Categoría: Jordania

  • Jordania, los siete pilares que sostienen un Reino

    Jordania, los siete pilares que sostienen un Reino

    Laila M. Rey | Madrid

    Hace exactamente cien años se fraguaba un libro transcendental sobre la ingenua rebelión árabe contra los turcos. El oficial del ejército británico T.E. Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, empezaba a narrar sus desventuras por Oriente Próximo en “Los siete pilares de la sabiduría”. Parte de ese libro se desarrolla en un entorno desértico y cautivador que en nuestro imaginario colectivo – gracias a la taquillera película y a nuestra mirada un tanto orientalista- hoy conocemos como Jordania.

    Es en el desierto de Wadi Rum donde los árabes establecen la base de operaciones para emprender lo que ellos llaman La Gran Revuelta Árabe contra la tiranía del Imperio Otomano; una sublevación destinada al fracaso antes de nacer. Los acuerdos secretos de Sykes-Picot entre Francia y Reino Unido abortan el deseo de autonomía de la Gran Siria, el territorio que hoy ocupan Siria, Líbano, Jordania, Palestina e Israel. Pero es la declaración de Balfour de 1917 – el apoyo formal del gobierno británico al establecimiento de un «hogar nacional» para el pueblo judío en Palestina- lo que más determine el incipiente Reino Hachemita de Jordania.

    Y esa Siria resultante ha vuelto a fragmentase por nuevos intereses estratégicos de potencias extranjeras que, casi un siglo después, frenaron el levantamiento popular contra la dictadura de Bashar Al Assad. Jordania se encuentra en medio de una encrucijada que alimenta titulares: al sur Arabia Saudí y el empuje de su influencia regional, con el bloqueo a Yemen y escándalos como el asesinato de Khashoggi; al norte la guerra de Siria que acaba con la victoria de un actor que conspiraron derrocar; al este con Irak y la influencia iraní y al oeste con Israel; que supone el núcleo de sus preocupaciones.

    Para sobrevivir a esta deriva regional, el Reino Hachemita basa su estabilidad en una compleja red de acuerdos económicos, securitarios y estratégicos. Haciendo un guiño a esta efeméride literaria que puso a Jordania en el mapa, os contamos los siete pilares que sostienen a un reino y si esta fórmula funcionará para hacer frente a sus próximos desafíos.

    1. Una economía que depende de la ayuda externa

    La supervivencia de Jordania depende, más que cualquier otra cosa, de las ayudas internacionales. Con escasos recursos naturales -ni petróleo, ni gas, ni agua y con sólo el 10% de suelo cultivable-, su producción industrial se compone de fosfatos para fertilizantes, cemento, manufacturas y productos textiles que no llegan ni al 20 % del PIB. El turismo, su principal motor económico y del que España representa uno sus principales mercados, ha sufrido un importante descenso debido a la inestabilidad en la región; aunque en 2018 ya presentaba nuevos datos de crecimiento.

    Su vulnerabilidad crónica se agrava con el impacto económico que ha supuesto la llegada de refugiados sirios -más de un millón, según cifras del gobierno-, sumándose a los palestinos e iraquíes que lleva décadas acogiendo. Jordania asume el riesgo y lo que significa: más necesidad de apoyo económico significa más dependencia del exterior. Y cuando más dependes de los demás menos poder de decisión tienes en tus asuntos internos.

    El apoyo presupuestario que dan el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Unión Europea al Reino Hachemita tiene serias contraindicaciones: como condición, Jordania debe acometer reformas en la economía que hagan al país más autosuficiente. La reforma fiscal dictada por el FMI el año pasado provocó contra todo pronóstico la movilización de la ciudadanía. Una huelga general y numerosas manifestaciones demostraron el hartazgo de una sociedad que ya no puede asumir la presión a la que se ve sometida.

    2. Los acuerdos económicos y estratégicos con EE. UU.

    Estados Unidos, por otro lado, es el país que más invierte en el reino. Sólo hay que pasarse por la web de su agencia internacional de desarrollo para comprobar que las cifras siempre alcanzan los 1000 millones de dólares anuales. A cambio de esta ayuda militar y humanitaria vital para su estabilidad, Jordania es clave estratégica para la potencia mundial. Ha servido como base de operaciones para la Coalición Internacional que luchaba contra el ISIS y también ha permitido que se establecieran en su territorio cuarteles de entrenamiento estadounidenses para adiestrar a rebeldes sirios.

