Autor: Laila M. Rey

  • El último exilio de los cristianos iraquíes

    El último exilio de los cristianos iraquíes

    El avance del Estado Islámico (EI) ha forzado al exilio a miles de cristianos iraquíes, que ahora se refugian en un monasterio de Amán (Jordania)

    Ammar Zaki pasa con el dedo las fotografías de su móvil. “Mira, mira, esta era nuestra iglesia: la Inmaculada Concepción”. En la primera imagen se ve una nave alargada, una torre y la cúpula. En la siguiente, los bancos están corridos y amontonados. Hay cascotes por el suelo y los cristales están rotos. Zaki, cristiano iraquí, añade: “Hace unos meses el Estado Islámico [EI] voló una iglesia antigua de Mosul y nosotros no tenemos noticias de cómo está la nuestra”.

    Tras la declaración, baja la cabeza y se revuelve en el sillón de la casa parroquial de un monasterio de Amán, Jordania. Está sentado con su amigo Saef Tomas, que aprieta un rosario y pasa las cuentas. Los dos escaparon hace seis meses de su ciudad, Qaraqosh, a 30 kilómetros de Mosul, y desde entonces se refugian aquí. Era el 6 de agosto y los peshmerga, los soldados kurdos, se retiraron de la población para centrar su defensa en Erbil.

    No hubo batalla por ese pedazo de tierra asiria, la capital de los cristianos de Irak, un escenario histórico regado por el río Tigris. La milicia local no podía enfrentarse contra las tropas del Estado Islámico. Y el Ejército iraquí ya había huido meses antes de la zona, cuando Mosul fue tomada.

    A medianoche, de forma súbita, comenzó la evacuación. “Las campanas de las iglesias empezaron a sonar y coches con megáfonos recorrieron la ciudad alertándonos –recuerda Zaki–. Salimos con la ropa que llevábamos puesta, ni siquiera tuve tiempo de cerrar la puerta de mi casa”.

    Una ciudad desierta

    La ciudad se vació en apenas dos horas. Qaraqosh, con 50.000 habitantes, ocho iglesias y solo una mezquita, quedó desierta. En ese éxodo se sumaron los cristianos que ya habían huido meses antes de Mosul o de otras poblaciones iraquíes invadidas por las tropas del Estado Islámico. Sobre esa carretera, los exiliados estaban dejando atrás sus casas, sus iglesias y su cultura. Casi nadie aceptó las exigencias de los invasores: convertirse al islam o pagar un impuesto.

    Ammar Zaki, 30 años, casado y padre de dos hijos, levanta la vista y se enjuga los ojos. Ha detenido la narración. Respira. Sus ojos están ahora más abiertos: son azules, muy intensos. “Mira mi rostro, mis rasgos. Nosotros somos asirios y cristianos de la Iglesia siria. Tenemos la piel clara y muchos somos rubios. Hablamos la misma lengua en la que Jesús le dijo a Dios en la cruz: Señor, ¿por qué me has abandonado? Y durante siglos hemos protegido nuestras tradiciones, juntos en esta tierra”.

    Adiós al Vaticano de Oriente

    Es domingo en Amán y Joseph Abba oficia misa en un templo católico. Él es el obispo de la Iglesia católica siria en Bagdad. Esta es una de las ramas del cristianismo oriental presente en Irak, junto con la tradición romana, siria ortodoxa, caldea y malankara.

    Abba está visitando el país donde se han refugiado más de 7.500 fieles. Hablará con ellos antes de ir a Roma y reunirse con el papa Francisco. La sala está abarrotada para verle. “Allá donde vayáis, conservad nuestra lengua y nuestras tradiciones. A pesar del exilio, nosotros siempre seremos los cristianos de la tierra de Jesús”, les exhorta.

    Entre los fieles que han ido a escuchar al obispo está George Bhanan, un ingeniero químico de Qaraqosh, la ciudad de Ammar Zaki, del religioso Joseph Abba y de muchos de los cristianos iraquíes refugiados en Jordania. “Qaraqosh era conocido como el Vaticano oriental. Y ahora todos estamos en el exilio. Yo me marcharé a Alemania, donde vive mi hijo –cuenta Bhanan–, y muchos se irán a Estados Unidos o Australia. Por eso tenemos miedo de que nuestra cultura desaparezca en la diáspora”.

    Desde septiembre, Zaki, su amigo Saef Tomas, sus familias y una treintena de cristianos iraquíes viven en la casa parroquial del monasterio católico de Marka, a las afueras de Amán. Otro grupo de 85 personas se refugia en una iglesia armenia. Y algunos están gastando sus ahorros en alquilar pisos en la capital jordana. Los que no han podido abandonar el país, unos 120.000, están pasando el invierno en el Kurdistán, en un territorio amenazado por el Estado Islámico. Entre ellos están los padres y los hermanos de Zaki.

    Tomas muestra las fotografías de su móvil y cuenta: “Aquí, con mi mujer y mis hijos en París y estas, en Alemania. Son de junio de 2014”. Dos meses después huyeron de Qaraqosh y en diciembre han celebrado la Navidad sobre el suelo de mármol de un monasterio de Amán. Allí las habitaciones están divididas por telas colgadas del techo al frente y en los laterales, para delimitar las paredes y las puertas de cada familia. Dentro tienen un colchón largo y ancho para todos los miembros y una mesa con sillas. En el pasillo, la ropa recién lavada se seca en cuerdas tendidas de lado a lado, en paralelo a las ventanas, por donde entra el sol del invierno. Y al final del corredor está la cocina común y los baños.

    Zaki se sienta a comer en una mesa del pasillo con su hijo Ethan, de 2 años, su hija Athena, de 11 meses, y su mujer Althraa, de 20 años. Junto a su familia está la de Tomas. Hablan entre ellos y comentan que han sido afortunados porque pudieron salir rápidamente de la ciudad iraquí de Erbil hacia Jordania. Solo estuvieron un mes refugiados en una iglesia.

    El último en salir

    De la cocina común sale la mujer de Zaki con una gran bandeja de arroz con pollo, patatas fritas, guisantes y otras verduras. Ella también tiene la piel pálida y sus ojos son de color marrón claro, como los de su marido. Hoy para comer ha preparado biryani, una comida típica iraquí. Sus dos hijos llenan un plato hasta la mitad y salen corriendo escaleras abajo al patio del monasterio. Zaki comprueba que se han ido para explicar que él está preparado para aguantar en Amán seis meses, un año, lo que haga falta hasta que consigan un visado para otro país. “Pero mis hijos no pueden vivir así. Son pequeños pero se dan cuenta de que ya no están en su casa. Aquí hace frío, no tienen cómo entretenerse, echan de menos a sus amigos y a sus abuelos. Casi no salimos del barrio”, relata.

    Y entonces Zaki se envalentona porque ha nombrado a su padre y cuenta con orgullo: “Fue el último en salir de Qaraqosh. Todos nos íbamos y él decía que no iba a abandonar su propia tierra, que antes prefería morir en su casa que tener que huir. Finalmente se marchó a las 3.30 horas de la mañana y caminó hasta Erbil, una parte del viaje”.

    Después de comer, los niños están más tranquilos, cansados de jugar, y se marchan con las madres a echarse la siesta. Saef Tomas mira otra vez fotografías en su móvil: “A veces, se las enseñamos a los pequeños como un ejercicio de memoria, para que no olviden cómo era nuestra casa y sus habitaciones”. Tomas, 34 años, casado y con dos hijos, trabajaba de organizador de eventos en Irak y ayudaba a su hermano Yacob, que también está en el monasterio, como fotógrafo.

    La fatiga de esperar

    El padre Khalil, el religioso que dirige el monasterio, está desbordado. No para de buscar ayuda. Diariamente alimenta a 150 personas entre los que viven en el monasterio y los que vienen de otros barrios de Amán. “Son 10.000 euros diarios en comida. Mensajeros de la paz, desde Madrid, me envía la mitad. El resto: hay que seguir trabajando”, analiza.

