por colores. A la izquierda, los que están empezando. No llevan quimono, pero algunos ya tienen el cinturón blanco colgando por encima de la ropa. Dos estudiantes con banda roja se colocan en frente y serán sus tutores durante el entrenamiento. A la derecha, los alumnos aventajados, los que han recibido la vestimenta federada del WTF (World Taekwondo Federation) y los cinturones, que representan los grados de conocimiento. Abdel Malek se coloca en primera fila. Tiene un quimono impoluto con la palabra “Ktigers” escrita a la espalda, y aunque viste cinturón blanco, repite de memoria todos los movimientos de los más avanzados. Es uno de los predilectos de los profesores. Y sobre todo de Mohamed, su padre, que trabaja como entrenador.

    El maestro Sejong Lee empieza el calentamiento. El profesor surcoreano llegó al campo hace 4 meses. Por esas fechas, planeaba mudarse a Singapur, donde le habían ofrecido un puesto de trabajo muy bien remunerado para enseñar este deporte. Con el billete comprado y las maletas preparadas, un día antes de partir conoció en Seúl al doctor Lee y su vida dio un giro de 180 grados. «Me dijo que sería un trabajo voluntario, sin salario, pero que unos niños me necesitaban. Acepté de inmediato», cuenta Sejong. «No me arrepiento. Aquí tengo una familia», reconoce sonriendo.

    La filosofía: formar futuros líderes

    El azul simboliza el cielo. Los alumnos con cinturón rojo realizan saltos imposibles en una demostración de habilidades a los nuevos, que se han sentado en círculo en torno a ellos y miran expectantes. El maestro Sejong y los tutores sirios les ayudan a ponerse el casco y los petos para protegerse el pecho. Les explican las normas, a veces con algo de rudeza. Mohamed, padre de Abdel Malek, se defiende: «Ellos saben que lo hago con amor, no quiero que ninguno fracase», y muestra sonriente sus dientes blancos.

    «Aunque los veas dar patadas y lanzar puños al aire, les enseñamos este arte marcial para fortalecerlos mental y físicamente, no para pelear. Es un deporte de defensa», señala el doctor Lee mientras los tutores sirios atan los protectores de pecho a la espalda y colocan los cascos en la cabeza a los niños. «Mi idea es formar a futuros líderes, transformar la violencia que ha ejercido el conflicto en sus infancias, canalizar la rabia en algo positivo. Y ya hay resultados: los niños que llevan dos años son más disciplinados y han recuperado la autoestima», afirma Lee con una sonrisa.

    La influencia de la filosofía del taekwondo es notable en las actividades de los pequeños. «No comeré si no he querido trabajar», «trabajo cuatro horas y solo como una ración» son lemas que deben memorizar y que inciden especialmente en el rendimiento y la eficacia, algo muy característico de Corea del Sur. Allí la educación es considerada crucial para el éxito y en ella el país invierte casi el 5% de su Producto Interior Bruto. «Aunque allí la competencia entre los alumnos es muy grande y la presión es durísima», afirma David Jaehun Choi, el surcoreano que coordina el Korea Refugee Project, otra asociación involucrada en la escuela de taekwondo. Jaehun ha conseguido que empresas surcoreanas que trabajan en Jordania donen los aparatos tecnológicos, como impresoras, y logísticos, como sillas y mesas, que los voluntarios utilizan diariamente en el campo base, a la entrada de Zaatari.

    La cortesía y el autocontrol también están muy presentes durante los ejercicios. A los maestros hay que saludarlos con la reverencia correspondiente, inclinando mucho el cuerpo hacia abajo en señal de respeto. Y las patadas, también llamadas chagui, así como otras técnicas de golpes, bloqueos, posiciones o defensa personal, están enfocadas al autocontrol. Nada de lo aprendido debe ser utilizado para golpear a un compañero. Esta y otras normas están recogidas en Reglamentos y Leyes para el Espíritu Deportivo durante el entrenamiento, un conjunto de 18 puntos que repiten todos los días antes de entrenar.

    Su futuro está en Zaatari

    El rojo simboliza la pasión y es el color del cinturón que llevan los estudiantes que han alcanzado el dominio de técnicas antes de llegar al negro. Ambos colores forman parte del característico símbolo de las cinco anillas de los Juegos Olímpicos. Un sueño que parece ambicioso y lejano para unos niños que viven en un campamento de refugiados, pero varios responsables del proyecto han empezado a formalizar las actividades deportivas y equipar a los estudiantes con material federado –y con maestros reconocidos– para eliminar cualquier obstáculo que impidiera convertirlo en realidad.

    «Aún es pronto para hablar de Juegos Olímpicos. De momento vamos a empezar a competir con jordanos que practican taekwondo en Amán», comenta Jaehun, el coordinador de Korea Refugee Project. Los niños que empiezan a abrirse camino hacia la madurez son conscientes de la expectación que genera el deporte, no solo en el campo de refugiados, sino también entre los visitantes, que se quedan impresionados cuando los ven ejercitarse como auténticos profesionales.

    «Cuando vuelva a Siria quiero ser profesor de taekwondo», comenta uno de los alumnos más aventajados, uno de los que día tras día va a entrenar. Pero hay otros niños menos afortunados que tienen que ayudar a la familia transportando las carretillas hacia el mercado y faltan a las clases entre semana. Y hay otros chavales que no vuelven porque sus familias han decidido regresar a Siria. «A veces tengo que ir personalmente a hablar con ellos para que cambien de opinión. Les pido que no regresen porque aquí están seguros y los niños van a la escuela», comenta Lee. Algunos de los profesores, como Mohamed, permanecerán en Zaatari gracias a los proyectos del campo que garantizan sanidad y educación a todos sus habitantes.

    El pequeño Abdel Malek se quita y dobla cuidadosamente su quimono, atando su cinturón en torno a él para llevarlo colgando a casa, tal y como le ha enseñado su maestro. «Hasta mañana Sejong», le dice mientras se sube en la camioneta. Su padre Mohamed le da unas galletas de chocolate. Mira a su hijo con devoción. De repente, una de las galletas se cae encima de la plataforma de carga donde está subido, sucia de las pisadas de otros niños del campo que son transportados como él hasta el recinto. En vez de darle una patada hacia fuera, la coge delicadamente, se la lleva a la frente, luego la besa y se la come. Es la resistencia, incluso en un campamento de refugiados, a perder su condición humana.

    Texto de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Vídeo y fotografía de Javi Julio / Nervio Foto.

    Historia publicada en los siguientes medios:

    The Guardian

    MSNBC

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