    Jordania no puede permitirse llevarle la contraria a su aliado incondicional a pesar de que los últimos movimientos de Trump vayan poco encaminados a potenciar conversaciones de paz entre israelíes y palestinos. Desde hace ya meses se habla del “Acuerdo del siglo” de la administración Trump, un plan “de paz” para Oriente Próximo que parece se dará a conocer después de las elecciones israelíes y que busca apuntalar aún más la legitimidad de Israel en la región.

    Trump ha empezado a implementarlo con movimientos unilaterales: reconociendo a Jerusalén como capital de Israel, cortando la financiación a la UNRWA y ahora también reconociendo a los altos del Golán como territorio israelí. “La percepción aquí desde las altas esferas jordanas es que el Acuerdo del siglo es aceptar lo que Israel quiere, esto es, anexionar Jerusalén, los asentamientos ilegales y Cisjordania. Y esto es muy peligroso”, nos cuenta la analista y periodista Lamis Andoni.

    Aún se desconocen las consecuencias derivadas del acuerdo, aunque previsiblemente volverá a movilizar en las calles a los palestinos residentes en Jordania. Dependerá de la habilidad diplomática del rey Abdullah capear el vendaval y que dichas protestas no confluyan con el malestar social generalizado por las últimas medidas de austeridad.

    3. El poder en la región: buscando el equilibrio entre Israel, Irán y Arabia Saudí

    Este año se cumple el 25 aniversario del Tratado de Paz entre Israel y Jordania. Durante todos estos años, el acuerdo bilateral ha servido para aunar esfuerzos en materia de seguridad y comercio, pero poco se ha avanzado en el plano político. Tras anular Abdullah dos anexos y reclamar la soberanía de los territorios de Baqura y Ghamr, las relaciones no parecen pasar por su mejor momento. Sea o no por las presiones del Parlamento jordano para rescindir el acuerdo sobre esos territorios, el rey parece aprovechar este último margen de maniobra de cara al “Acuerdo del siglo”.

    La Liga Árabe, por su parte, no parece tener como prioridad en su agenda defender los derechos de los palestinos y hacer frente a Trump. Todo lo contrario. En la cumbre celebrada en febrero en Varsovia hicieron público que su principal preocupación era “el papel iraní en la desestabilización de la seguridad y la estabilidad en la región”.

    El Ministro de Asuntos Exteriores jordano acudió a la cita para concienciar a sus vecinos de que Palestina debía ser la principal prioridad. “Yo estuve en la rueda de prensa que dio después el Primer Ministro y su mensaje era que poner a Irán en el foco de atención era una mala idea, sobre todo, porque sienten que Israel está usando la amenaza iraní para ocultar sus intenciones de expandirse y anexionarse Cisjordania”, lamenta Andoni. En la narrativa geoestratégica Irán e Israel no se explican la una sin la otra.

    Arabia Saudí, por su parte, sigue aspirando a convertirse en el poder económico de la región. En el marco del “Acuerdo del siglo” que parece inminente, la economía será el aspecto prioritario y Arabia Saudí tendrá un mayor protagonismo. “Parece evidente que cuanto más se expande el papel de Arabia Saudí en la región, más se reduce el papel jordano”, nos explica Amer Sabaileh, analista del Jordan Times.

    Jordania mantiene estrechas relaciones con el Consejo de Cooperación del Golfo, y especialmente con Arabia Saudí, vital en términos de asistencia financiera e inversiones directas. Le interesa que su programa Vision 2030 prospere a pesar de los escándalos por vulneración de derechos humanos. Numerosos ciudadanos y empresas jordanas trabajan en países del Golfo y sus remesas constituyen una bocana de aire fresco para el país.

    4. Lucha contra el terrorismo con sus aciertos y sus errores

    Jordania lleva décadas combatiendo el extremismo violento con relativo éxito si atendemos exclusivamente al número de atentados sobre su territorio y considerando la amenaza que suponen los estados fallidos que parecen brotar como setas a su alrededor. Pero al mismo tiempo ha alimentado el caldo de cultivo que ha hecho al terrorismo prosperar. Al igual que Turquía, Jordania permitió que combatientes de ideologías radicales entraran a Siria, sumando más caos y destrucción al ya ocasionado por la represión del régimen de Damasco y sus aliados.