    Hace tres meses se reunió con el papa Francisco y le explicó la situación. La Iglesia, en su opinión, no ha sabido reaccionar ante el éxodo de la población del norte de Irak. Por eso le pidió que presionara al Gobierno jordano para que permita trabajar a los refugiados que viven en el país. Khalil regaló al Papa un pin con el fondo negro y una letra árabe pintada en dorado, parecida a una u con un punto en medio: “Es el nun, la primera letra de la palabra nasrani (cristiano). El Estado Islámico ha pintado así las casas de los enemigos, que se pueden desvalijar sin cargo de conciencia. Y yo quiero convertirlo en un símbolo de la resistencia cristiana”, explica el sacerdote. Los cristianos en Irak “tenían un buen nivel de vida, parecido al de una familia media occidental –comenta el padre Khalil–. Y ahora sus habitaciones no son más que cortinas separadoras. Comen cuatro pollos para ocho familias. Y, a pesar de todo eso, son nobles y aguantan”.

    El padre Khalil está sacando poco a poco a los refugiados del monasterio para que se muden a pisos que él alquila. “Aquí hace mucho frío, no tienen intimidad y las enfermedades podrían propagarse fácilmente”, explica.

    Una de las 14 familias que se han mudado a un apartamento es la de Emad, un hombre de 56 años con el pelo canoso y la cara ovalada y larga, con arrugas profundas en el rostro y las manos. Vive con otra familia en una casa de cuatro habitaciones. En el salón, están los siete habitantes reunidos. Todos llevan el abrigo puesto y los dos hombres mayores visten una kufiyya, el tradicional pañuelo oriental, rojo y blanco al cuello.

    Las paredes son de piedra y el suelo está desnudo, sin alfombras. En una de las estancias hay goteras. Y en la calle sigue lloviendo. En la casa no hay ningún tipo de decoración aparte de un árbol de Navidad de unos treinta centímetros que está encima de una balda. Emad pide por favor que no les saquemos fotos y que no escribamos sus nombres verdaderos. No sabe si algún día regresarán a Irak. “Quiero poder vivir sin miedo”, añade.

    Piden confidencialidad aunque reconocen que Irak es el pasado. La familia nombra en voz alta países donde recomenzar su vida. “En Suecia”, donde vive el hermano de Emad. Mientras esperan ese momento, se aburren. Zaki pregunta: “¿Qué hacéis durante el día?”, y responden casi en un sola voz: “Dormir, comer y dormir”. Y se ríen porque de repente su vida actual es absurda.

    Zaki se levanta y pregunta: “¿Cuántos profesores hay en la sala?”. Y, además de él –que enseñaba Arte en el instituto porque le encanta Salvador Dalí–, alzan la mano otras dos mujeres. “El 70% de los maestros de Qaraqosh éramos cristianos. Nos fuimos todos, así que ahora muchas escuelas están cerradas y en las que el Estado Islámico ha dejado abiertas casi no hay profesores”. De la cocina sale una hija de Emad con una bandeja, sirve café y pregunta: “¿Dónde podemos ir?”. Y, después: “¿Cómo podemos entrar en España?”.

    Texto de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Vídeo y fotografía de Javi Julio / Nervio Foto.

    Reportaje publicado en Tiempo de Hoy en Febrero del 2015.

  • El refugio de la risa

    El refugio de la risa

    Jóvenes sirios entre 14 y 25 años aprenden ejercicios acrobáticos en el campamento de refugiados de Zaatari. Un intento por recuperar su autoestima.

    «Bienvenidos a la escuela de circo de Zaatari», anuncia Anwar, el monitor sirio, mientras abre la puerta de un enorme hangar de chapa gris con la altura de un edificio de tres plantas. «A partir de aquí, tenéis que descalzaros y cumplir algunas normas: vestir ropa de chándal, no reíros de vuestros compañeros y sobre todo, ¡pasarlo bien!». En el campamento de refugiados de Zaatari, a 13 kilómetros de la frontera con Siria, las reglas parecen embutidas con calzador. Con aproximadamente 80.000 habitantes, y en un lugar por donde han pasado más de 400.000 personas, pedir calma no parece fácil.

    Anwar remarca que las normas son básicas para conseguir el objetivo del circo:«Transformar la energía negativa de los chicos en positiva». Por eso, los chavales y jóvenes de entre 14 y 25 años no se abalanzan sobre las colchonetas o los malabares. Si no que sonríen desde el umbral, aguardando el instante, mientras se descalzan de las sandalias llenas de barro. Fuera ha dejado la lluvia y los charcos. Dentro, el suelo del hangar está cubierto de una tarima blanda, de color rojo y azul.

    Después de más de dos años desde su apertura, el campo de refugiados de Zaatari se está moldeando como una ciudad. Hay calles comerciales asfaltadas con fruterías, carnicerías, tiendas de ropa, etcétera. La población se ha estabilizado en unos 80.000 habitantes. El asentamiento es un lugar seguro que ofrece educación a los niños y asistencia garantizada. Mientras afuera, en las ciudades, los exiliados sufrieron la suspensión de las ayudas del Programa Mundial de Alimentos en diciembre, en Zaatari la comida está asegurada. Por eso muchos sirios han vuelto al campo.

    Y ahora tienen, por cada barrio, depósitos de agua, cocinas y baños comunes. La mayoría de los refugiados han cambiado las tiendas de campaña por barracones de chapa con electricidad, aunque todavía se ven entre las callejuelas lonas serigrafiadas con las siglas en inglés del Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur). En los últimos cuatro meses, el número de sirios que han cruzado la frontera con Jordania ha disminuido. Los recién llegados son alojados en Azraq, un nuevo asentamiento al noreste de Amán con 10.000 habitantes.

    Reconocerse como vecinos

    Después de dos años en Zaatari, sus habitantes se reconocen como vecinos. Y saben que en la siguiente manzana hay una escuela de teatro, que a dos calles se enseña inglés y que enfrente de su casa hay un circo.

    El circo es una via de escape, un juego que sirve para que los refugiados puedan reconstruir su dignidad

    Poco a poco, los chicos entran en el hangar y se forma una montaña de zapatillas enfangadas en la sede de la ONG Finn Church Aid (Asistencia de la Iglesia Finlandesa), situada en el centro del campo. El entrenador del conjunto masculino, el citado Anwar, de 25 años, comienza con el calentamiento. Corren, hacen abdominales. El cuerpo necesita desperezarse del frío –unos 10 grados– que aletarga los músculos. Dentro del recinto hay diábolos, discos, malabares, monociclos y zancos al alcance de los niños. Algunos no resisten la tentación de cogerlos antes de que Anwar finalice los ejercicios previos.

    «Al principio se sienten desorientados, ya que hay pocas actividades como esta enfocadas en los adolescentes», explica el instructor. En el campo hay decenas de organizaciones dedicadas al abastecimiento, la logística o la acogida; pero la educación informal, fuera de las aulas, es todavía escasa. «Aun así desde el primer día empiezan a recuperar la confianza en sí mismos», continúa Anwar. La iniciativa fue apadrinada por el colectivo circense Sirkus Magenta, un grupo de jóvenes finlandeses que han exportado la risa al lugar donde más lo necesitan. Sus recursos financieros manan del Gobierno de Finlandia y la Unión Europea, pero otros proyectos son sufragados con dinero recaudado en eventos o actuaciones privadas.

    Compuesto por unos 20 voluntarios, llegaron en marzo de 2013 al campo. Para ellos, el circo es una vía de escape con la que los refugiados pueden reconstruir su amor propio, su dignidad, además de sacar a la luz sus habilidades ocultas.

    “Cirkus Magenta me hizo olvidar la guerra, la situación en Siria. Me han transformado en otra persona”, declara Anwar

    Anwar empezó como traductor de inglés con los finlandeses y según comenta durante el primer descanso: «Nunca imaginé que acabaría enseñando cabriolas a los pequeños». Él nunca había practicado con malabares ni monociclos. Pero Sirkus Magenta le entrenó para que se convirtiera en el profesor de circo de Zaatari. No querían que la iniciativa muriera si no estaban ellos allí. «Me hicieron olvidar la guerra y la situación en Siria. Me han transformado en otra persona. Y ahora puedo enseñar a los demás». Después de duros meses de ejercicio, Anwar es ahora la referencia de los jóvenes. Enfrente de ellos, erguido, dirige y ordena. Es alto y delgado y transmite seriedad. Pero después sonríe y abre mucho la boca, las líneas de su cara se comprimen detrás de una barba poblada, y le aconseja a un niño: «La próxima vez, levanta más la pierna».

    Los jueves se preparan para la demostración de pericia. Los 130 alumnos del circo de Zaatari entrenan tres horas y media cuatro días a la semana para enseñar las destrezas recién adquiridas al resto de los compañeros.

    Ghassan Al-Subihy, de 17 años y originario de la ciudad siria de Deraa, se pone sus guantes de licra azul para ejecutar lo que más le gusta: las acrobacias. Anwar pone la música a todo volumen mientras el alumno coge carrerilla. El primer salto es una voltereta en el aire que acaba de pie, clavado. Los presentes le ovacionan. Al segundo brinco se hace daño en la rodilla. Anwar le recomienda que descanse unos minutos.

    «Tengo miedo de que se lesionen. Hace tres meses estaba ensayando solo y me caí encima de la mano izquierda. Me tuvieron que hacer una cirugía», comenta el profesor enseñando su reciente cicatriz. «Desde entonces soy muy estricto con esta norma. Un monitor siempre tiene que estar presente durante los ejercicios». Anwar recita las normas como si fueran un manual. «Las reglas son básicas. Les decimos que no pueden hacer circo si no van a la escuela y también intentamos que respeten cierta autoridad».

    Alrededor del mediodía, un estruendo de voces irrumpe la sala. «Por razones culturales hemos dividido en dos el escenario, pero para las grandes ocasiones descorremos la cortina», comenta una de las organizadoras jordanas. Partido en dos por una gran lona de rayas azules y blancas, al otro lado del hangar el equipo femenino se hace presente.

    «Para que algunas chicas tengan permiso para venir a entrenar, tenemos que ir a hablar con sus familias. Les explicamos lo que hacemos y que nosotras nos hacemos responsables», reconoce Muna, natural de la provincia de Deraa, la ciudad más cerca de la frontera jordana, que lleva tres años de monitora en la ONG. Las chicas están nerviosas porque es día de exhibición. Muna y su compañera Fátima se organizan para poner orden. Tras el calentamiento, las alumnas se sientan en círculo por parejas y observan con expectación los trucos de las demás. Algunas solo se distraen por el golpe constante de una gotera sobre la tarima.

    “Para que algunas chicas tenga permiso para venir a entrenar, tenemos que ir a hablar con sus familias”, reconoce Muna

    Empieza la música. Suena la canción Wannabe, de las Spices Girls. Las primeras chicas hacen el saludo de cortesía y se lanzan a construir puentes humanos imposibles de hasta tres figurantes. Un estruendo de aplausos motiva las siguientes volteretas y carambolas. Las demás intentan llamar la atención de Fátima. «Ahora me toca a mí, profe». Esperan inquietas. Alguna se levanta y hace el pino en la pared. Fátima le hace la primera advertencia. Vuelve a su posición inicial. Otra sale corriendo antes de tiempo. «Respetad el turno de cada una, ahora te tocará a ti», le dice Fátima con tono autoritario.

    Se hace una segunda ronda con los hula hops, los diábolos y los monociclos. Una pequeña mueve con esmero su cintura para que el aro no caiga al suelo. Las alumnas contienen el aliento cuando aparece el primer monociclo, una de las actividades más complicadas. Cuando una consigue atravesar pedaleando un zigzag de diábolos colocados en línea y a un metro de distancia cada uno, las demás aplauden como si hubiesen cruzado todas juntas. Durante unas horas es como si hubieran regresado al patio del colegio.

    La función ha terminado. Las chicas remolonean todo lo que pueden con los diábolos, que van enrollando sobre sí mismos y colocando en su sitio. Hay niños que esperan en la puerta. Son posibles candidatos que preguntan a la supervisora la edad necesaria para formar parte del circo. Algunos mienten sobre sus años para inscribirse.«Vosotros sois pequeños todavía, pero preguntad a los profesores», responde para no desilusionarles. Anwar termina de colocar la colchoneta para el próximo grupo de chavales, que empiezan a las 14.30.

    Otro monitor sirio le sustituye tras el calentamiento. Él sale por la puerta del hangar para buscar entre la maraña de pequeñas sandalias sus zapatillas. Fuera ha escampado y él desaparece entre los barracones con su característico pantalón naranja; un regalo de Sirkus Magenta al que le cosió un remache azul de lona de circo. Es su particular forma de hilar su pasado en Siria con ese futuro que es ya hoy su vida.

    Texto de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Fotos de Javi Julio / Nervio Foto.

    Artículo publicado en Planeta Futuro en Marzo del 2015

  • La precariedad de los jóvenes sirios en situación irregular en Jordania

    La precariedad de los jóvenes sirios en situación irregular en Jordania

    El 23 de agosto es el Día Internacional contra la Esclavitud. En muchos lugares del mundo se siguen viviendo situaciones de abuso y nuevas formas de explotación de la gente vulnerable. Este es el caso de los refugiados sirios en Jordania -a los que pagan menos por desempeñar los mismos trabajos que los nacionales-. La mayoría tienen que esconderse de la policía y corren el peligro de ser expulsados del país si son descubiertos trabajando sin permiso.

    Amman, JORDANIA//Bilal no ha vuelto a coger un libro desde que salió huyendo de Siria en 2013. Los combates entre el Ejército de Asad y los grupos opositores armados destruyeron su escuela en el barrio de Al Midan, en Damasco. Solo tenía 16 años. Ahora trabaja como recadero en un supermercado en el centro de Amman. Una noche de julio salió a comprar fruta y la mala suerte se cruzó con él. Los servicios de seguridad le llevaron arrestado a la comisaría por no llevar identificación. Recibió golpes, alegando que ir indocumentado lo hacía sospechoso de colaborar con insurgentes. Cuando quedó libre, Bilal decidió que no quería ocultarse más. Primero se fue a Egipto con su hermano, luego a Jordania con su tía. Hoy carga y descarga en la sombra. También aquí tiene que esconderse. Como él, cientos de jóvenes sirios de entre 18-25 años trabajan ilegalmente en la capital del Reino Hachemita.

    “Por favor, no pongas nuestros nombres reales. Y tampoco hagas fotos. Todavía tengo familia en Siria, ¿sabes?”, replica Farid, su compañero de fatigas. Acepta que fotografiemos sus manos. Temen que les reconozcan. Avanzan hacia el futuro clandestinamente, sin las oportunidades profesionales que la violencia les ha robado. Lo han perdido casi todo. Fuman en un café en el centro de Amman mientras expulsan por la boca el humo de sus palabras. En la calle las celebraciones del Eid al Fitr continúan, se escuchan petardos, silbidos y risas.

    Las autoridades jordanas suelen hacer campañas periódicas en locales, restaurantes y centros comerciales, ya que el sector servicios está vedado a los refugiados sirios. “Durante los tres meses que estuve en la tienda de dulces donde trabajaba, vinieron más de cinco veces”, asegura Farid. “Normalmente me dan el aviso y me escondo, pero ya me han detenido dos veces”, reconoce. Cuando la policía descubre a un infractor, lo trasladan a una comisaría. “Me llevaron a la central de Abdoun y me hicieron firmar una declaración donde renunciaba al empleo hasta obtener un permiso de trabajo. Pero seguí buscando”.

    Con las fiestas del Fin de Ramadán, el Ministro de Trabajo Nidal Katamine, hacía pública una nueva campaña de inspección masiva -que incluía a todos los sectores- en Amman y en las ciudades del norte Irbid, Zarqa y Mafraq, donde se concentran la inmensa mayoría de los refugiados sirios. En el comunicado se incluían también números de teléfono públicos para que la propia ciudadanía denuncie las irregularidades en caso de constatarlas. Durante el transcurso de los días, anunció que había realizado hasta 430 visitas de inspección y que había encontrado hasta 197 irregularidades sancionadas por la ley. Katamine declaraba que su objetivo es regular el desequilibrado mercado laboral del país y mantener las condiciones de trabajo a la altura de la preparación de los jordanos.