    Para cuando se dio cuenta del monstruo que alimentaba ya era tarde. Bombardear territorios del Daesh en Siria e Irak -ocasionando además víctimas civiles- como parte de la Coalición Internacional no ha conseguido erradicar el problema. Tras derrotarlo militarmente, muchos países se preguntan qué hacer con la herencia ideológica del Daesh que traen consigo sus yihadistas derrotados.

    Porque la radicalización no ha sido derrotada, la amenaza puede reactivarse si las condiciones se vuelven propicias. Jordania, uno de los países que más combatientes ha exportado hacia Siria e Irak, deberá poner todos sus esfuerzos en la lucha contra la radicalización dentro de casa.

    “Tenemos que adoptar una visión a largo plazo y eso requiere determinación política, seguimiento y acciones serias”, mantiene Amer Sabaileh. “Lamento decir que hasta ahora no veo una clara visión de cómo hacer frente a la radicalización. Todavía seguimos en la fase de soluciones cosméticas”.

    Andoni, por su parte, pone el foco en la situación de precariedad de los jóvenes. “Jordania hace frente a serias crisis políticas y socioeconómicas, por eso lo más importante es trabajar y dar esperanza en casa, para que la gente joven desesperada no sienta que su Gobierno no se preocupa por ellos, trabajar para prevenir que los jóvenes no se unan ni al Daesh ni a otras organizaciones similares”, sentencia Lamis Andoni. Del éxito de abordar con medidas concretas este problema dependerá la estabilidad de Jordania y evitará, además, que células durmientes recluten a nuevos radicales que exporten el terror también hacia países de la Unión Europea.

    5. Normalizando relaciones comerciales con Siria e Irak: Rusia como aliado fundamental

    Antes de la contienda, el comercio de bienes entre Jordania y Siria ascendía a millones de dólares anuales tras firmar un acuerdo en 2002 que establecía una zona de libre comercio. El paso fronterizo de Jaber no sólo beneficiaba a Siria y Jordania, sino que era una fuente importante de ingresos también para el Líbano y los países del Golfo, ya que por el paso fronterizo decenas de camiones cruzaban a diario.

    Tras ser conquistado por los rebeldes sirios en 2015, el cierre de Jaber supuso pérdidas millonarias. Tras ser reconquistada por el ejército sirio y gracias a la coordinación con Rusia, el paso fronterizo de Jaber volvía a abrir sus puertas tres años después, permitiendo el flujo de intercambio de mercancías para dos países que lo necesitan desesperadamente.

    Aunque Jordania dio apoyo logístico a la oposición durante los primeros años del levantamiento, todo parece indicar que Damasco y Ammán están dispuestos a normalizar relaciones tras el fin de la contienda. Sin embargo, es previsible que la relación bilateral no vuelva a su estado anterior al 2011, al menos de cara a la galería, por posicionamientos políticos irreconciliables y aliados que son enemigos declarados. Israel tampoco permitirá que la partida de ajedrez jugada en Siria entre Irán y Arabia Saudí se reproduzca tan cerca de sus fronteras.

    La prioridad de Jordania es restaurar la seguridad en el noreste y la presencia iraní tan cerca de sus fronteras parece inquietar al reino. Su interlocutor ruso ha dado garantías al rey Abdullah de que dicha presencia no supondrá una amenaza para la seguridad del Estado.

    Mientras se fortalece la confianza en su interlocutor ruso, Jordania prepara ya el terreno para su participación en la reconstrucción de Siria e Irak. La Asociación de Ingenieros jordanos, en coordinación con el gobierno, participa en las negociaciones en Damasco para asegurar que sus empresas desempeñan un papel fundamental en la reconstrucción, que revertirá positivamente en la economía jordana.

    En enero de este año concluían también acuerdos económicos, comerciales y de cooperación energética y de desarrollo con Irak. Sin embargo, algunos economistas jordanos se mantienen escépticos sobre las verdaderas dimensiones económicas de los acuerdos debido a la competencia con los países del Golfo.