    Menos salario por más horas

    “Discutí con el propietario de la tienda de dulces por mi salario. Me pagaba 250 dinares (265 euros) mientras que un jordano cobra por lo mismo 400 (425 euros)”, protesta Farid. Los otros dos sirios que le acompañan inclinan la cabeza en señal de afirmación. “Y por más horas. Desde las 11 de la mañana hasta las 2 de la madrugada. Todos los sirios que conozco trabajan más de 12 horas al día”. Bilal cobra menos -245 euros-. “Es poco, pero me viene bien porque el trabajo me queda cerca de casa y no tengo que utilizar transporte”, asegura. “En Egipto estaba mejor. Trabajaba con mi hermano en una pequeña modistería. Como el local estaba oculto, no me exponía tanto como ahora”, se lamenta.

    Según el registro de Naciones Unidas en febrero del 2014, Jordania, con casi 6 millones y medio de habitantes, hospeda a unos 600.000 refugiados sirios, de los cuales más de 100.000 están registrados en el Campamento de Zaatari. El resto están repartidos en zonas urbanas, sobre todo al Norte del país, cerca de la frontera siria. La necesidad les empuja a la precariedad laboral en un mercado de trabajo que ya enfrentaba serias dificultades económicas antes de la crisis siria. Según la Organización Internacional del Trabajo (ILO), en Jordania se estima que la fuerza laboral de los refugiados sirios potencialmente activos representan alrededor del 8,4% de la fuerza activa total en las provincias de Irbid, Mafraq, Zarqa y Amman.

    Este flujo incontrolado de trabajadores genera el aumento del desempleo, sobre todo entre los trabajadores jordanos menos cualificados, además de un crecimiento de la competitividad, que deteriora las condiciones de trabajo e incrementa los empleos irregulares. También influye en la aparición de nuevas formas de trabajo forzado, sobre todo en niños que se ven obligados a trabajar para mantener a sus familias.

    A pesar de la financiación que reciben de estas organizaciones –como de la ILO así como de otras organizaciones no gubernamentales -, el Ministro de Trabajo aseguraba, en una reciente entrevista para la BBC, que los esfuerzos internacionales para paliar los problemas del mercado de trabajo derivados del conflicto en Siria no están siendo los esperados. “Hemos recibido un montón de promesas y palmaditas en la espalda, pero por desgracia no hemos recibido el apoyo real. Estamos muy, muy decepcionados en esta etapa”, declaraba Katamine el pasado mes de julio.

    Cuando contratar ilegalmente sale barato

    “Para adquirir el permiso de trabajo, tengo que pagar 300 dinares”, dice Farid. No lo dice pero sabe que el dinero no es el requisito más importante, sino la formación que pudo tener y que se desvanece con el transcurso de los días. Mira por la ventana y observa el ambiente sin inmutarse. No puede más que revivir en la memoria el pasado que ha dejado atrás. Todo el dinero que pague ahora no le devolverá el futuro. Según la Ley Laboral del Reino Hachemita, para adquirir el permiso deben conseguir también la aprobación explícita del Ministro o de quien delegue, y siempre y cuando ese trabajo requiera una capacidad y una experiencia que no pueda ofrecer un empleado jordano. Por eso los sirios tienen pocas posibilidades de acceder a un puesto de trabajo que requiera un potencial plenamente desarrollado.

    Las empresas contratantes descubiertas infraganti son penalizadas. La Ley recoge que la multa no debe exceder los 100 dinares por cada mes que hayan utilizado mano de obra ilegalmente. Los foráneos también se arriesgan a endeudarse; la cantidad depende del trabajo que estén desarrollando. Hasta los 2000 dinares de multa han demandado a los que desempeñaban ilegalmente un trabajo que requiere cualificación universitaria.

    La ley advierte además que los reincidentes serán deportados a sus países de destino y tendrán prohibida la entrada a Jordania durante los próximos tres años. El expulsado sirio no tiene país donde volver, por eso es enviado forzosamente al Campamento de Zaatari, de donde depende exclusivamente de las ayudas de Naciones Unidas. Farid y Bilal prefieren lo poco que ganan para el alojamiento y los gastos de manutención que vivir de la caridad. Aunque eso les aboque a vivir sin sus derechos.

    Artículo publicado en Hemisferio Zero y en Desalambre en agosto del 2014.

  • Los radicales del Estado Islámico ganan adeptos también en Jordania

    Los radicales del Estado Islámico ganan adeptos también en Jordania

    Aumentan los afines al IS tras las victorias contra el gobierno chií de Nuri Al Maliki. El Ejército del Reino Hachemita ha reforzado la seguridad de sus fronteras con Irak.

    El rápido avance en Irak del grupo insurgente ISIS (Estado Islámico de Irak y Siria) -recientemente autoproclamado Estado Islámico (IS, en sus siglas en inglés)- alcanza ya los límites de Jordania.

    Durante las últimas semanas, el Comando General de las Fuerzas Armadas del Reino Hachemita ha reforzado la seguridad de sus lindes después de que IS tomara el control del fronterizo de Trebil, a tan sólo 370 kilómetros de Amán.

    Las últimas manifestaciones de simpatizantes de ISIS en Ma’an, al suroeste de la región, han causado conmoción en uno de los estados árabes más seguros de la región. Las tensiones en esta ciudad, considerada la segunda más pobre del país, han causado la muerte de al menos tres hombres y herido a unos 200 entre los meses de abril y junio.

    De hecho, el Ministerio de Asuntos Exteriores español ha recomendado evitar los lugares en los que se producen manifestaciones y concentraciones de protesta.

    También advierte de que la volátil situación regional constituye un riesgo para la seguridad en Jordania, aunque desde 2005 apenas se han registrado actos terroristas por la actuación de los servicios de seguridad.

    Pero, ¿han aumentado las posibilidades de atentados terroristas tras las victorias de ISIS en Irak?

    Aunque hay una amenaza real en el avance imparable de los yihadistas, la cuestión verdaderamente preocupante no es que crucen hacia el interior del país sino que se reproduzcan dentro de sus fronteras. Si los factores que fomentan la radicalización entre ciertos sectores de la población jordana pueden ser relativos, lo cierto es que ISIS cuenta con muchos nacionales jordanos entre sus filas.

    Según Abu Hanieh, analista de grupos yihadistas en declaraciones al periódico ‘The Telegraph’, «hoy hay aproximadamente 1.200 jordanos yihadistas luchando o en las filas de IS o en las de Al Qaeda».

    Una nueva generación de islamistas

    Muchos de estos militantes, procedentes de la región de Ma’an, tenían las puertas abiertas para hacer la yihad fuera del país, pero no para volver. Con las victorias del IS, los que se quedaron en retaguardia o se mantenían fieles a la franquicia de Al Qaeda en Siria Jubha al Nusra, están cambiando de bando.

    Además, IS cuenta con una financiación casi ilimitada -gracias a sus conquistas en Irak, el uso de los recursos locales o las donaciones privadas de los países del Golfo- que hacen del movimiento un destino atractivo para jóvenes sin recursos.

    Grietas en las fronteras

    Otra de las grietas que aprovecha IS es la porosidad de las fronteras. Los últimos movimientos en la región hacían temer esta relativización de los límites convencionales impuestos tras la I Guerra Mundial: primero, el movimiento de Hizbolá en el Líbano unió su feudo con la Siria de Asad hasta hacerlos casi indivisibles.

    Los kurdos, por su parte, han tomado el control de ciudades disputadas con Bagdad ante el abandono de sus tropas. Y por último, IS se autoproclama califato de una región dentro de lo que se conoce como Siria e Irak.

    El objetivo del movimiento es aprovecharse del caos imperante para conquistar, además de Irak, la antigua Bilad al Sham (la Gran Siria) que aglutina lo que conocemos hoy por Siria, Líbano, Jordania y la Palestina histórica.

    Jordania está dentro de sus objetivos pero no es su prioridad. Primero lucharán hasta el final para derrocar el Gobierno chií de Nuri Maliki en Irak con ayuda de otros grupos insurgentes, mientras que con su propaganda violenta, difundida en las redes sociales, se declaran protectores de la identidad suní y suman adeptos.

    Divide y vencerás

    El Reino Hachemita lleva tiempo preparándose para este escenario. Según especulan los analistas, una baza con la que juegan las autoridades es la posibilidad de dividir aún más el fragmentado movimiento islamista. No parece casualidad que durante las últimas semanas hayan sido liberados dos de los clérigos salafistas radicales con más influencia entre sus partidarios y que ambos sean seguidores de Al Nusra y hayan criticado abiertamente al IS.

    Abu Muhammad al Maqdisi; que ha sido puesto en libertad después de cinco años y que fue mentor de Al Zarqawi -el líder de Al Qaeda en Irak- y Abu Qatada; que como este diario publicaba recientemente había sido extraditado desde Reino Unido considerado como un «sujeto verdaderamente peligroso» y es conocido por sus sermones incendiarios y por su supuesta conexión con la célula terrorista de Al Qaeda.

    Jordania cuenta también con los fuertes lazos de Estados Unidos y la convivencia pacífica con Israel que lo han ayudado a sortear los retos de los últimos años.

    Los servicios de Inteligencia jordanos trabajan estrechamente con ellos, ya que su estabilidad es esencial en la región: es el muro de contención que separa Israel del conflicto que sacude Siria e Irak.

    Israel, que comparte con Jordania la frontera más larga, no va a permitir que se convierta en un nido de yihadistas y ya ha anunciado que estará preparado para cualquier posible intervención.

    Artículo publicado en EL MUNDO en Julio del 2014.

  • Darwish también grita en gallego

    Darwish también grita en gallego

    Moncho Iglesias Míguez espera un permiso que le permita volver a enseñar castellano en Palestina. Profesor en la universidad An-Najah en Nablus, sus clases han sido suspendidas por su ausencia.

    Amman, JORDANIA | El poeta palestino Mahmud Darwish escribió una vez que sobre su tierra había algo que merecía vivir. El tartamudeo de abril o el olor del pan al alba. Y es en Nablus donde a Moncho Iglesias Míguez -filólogo y poeta gallego- le gusta vivir. Allí enseña castellano, estudia, pasea sobre aquella tierra y acaba el día fumando narguila. Ha leído ese y otros poemas de Darwish e incluso se atrevió a traducir del árabe al gallego su famoso Carné de Identidad.

    “Poder poner sus poemas en gallego significa acercar lo gallego a lo palestino y viceversa. Es como acercar las dos culturas y que se den la mano. Es divertido porque tienes que hacer que se entiendan culturas muy diferentes, y que ambas logren comprenderse por medio de esos gritos que son la poesía de Darwish muchas veces,” explica Moncho sin perderse entre la mata de pelo que sale de su cabeza pensante.

    Pero sus alumnos de la universidad de An-Najah en Nablus llegaron un día a clase y se encontraron con la sorpresa de que su profesor había desaparecido. En septiembre, cuando quedaban pocos días para que expiara el plazo de su visado, Moncho salió del país como cada año para renovarlo. “Cuando trabajaba como lector para el gobierno español tenía visado por varios años; pero al empezar a trabajar para la universidad ya solo eran de un año”, relata.

    Se hospedó en un hotel en Jordania,  visitó la librería más grande de Amman y compró todos los libros que pudo, entrevistó a refugiados para su tesis, fumó narguila y habló con todos los taxistas palestinos que encontró. El día señalado para regresar, se despidió de sus nuevos amigos y se dirigió a la frontera. Doce horas más tarde estaba de vuelta.

    “Me dijeron –las autoridades israelíes– que no había ningún problema, pero que tenía que tener un visado de trabajo, ya que estaba trabajando en la universidad. El plan inicial era salir, para que me diesen un visado de turista, por lo menos temporal, y así le diese tiempo a la universidad para tramitar el visado para quedarme otro año”, recuerda Moncho. Pero al no concederle visado de turista, la universidad tampoco pudo tramitarle el visado que le permite residir en Nablus. Un viaje sin retorno.

    A pesar de que Moncho trabaja para la universidad palestina, el acceso a los territorios está controlado por el Estado de Israel y por tanto, ninguna persona puede acceder a ellos sin el permiso de las autoridades israelíes.

    “Me explicaron que entendían que yo era un profesor, que enseñaba, que no hacía nada malo, que estaba bien que no mintiese y que Israel abre las puertas a todo el mundo y todos son bienvenidos, pero que no podía entrar porque necesitaba un visado de trabajo y mientras no lo obtuviese no podría entrar”, asegura el poeta.

    A las 12 de la noche la frontera cerró y Moncho se quedó en medio del desierto, sin poder ir a ningún sitio. “La policía de la frontera jordana se portó muy bien y me consiguieron un taxi”, continúa. Unos cuantos días después, lo volvió a intentar por la frontera de Sheikh Hussein. “La segunda vez fue lo mismo sólo que además me abrieron lo que llevaba y lo revisaron todo. Otra vez salí cuando ya todo estaba cerrado, sin taxis ni autobuses ni nada para volver”, se lamenta.

    Lo primero que hizo al día siguiente fue llamar a la universidad y desde allí le recomendaron que volviera a Galicia en vez de esperar en Amman a que todo se solucionase. Y regresó. “Llevo esperando desde entonces”, comenta resignado. No ha perdido el tiempo y durante su estancia en Galicia ha presentado su “Abuelita avoíña”, un poemario en gallego y en castellano dedicado a su abuela.

    Construyendo puentes

    “Un niño, un profesor, un lápiz y un libro puede cambiar el mundo” decía la joven Malala Yousafzai hace unos meses en Naciones Unidas. ¿Cómo influye el aprendizaje del castellano en Palestina? “La lengua que les enseño es muy diferente para ellos, pero más la cultura. Y eso es muy interesante, ver cómo nos relacionamos y compartimos ideas, cómo aprendemos unos de otros, cómo nos asombramos, las criticamos, las aceptamos, avanzamos y nos entendemos”, reflexiona Moncho Iglesias.

    Aprender un idioma puede marcar una diferencia importante en la vida de cualquier persona. Sus alumnos de la universidad An-Najah sufren la ausencia. Conseguimos acceder a ellos gracias a Internet. Conocemos a Rawuan –nombre ficticio para proteger su identidad-, joven palestina y estudiante de francés.

    “Empecé a ir a las clases de Moncho hace tres años, aunque sin llegar a inscribirme nunca porque lo que me importaba era escuchar”. A Rawuan le interesan los idiomas para forjarse un futuro en el extranjero. “Empecé a estudiar español a los 15 años por Internet y luego decidí seguir estudiando en la universidad. Espero viajar pronto a Europa para darle uso.”

    Sus estudiantes valoran la oportunidad que representa Moncho en sus vidas: “Hay clases de español en el centro de idiomas, pero Moncho era el único nativo que enseñaba español como materia universitaria” relata la palestina “Durante el primer semestre, otra nativa pudo sustituirle pero este semestre nadie ha podido reemplazarlo” se lamenta.

    Como todo estudiante entusiasta, Rawuan ha encontrado algunos tesoros de nuestro idioma, como por ejemplo en la lengua de Neruda. Desde una red social, Rawuan nos manda un enlace a su poema favorito: Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. La poesía se transforma en idioma universal. “Si hay algo que nos gusta de Moncho es que entiende la cultura palestina y al hacerlo, nosotros también nos acercamos mejor a la cultura española a través de la lengua”, dice convencida.

    También cuenta lo mismo Odai, estudiante de Turismo y Arqueología. “Moncho sabe árabe, conoce la cultura palestina, y es estupendo porque conecta con los otros” describe Odai sobre Moncho. Y prosigue: “Lo que más me gusta es que no habla árabe en las clases, sólo español”.Cuenta que eso le ayudó a familiarizarse desde el principio con la lengua coloquial, aunque lo que prefiere son las novelas y la música. “Me gusta Pablo Alborán, sus canciones muy maravillosas” dice chapoteando su castellano.