    6. Un país que representa la hospitalidad árabe legendaria

    ¿Os imagináis que España acogiera un 15% de refugiados con respecto a su población, es decir, más de 6 millones? Jordania, con apenas recursos, precios de productos básicos subvencionados y alquileres desproporcionados, recibió casi millón y medio de refugiados sirios llegados desde el 2011, sin incluir a los palestinos, iraquíes, egipcios y demás migrantes económicos que ya acogía. Sí, lo ha hecho con ayudas de organismos internacionales para el desarrollo, pero eso no era garantía de éxito para una población con amplias capas empobrecidas y periferias de las grandes urbes superpobladas.

    Los campos de refugiados sólo han acogido al 20% del total de sirios, los demás se han ido a vivir a las ciudades de Ammán, Mafraq, Irbid y Zarqa. Por presión de los donantes internacionales, Jordania prometió crear al menos 200.000 trabajos para sirios en sectores que no supusieran una competencia directa con los jordanos, mayormente en los sectores de la construcción y agricultura, y parece estar cumpliendo sus compromisos. Según cifras de ACNUR a enero del 2019 se habían expedido más de 130.000 permisos de trabajo para refugiados sirios.

    Tuve la oportunidad de visitar algunos proyectos que integraban niños iraquíes y sirios en las escuelas, gracias a los turnos de mañana y tarde que establecieron para que no se colapsaran las aulas. También visité un hospital al norte del país que compartía infraestructura hospitalaria con Médicos Sin Fronteras, permitiendo realizar operaciones a heridos de guerra que cruzaban la frontera más muertos que vivos.

    Sin duda el flujo de refugiados creó en Jordania tensiones con los locales. “Con un desempleo del 20%, algunos trabajadores jordanos culpan a los migrantes de la falta de trabajo. Pero no podemos llegar a un punto en el que los refugiados sean vistos como un peligro. No queremos cultivar una cultura del odio”, sostiene Andoni. Según la analista, tras el fin de conflicto armado la legislación jordana debe establecer un programa de retorno para refugiados sirios a largo plazo hasta que se sientan lo suficientemente seguros como para volver.

    No parece que vaya a ocurrir pronto. Teniendo en cuenta la sólida estructura de la Mujabarat (los servicios secretos sirios), los refugiados corren el riesgo de ser arrestados y torturados si deciden volver. De hecho, pocas garantías ofrece un escenario donde muchas familias sirias siguen sin saber nada de sus seres queridos tras ser arrestados por las autoridades, como denuncia el grupo Families For Freedom.

    En conversaciones con un refugiado sirio de Daraa que vive en el campamento de Zaatari, volver no entra dentro de las posibilidades a corto plazo. “No creo que ni yo ni mis hijos estuviéramos seguros mientras nuestro hogar siga en control del régimen,” lamenta. “Aquí me siento bien. Tenemos nuestras necesidades cubiertas y doy clases en la escuela como profesor de deporte. Pero mi deseo será siempre regresar a mi país.”

    7. Una opinión pública que aún confía en su monarca

    Tras las primaveras árabes en 2011, todo parecía indicar que la figura del rey Abdullah II se había reforzado. Aquellas protestas reclamaban en su gran mayoría reformas políticas y económicas y no un cambio estructural del sistema. El proceder de entonces se ha convertido en un patrón: ofrecer un alivio a corto plazo y reemplazar el gabinete del primer ministro por otro.

    El terrible asesinato de Muath Al-Kasasbeh en 2015 a manos del ISIS despertó en la población jordana un rechazo unánime contra el grupo terrorista. Fue el comienzo de las aventuras aéreas del ejército en territorio sirio. Una campaña para reforzar el sentimiento nacional inundó las calles de Amman. Carteles con el lema “arfa3 rasak, enta urduni” (levanta la cabeza, eres jordano) se podían leer en cada plaza. Incluso la reina Rania lideró una de las manifestaciones en Amman en repulsa por el crimen.

    La crisis económica y social, sin embargo, sólo se ha agravado. Según la Corporación de la Seguridad Social jordana, el 80% de trabajadores registrados ganan menos de 7,200 dinares anuales, lo que equivale a una media de 750 euros mensuales, en los que la mitad se van en pagar el alquiler y las facturas.