    Al igual que Rawuan, Odai también piensa marcharse al extranjero como futura alternativa: “Espero mucho viajar a España, y trabajar también, ¿por qué no?” Desde que Moncho no está, Odai no sólo echa de menos a su profesor, sino que también demuestra el afecto sincero de un amigo. “Moncho no es como los otros profesores en la universidad, siempre fue como un hermano o un amigo, muy modesto, simpático, simple, amable, le extraño muchísimo”.

    Romper el muro del silencio

    “Me duele no poder entrar en Palestina porque me duele Palestina y porque vivo allí”, cuenta Moncho Iglesias sobre las razones de romper su silencio medio año después. Si ha dejado pasar todos estos meses, dice, es porque esperaba que las cosas se solucionasen con el tiempo. “No quería que se banalizase la historia y ser protagonista de la historia de un errante que se queda sin poder seguir su viaje”.

    Pero como el protagonista de la Odisea, su intención es volver a Ítaca a toda costa, a pesar de que alzar la voz conlleve consecuencias. “No sabía si hablar del asunto iba a empeorar las cosas. Creo que no, la realidad es así y es bueno compartirla para que se sepa un poco más de esa realidad.”

    La universidad An-Najah sigue siendo la responsable de expedirle el visado de trabajo propio de un profesor universitario, pero para ello deberá contar con la aprobación de las autoridades israelíes, informadas de que Moncho no es un simple turista y que Nablus no es un lugar donde hacer turismo, sino donde está parte de su vida. No parece que vaya a ser fácil.

    “Llevo ya muchos años en Palestina, trabajando, y supongo que eso es algo molesto”, responde Moncho acerca de la negativa de las autoridades israelíes. Y eso que Moncho también se ha interesado por la otra lengua que comparte espacio con el árabe. Moncho aprendió hebreo en la Universidad Hebrea de Jerusalén donde permaneció un año y ha traducido varios textos del hebreo al gallego, como El conductor de autobús que quería ser Dios.

    Mientras se resuelve su odisea, los alumnos de la universidad de Nablus siguen leyendo a Neruda o escuchando las baladas de Pablo Alborán, a la espera de que el profesor “que sólo habla español en la clase” vuelva y les enseñe un poquito más de España, un poquito más de Galicia, un poco más sobre cómo expresar el mismo grito en otro idioma.

    Artículo publicado en Hemisferio Zero en Marzo del 2014.

  • «La revolución es apoyada por más de la mitad de los egipcios, pero nadie pudo canalizarlo»

    «La revolución es apoyada por más de la mitad de los egipcios, pero nadie pudo canalizarlo»

    Salem es un célebre activista egipcio contra el régimen de Mubarak. Sus investigaciones lograron una condena contra dos oficiales egipcios.

    «Esta es una batalla perdida y ellos tienen todas las armas. Pero continuaremos luchando hasta que no podamos más». Así lanzaba el bloguero egipcio, Mahmud Salem, su grito de guerra cuando la plaza Tahrir bullía de ira.

    Es uno de los cronistas más activos de las manifestaciones cairotas. Activista en los ámbitos de libertad de expresión y derechos humanos, lleva luchando durante años contra los atropellos del régimen de Hosni Mubarak. Comenzó denunciando los vídeos que llegaron a su poder donde se veían a policías torturando a ciudadanos egipcios con total impunidad.

    Recopilando informaciones y difundiendo los vídeos en internet, consiguió que se persiguiera públicamente a los agentes de policía implicados, culminando en una condena sin precedentes contra dos oficiales. También ha liderado iniciativas contra el acoso a la mujer y promueve campañas para el desarrollo de comunidades pobres egipcias.

    Salem, que pasa estos días en España para participar en varios debates organizados por Casa Árabe, el Instituto Europeo del Mediterráneo y Estudios de Política Exterior, también es conocido como ‘SandMonkey’ (Mono de arena) y es autor del célebre blog Rantings of a Sandmonkey’, (Despotriques de un mono de arena). Su publicación ha ganado el premio al mejor blog de Oriente Próximo y el norte de África en 2006 y 2007.

    PREGUNTA.- ¿Cuál es la situación política y social que vive Egipto antes de la segunda ronda de las elecciones presidenciales?

    RESPUESTA.- Las manifestaciones que estamos viendo en Tahrir estos días no representan, necesariamente, la desilusión de todos los egipcios. Es cierto que los jóvenes del Movimiento 25 de Enero protestan en las calles contra Ahmed Shafik (el candidato del antiguo régimen) y, en mi opinión, los revolucionarios serían mejores líderes que los actuales candidatos. Pero ni los partidarios de Mohamed Mursi ni los de Shafik representan una mayoría. Es una situación controvertida pero habrá más opciones.

    P.- Después de un año de la revolución, ¿se siente decepcionado?

    R.- No me siento decepcionado, estoy muy enfadado con mi propia gente. El 50% de los egipcios está de acuerdo con nuestras ideas, el problema es que no se presentó ningún candidato adecuado para canalizarlas. Hemos estado 30 años bajo el régimen de Mubarak y la revolución ha ocurrido en un año y de forma caótica, se necesita más tiempo. No estoy en verdad preocupado, sólo que por el momento hemos caído en una trampa. Pero el futuro es nuestro.

    P.- ¿Cuáles son los objetivos que ha conseguido la revolución?

    R.- Lo que de verdad me preocupa ahora es que la situación económica empeore con los años. Este tipo de problemas que tenemos ahora pasarán, el verdadero problema es que la economía no haya mejorado en los próximos 20 años, y es una crisis económica que está afectando a muchos países del mundo. Las cosas se pondrán difíciles, pero pase lo que pase, se solucionará de forma natural entre los egipcios, como nación que somos.

    P.- El 24% de los votos en la primera vuelta fueron para Shafik, ¿esto significa que el pueblo egipcio desea volver a la estabilidad, cansada de un año de revolución?

    R.- Los miembros del antiguo Partido Nacional Democrático eran dos millones de personas, puedes imaginar que tanto ellos como sus amigos han votado a Shafik. El resto de los egipcios que lo votaron se sentían desilusionados porque no había otras opciones. Ninguno de los dos candidatos puede solucionar algo tan grave como el problema de la seguridad, que se ha vuelto sistemático, y cómo habrá seguridad si la situación económica está cada vez peor. Cómo va a haber estabilidad si las personas que representan al país (la junta militar) no son queridas, y que están esperando que se cometan errores para expulsarnos. A Shafik lo votaron no por lo que esperan de él sino porque no había nada mejor.

    P.- ¿Qué reacción espera del pueblo egipcio si gana Shakif?

    R.- Creo que los revolucionarios saldrán a la calle a protestar. Quizá incluso den un poco de miedo. El régimen intentará forzar la situación para legitimizarse. Y en general, las cosas pueden volverse interesantes -se ríe-. Pero los seguidores de Shafik no son la mayoría en la práctica, y tres millones de egipcios no son nada comparado con 80.

    P.- ¿Le preocupan asuntos como la libertad de expresión o los derechos de las mujeres en un Parlamento con mayoría de islamistas o como Mursi (el candidato de los hermanos musulmanes) de presidente?

    R.- Totalmente. Sobre la libertad de expresión dirán: «Sigue las órdenes y sé obediente». Ellos proponen leyes, y cuando las lees te das cuenta de que hay temas fundamentales que simplemente ni los mencionan. Como los asuntos domésticos o el matrimonio. Por ejemplo, en el islam se venera a la madre, es querida y respetada, pero ¿qué pasa si la mujer no es madre? Ellos ni siquiera piensan en estos temas. La ley debe estar con los derechos de las mujeres. Ellos simplemente quieren que obedezcas.

    P.- ¿Qué deben hacer los egipcios para expulsar al aparato opresor del antiguo régimen totalmente?

    R.- Para arreglar un problema, primero tienes que entenderlo. Se necesitan 10 años para que las cosas mejoren. Y si hay cosas que no se pueden solucionar, no llegarás a ningún sitio preocupándote ahora. Tiene que ser natural. Es fácil decir que los policías deben cambiar, que hay que acabar con la corrupción, pero hay diferentes graduaciones dentro del cuerpo, y muchos no tienen la menor idea de lo que es una investigación, o no saben prevenir los crímenes, no tienen ningún tipo de formación. Las cosas no pueden mejorar si siguen los mismos elementos del antiguo régimen.

    P.- ¿Qué mensaje mandaría a las personas que siguen bajo la brutal represión de sus regímenes, como Siria?

    R.- Sed pacientes. Es la única solución. Quitar la cabeza de la dictadura es algo que ayuda a sanar las heridas, pero olvidaros de que lo mejor llegue de forma rápida. Los países como Siria y Egipto han estado décadas bajo dictaduras, y este esfuerzo que ahora hacemos para acabar con ellas lo merece. Si no se solucionan los problemas ahora, seguirán ahí dentro de 10 años. Pero los obstáculos son temporales. Por eso solo queda ser paciente y mantenerse fuertes.

    Entrevista publicada en EL MUNDO en Junio del 2012.

  • «El mundo árabe se ha reivindicado como adelantado de un movimiento de renovación democrática»

    «El mundo árabe se ha reivindicado como adelantado de un movimiento de renovación democrática»

    Entrevista al escritor Santiago Alba Rico sobre la “primavera árabe” y el 15M

    La Primavera Árabe y el 15M son fenómenos complejos. Para entenderlos, es imprescindible recoger los testimonios de quienes los han presenciado en primera persona. El escritor y ensayista Santiago Alba Rico, incansable observador de los procesos sociales, no sólo expone lo vivido en Túnez durante los últimos dos años, sino que analiza y profundiza sobre sus reverberaciones a lo largo y ancho del mundo entero. Esta entrevista, realizada para un reportaje sobre los paralelismos de ambos movimientos, reflexiona sobre cuestiones tan interesantes como la organización horizontal, el ciberactivismo y de cómo la “primavera árabe” es causa y efecto de un cuestionamiento general del sistema. Espero que disfruten leyéndolo como he disfrutado yo.

    1. En tu artículo ‘La Qasba en Madrid‘, dices que «las protestas en España se inscriben sin duda en la misma falla tectónica global y prolongan y readaptan el mismo modelo organizativo inventado en Túnez y en Egipto (y en Bahrein, Siria, Yemen, etc.)» En el aniversario del movimiento, ¿Qué significó la Primavera Árabe para movimientos como el 15M o el «Cambio Global» del 15O?

    En Sol y en Plaza de Catalunya (pero también en EEUU) el referente explícito de Tahrir estuvo siempre presente. Había una conciencia clara de estar compartiendo un modelo. Y esto es muy interesante. No se trata sólo de un efecto pedagógico o contagioso de la información global. La Qasba o Tahrir fueron más que una fuente de inspiración: unieron realmente a pueblos mediterráneos separados por un abismo de malentendidos culturales y desigualdades económicas. La llamada “primavera árabe” es causa y efecto de un cuestionamiento general del “sistema” ( nitham ) que retrospectivamente se presenta no en sucesión cronológica sino como una simultaneidad total. La “primavera árabe” ha sido todo esto al mismo tiempo: un comienzo, un síntoma, un revulsivo, un modelo, un fragmento, el primer mapa de una geografía ahora global. Las plazas más concretas y con una identidad nacional más definida (Qasba, Tahrir, Plaza de la Perla, Sol, Plaza Catalunya, etc.) son los centros descentrados de una geografía común post-colonial. Tahrir y Sol no están en El Cairo y en Madrid sino en el centro mismo de la protesta.

    2. En tu artículo titulado, ‘Túnez, accidente y revolución‘) dices que «es cada vez más necesario encontrar bisagras que enganchen y permitan el juego articulado entre la horizontalidad del impulso y la verticalidad de la organización.» ¿Podríamos decir que tanto la revolución en Túnez como el 15M han tenido modelos organizativos parecidos? ¿Cuales han sido?

    Para evitar errores, conviene señalar primero las diferencias: en Túnez había un enemigo definido y compartido, lo que hacía más fácil establecer un programa de reivindicaciones; y ese enemigo mataba, lo que da un aire trágico, heroico y revolucionario a las protestas. Pero el paso de las redes sociales a los espacios físicos, prestigiados políticamente por la decisión misma de ocuparlos, unifica las dos protestas. En la plaza, la gestión solidaria y asamblearia de la acampada, junto a la desconfianza frente a la política tradicional y sus fuentes de prestigio público, eran muy parecidas en uno y otro caso. La plaza enseguida se definió en ambos sitios como contrapoder autolegitimado, deslegitimador del “sistema”, y al mismo tiempo como escuela de informaciones y valores alternativos. Pero en Túnez fue necesaria la irrupción de una cierta verticalidad (la intervención de la UGTT y de los partidos políticos en la acampada) para alcanzar la asamblea Constituyente. Esa victoria en algún sentido limitó también el alcance de los nuevos movimientos, abortados en embrión, pero hay que reconocer que sin la participación de las fuerzas ya organizadas la horizontalidad total del movimiento se hubiese disuelto en el aire o en un charco de sangre. En Túnez y en España es necesario encontrar esa bisagra que mantenga y acelere la potencia horizontal y al mismo tiempo permita formas de organización política articuladas capaces de incidir en la realidad y transformar las instituciones.

    3. El 15M se ha caracterizado por ser un movimiento inclusivo, horizontal, no violento y cooperativo a través de la «inteligencia colectiva», cuyo principal motor han sido las asambleas y los grupos de trabajo. ¿Has observado alguna de estas características en Túnez o Egipto? ¿Puedes contar algún ejemplo o anécdota?

    Todas estas situaciones de convergencia corporal colectiva -”revoluciones”- entrañan una transformación de los marcos de la sensibilidad común: eso que llamamos amor, que puede implicar a dos, tres, cuatro o a un millón de personas. Cuando un millón de enamorados trabajan juntos introducen enseguida efectos sin copyright posible. En la Qasba y en Tahrir era impresionante no sólo el grado de solidaridad -”el enamorado quiere ser bueno”, decía Aristóteles- sino de creatividad explosiva. Y no sólo en el plano de la inteligencia colectiva -plasmada en consignas y reivindicaciones- sino asimismo de memoria colectiva. En el caso de la Qasba y Tahrir, en forma de grafitis o murales, reapareció toda la memoria rebelde de la humanidad, la más local y la más universal, y eso como respuesta también a una dictadura que había impedido no sólo hablar sino, más radicalmente, recordar.

    5. Este llamado «cambio global» apuesta por la resistencia pacífica, ¿dejan por tanto de ser parte de este movimiento los países como Libia, Siria o Yemen, donde se ha militarizado el movimiento?

    La rebelión original de Libia fue desbaratada, deformada, corrompida muy pronto por la militarización y la intervención de la OTAN, pero si uno ve, por ejemplo, el excelente documental de Reed Lindsay (Benghasi Rising) sobre el primer mes de intifada se descubre ahí el mismo “espíritu” y a la misma gente: la Plaza del Tribunal liberada en Benghasi reúne muchas de las características de la Qasba o Tahrir. En cuanto a Yemen y Siria, es necesario pensar en la insistencia de los revolucionarios en mantener sus manifestaciones y ocupaciones pacíficas en un entorno cada vez más violento: la plaza de Taghir en Sana afirmó siempre y sigue afirmando su vocación de resistencia civil y los viernes revolucionarios en Siria siguen sacando a miles de personas desarmadas a las calles. Digamos que la inclusión en una misma “falla tectónica” y en un mismo modelo de protesta no ha impedido derivas locales específicas como resultado de las distintas estrategias de los dictadores, las distintas historias locales de resistencia y las distintas formas de intervención occidental. Al hablar de las intifadas árabes es necesario atender al mismo tiempo a lo específico y a lo común como fuentes indispensables, no jerarquizadas, de explicación.