    La falta de crecimiento económico y el desempleo generan incertidumbre en una generación cada vez más formada y mejor comunicada gracias al acceso a las nuevas tecnologías. Sin embargo, temen que exigir verdaderos cambios derive en la pérdida de la estabilidad y la seguridad. Tienen el drama de sus vecinos demasiado cerca.

    A pesar de todo, en 2018 el hartazgo volvió a exceder sus límites. El gobierno decidió, empujado por el FMI, enviar un proyecto de reforma fiscal al parlamento que, en resumen, pretende ampliar el número de contribuyentes reduciendo el umbral máximo de ingresos. Hasta el famoso restaurante de falafel Hashem, que nunca cierra, hizo huelga el 30 de mayo del 2018 en protesta por la subida de impuestos.

    Sin embargo, la máxima gatopardista se reproduce y tras destituir al primer ministro y poner a Omar Razzaz, la reforma fiscal, eso sí revisada, quedó aprobada. Así se salvó, una vez más, el contrato social entre gobernantes y gobernados, entre el rey y sus súbditos, hasta que nuevas medidas de austeridad vuelvan a ponerlo a prueba. Y veremos entonces si volverá a cambiar todo para que todo sigua igual.

    Este artículo fue publicado en la edición Mayo/Junio 2019 de la revista Política Exterior.

  • Una mirada española a la leyenda de Ibn Batuta, el viajero del tiempo

    Una mirada española a la leyenda de Ibn Batuta, el viajero del tiempo

    El director de teatro asturiano Marco Magoa estrena en Jordania su visión de las aventuras del casi desconocido trotamundos Ibn Battuta en el Centro Cultural Real de la capital.

    Un joven marroquí que peregrina a la Meca tiene un sueño revelador durante su escala en Alejandría, una noche de primavera del año 1326, en casa de un piadoso asceta. Sueña que sobre las alas de un inmenso pájaro alcanza no sólo el corazón del mundo musulmán, sino también se adentra más allá de Dar al-Islam, fuera de los límites de una civilización donde la ciencia, la cultura, el arte, la sed de conocimiento resplandecían haciendo parpadear a la insípida Europa medieval. Fue entonces cuando se forjó la leyenda de Ibn Battuta, el eterno viajero que atravesó la tierra de Tánger a China en una épica travesía y que representará esta semana el director de teatro asturiano Marco Magoa, los días 5 y 6 de Octubre, en el Centro Cultural Real de Ammán.

    El viajero, título de la función, es para Magoa otro sueño hecho realidad. Un regalo a todo el esfuerzo y compromiso invertidos para honrar a este mítico aventurero que tiene, a día de hoy, tanto que enseñarnos. El texto escrito por el director y traducido al árabe por Rehab Wahdan, poético y provocador, hace un paralelismo entre lo que ve Ibn Battuta en el siglo XIV y lo que sucede y vemos nosotros hoy en día. Seis actores árabes dan vida a un total de 48 personajes. Una princesa china, un sultán indio sanguinario, campesinos y emires que, junto a Ibn Battuta, nos harán reflexionar sobre la curiosidad de quien emprende un periplo sin precedentes pero también sobre sus riesgos, sobre el sentimiento de desgarro por lo que dejamos atrás.

    La dedicación se percibe en cada detalle desde la ilustración, de Simmon Said, pasando por el vestuario, hecho con telas africanas que reproducen vestuario musulmán del siglo XVIII y XIX, hasta la música cedida por el compositor viguésEduardo Soutullo. El estreno ha sido posible gracias a la colaboración del AECID, la Embajada de España en Jordania, el Instituto Cervantes, Casa Árabe y teatro4m, la compañía de Marco Magoa. «La historia de Ibn Battuta es la historia del ser humano intentando descubrir quien es», reflexiona el artista. Una firme apuesta por la cultura como vehículo para viajar hacia lo diferente, promoviendo el interés y respeto a las distintas tradiciones, sólo para acabar reconociéndonos en los otros.

    Ni los gusanos

    ‘Un país que encierra a sus artistas es un país muerto donde no crecen ni los gusanos.’ Es una frase de la obra que Magoa repite con insistencia durante la entrevista con EL MUNDO como ejemplo para comparar los tiempos de Ibn Battuta y la actualidad. «Una de las cosas que sorprende es el arte. Cuando Ibn Battuta llega a China, se encuentra un país prolífero para el arte y que contrasta con noticias como la detención de artistas en la actualidad», retrata Magoa.