    6. Hace un año se hablaba del movimiento 15M como la generación Tahrir, ¿cómo se ve el movimiento un año después?

    La crisis global y la recomposición destructiva del capitalismo a nivel global invita poco al optimismo, tanto en el mundo árabe como en Europa. En algún sentido, el 15M no ha conseguido nada, ni siquiera la dimisión de un jefe de policía. Pero esa nada es de alguna forma más decisiva que una victoria directamente política, imposible en las actuales condiciones. Ha cambiado, digamos, la composición del aire. Yo hablaba del 15M como de una vacuna frente al populismo neofascista que amenazaba y amenaza Europa en el marco de la crisis, con la tentación inevitable, como en los años 30 del siglo pasado, de un líder autoritario y un chivo expiatorio. Cuando España parecía definitivamente formateada por el acceso a mercancías baratas, por las nuevas tecnologías y por unos medios de comunicación narcotizantes, surge un sujeto inesperado -aún no completamente político, pero ya cultural, antropológico- que se sitúa completamente al margen de los valores capitalistas dominantes. Es una vacuna y una matriz de cambio que nos va a ser indispensable en las inevitables confrontaciones que se avecinan a medida que se agrave la crisis y las amputaciones de derechos sociales que llaman “ajustes” (hay algo atroz en este eufemismo: es como pretender que un obús que deja inválido a un hombre “ha ajustado el tamaño de sus piernas”) vayan acompañadas de una creciente criminalización y represión de las protestas.

    7. ¿Que semejanzas y diferencias has advertido entre el ciberactivismo de Túnez o Egipto y el del 15M?

    En los dos casos han jugado un papel fundamental en la movilización, aunque en el caso de Túnez o Egipto el teléfono móvil y la televisión (Al-Jazeera) tuvieron lógicamente más peso que las redes sociales, a las que puede acceder mucha menos gente que en Europa. Pero puede decirse que hay ya una nueva clase social juvenil, transversal a los Estados-Nación, construida en la red. Aclaremos, en todo caso, que sigue siendo una especie de élite anti-elitista la que, tanto en Europa como en el mundo árabe, utiliza las nuevas tecnologías para el ciberactivismo. Si no fueron los partidos tradicionales los que hicieron las revoluciones egipcia y tunecina, tampoco fueron los blogueros, como no fue la imprenta la que hizo la revolución francesa de 1789 o los ferrocarriles la revolución rusa de 1917. El ciberactivismo tiene que luchar en la red contra el ciberconsumismo como El amigo del pueblo de Marat tenía que luchar contra la Gazette de France de la monarquía absoluta. En Túnez, el derrocamiento de la dictadura ha alimentado sin duda el ciberactivismo, pero se corre el riesgo de que se vuelva autorreferencial y poco riguroso, más centrado en la intriga política que en la construcción de alternativas.

    8. ¿Cómo mantener vivo un movimiento que se nutre del trabajo y la cooperación en Internet y luego se le prohíbe ocupar el espacio público para llevar a cabo sus objetivos?

    Lo que han rechazado todos estos movimiento por igual es la expropiación del espacio público por parte del capitalismo. Su gran logro no es la cooperación en la red sino la convergencia en la plaza. La reivindicación de la plaza frente al pasillo capitalista, la apertura de plazas públicas en medio de la circulación de mercancías es un gesto en sí mismo subversivo y la garantía además del aprendizaje de nuevas reglas. El capitalismo en crisis va a tratar de cerrar todos los espacios, virtuales y físicos; toda posibilidad de resistencia pasa por mantenerlos abiertos.

    9. ¿Tiene que aprender el 15M algo de la revolución tunecina?

    Una de las cosas hermosas de estos movimientos es su retroalimentación. Era muy bonito ver en el mes de junio pasado a algunas decenas de jóvenes acampados en el centro de Túnez con la referencia expresa del 15M, el cual había tenido como referencia expresa precisamente la Qasba y Tahrir. Uno de los efectos anticoloniales de las protestas del 2001 es justamente éste: ya no hay una pretendida luz centrífuga de las metrópolis a la periferia. Ya no hay metrópolis y periferia. Se ha invertido la dirección del movimiento, ahora de la periferia al centro, para luego volver hacia atrás de nuevo, provocando nuevas irradiaciones difusas en todas direcciones. Para el mundo árabe, en todo caso, marginado de la corriente central de la historia, necesitado de una victoria redignificadora, esta inesperada posición de vanguardia tiene efectos muy saludables: cuando la islamofobia dominante los convertía en campeones de terrorismo y fanatismo, se han reivindicado como adelantados de un movimiento universal de renovación democrática. El imperialismo -con la colaboración de los dictadores del Golfo- va a tratar por todos los medios de reconvertirlos en lo que ellos prefieren que sean: bárbaros violentos incapaces de regirse por sí mismos. Por eso los árabes deben estar muy atentos al mismo tiempo para oponerse a la propaganda y a la violencia. Porque, como escribía Moncef Marzouki en 2004, del éxito o fracaso de las revoluciones democráticas del mundo árabe va a depender el destino democrático del mundo entero.

    Entrevista publicada en Rebelión en Mayo del 2004.

  • Testigos incómodos de la represión de Asad en la ciudad de Homs

    Testigos incómodos de la represión de Asad en la ciudad de Homs

    Hace un año cientos de personas se congregaron en el ‘Reloj Nuevo’. Al menos ocho personas murieron en la primera matanza de Homs.

    El activista sirio Adnan grabó la primera matanza de la ciudad de Homs tal día como hoy hace un año. Era el comienzo de una época negra, en la que ha sido sometida a una masiva campaña de bombardeos.

    En las imágenes que pudo captar con su cámara se ven al menos dos cadáveres durante el acto fúnebre en la mezquita Al Kabir, en el centro de la ciudad. Era el 18 de abril del año pasado y un día antes ya se habían registrado algunos altercados en las inmediaciones de Homs. Al menos tres personas murieron por ataques de las fuerzas de seguridad en el pueblo de Telvisa.

    El imam de Al Kabir intentó calmar los ánimos de los jóvenes congregados, reconociendo al tiempo que «manifestarse es necesario». Los presentes respondían con gritos de «¡Al cielo irán los mártires a millones!».

    La mezquita ha sido en este año el principal punto de partida de las protestas, ya que desde allí los grupos de manifestantes pueden salir sin, en teoría, ser molestados por las autoridades. Es frecuente que a estas reuniones acudan también ciudadanos de otras confesiones religiosas.

    Al salir de la mezquita portando los cadáveres, la gente recorría las calles pidiendo «la caída del régimen». Con los féretros a hombros pasaron frente a la mezquita de Jaled Ibn Walid hacia el cementerio, para terminar en La Plaza del Reloj Nuevo, símbolo de la ciudad. Desde aquel día, esta plaza y su reloj representan para los sirios lo que Tahrir para los egipcios.

    Durante la manifestación, los sirios gritaban «pacífico, pacífico» y «el pueblo quiere la caída del régimen». A medida que avanzaba la tarde, cientos de personas se fueron sumando a la protesta.

    Adnan, el cámara de estas primeras revueltas, dirigía el objetivo hacia los tejados de las casas en busca de posibles francotiradores. El entusiasmo de los jóvenes les llevaba a derramar agua sobre sus cabezas, con la que refrescarse.

    Había pasado ya la medianoche cuando las fuerzas de seguridad llegaron al lugar. Alrededor de ocho personas murieron a causa del fuego indiscriminado por parte de las fuerzas de seguridad aunque, según otras fuentes, la cifra alcanzó los 24.

    El cámara enfocaba la fachada de los edificios para mostrar las marcas dejadas por la metralla. También pudo grabar a los manifestantes corriendo entre las balas.

    El joven Adnan cubrió aquellos históricos sucesos sin saber que se jugaba el pellejo. Ser periodista ciudadano en Siria implica convertirse en «objetivo fácil» de las fuerzas del régimen. De hecho, un francotirador acabó con su vida a mediados de verano, pero gracias a su valor hoy podemos saber lo que ocurrió aquel fatídico día.

    El régimen de Bashar Asad no ha dejado de matar a los testigos incómodos, como Samir Shalab Alshaam, otro cámara asesinado este mismo sábado mientras intentaba grabar cómo el ejército rompía la tregua pactada con Annan.

    Un año después de aquella primera tarde negra, a la ciudad de Homs se la conoce como ‘la capital de la revolución’. Un reconocimiento de dudosa satisfacción. En ella han muerto más de 5.000 personas ante la pasividad de la comunidad internacional.

    Artículo publicado en EL MUNDO en Abril del 2012.

    Imágenes inéditas cedidas por el activista Adnan meses antes de ser asesinado.