    Este viaje que emprende Ibn Battuta, que pone sobre papel el poeta granadino Ibn Yuzayy, conecta con el director teatral, con la gente que vive fuera y con aquellos que vienen a Europa. «Hay muchos motivos para emprender un viaje y uno es la curiosidad, que es lo que mueve a Ibn Battuta. Hablar de él es tan importante porque pese a ser del siglo XIV es un hombre muy respetuoso y muy curioso con las culturas distintas. Y él va abierto a descubrirse en los demás. Y qué curioso que después de 600 años, cuando la gente viaja más que nunca, nos cueste tanto reconocernos en los demás.»

    ‘Todos somos viajeros’, afirma un personaje al final de la función. Y es que la obra también es un homenaje a la gente que no puede viajar, afirma Magoa. «Esas personas también son viajeros porque viajan a través de sus sueños, de sus esperanzas, de sus ilusiones.» Para seguir soñando, Marco Magoa tiene más cartuchos que quemar en Octubre, con la presentación de su libro en Jordania el próximo día 8 y la actuación del monólogo de ese libro MARE NOSTRUM. FINIS SOMNIA VESTRA en Ammán el día 11. Para terminar en este país, hará un taller de poesía para adultos en el campamento de Zaatari, donde seguirá transmitiendo a quien más lo necesita la esperanza que reside en los versos.

    Artículo publicado en EL MUNDO.

  • El alto precio de la dignidad en el punto más bajo de la tierra

    El alto precio de la dignidad en el punto más bajo de la tierra

    Cientos de egipcios sobreviven en precarios chamizos construidos para trabajar en los invernaderos del Valle del Jordán, que nutre de verduras y hortalizas al Reino Hachemita. Durante la temporada invernal, obtienen un permiso de trabajo que les permite ahorrar al mes 180 euros que envían a Sohag, la capital egipcia de la pobreza. Son la mano de obra barata que trabaja de sol a sol en uno de los países, Jordania, que más refugiados alberga de Oriente Medio y que debe combatir la influencia externa del fanatismo y el descontento social emergente dentro de sus fronteras.

    Laila M. Rey | Valle del Jordán, Jordania

    Fotografía: Isidro Serrano Selva

    El valle del Jordán, un hervidero de sueños

    A sólo 50 kilómetros al oeste de la ciudad de Ammán, entre los huertos diseminados por los pueblos de Deir Alla y en el corazón del Valle del Jordán, chabolas hechas de cartón, plástico y hojas de palma se erigen a lo largo de la carretera principal. Cientos de jornaleros, mayoritariamente egipcios, viajan cada año hasta allí para ser la mano de obra barata en invernadores que surten de verduras el mercado central de la capital jordana.

    El valle, también conocido como Al Ghor en árabe, rodea las aguas saladas y estancadas del Mar Muerto, el punto más bajo de la tierra. El aire apenas fluye y se vuelve denso a medida que el coche desciende por la ladera en dirección al paso fronterizo de King Hussein. Avanzando hacia el norte en paralelo a la frontera que separa Jordania de Israel llegamos a Almo’adi Aljadedah, donde cientos de invernaderos surgen a ambos lados de la calzada, semejantes a los que dominan amplias superficies de Almería.

    Con una temperatura media de 30 grados en verano, el calor es asfixiante. Pero el lugar es también un hervidero de sueños: el hogar de miles de refugiados palestinos que hace décadas encontraron allí la forma de sobrellevar el exilio y desde donde cada día vislumbran a lo lejos el territorio al que desearían volver, la tierra histórica de Palestina, a tan sólo 8 kilómetros de distancia.

    Los campamentos de cartón

    Las chabolas son una reminiscencia de los asentamientos precarios o slums que rodean El Cario. Construidas con sus propias manos, las estructuras se sostienen con materias primas que se encuentran alrededor de las granjas: cartón, plástico, tuberías de riego y bolsas vacías de fertilizantes. En la superficie, láminas de madera contrachapada rellenan puertas y techos.

    El costo de construcción de este tipo de viviendas alcanza los 200 dinares -unos 230 euros- divididos entre la media docena que suele ocupar el espacio. La ropa cuelga de las paredes acartonadas, entre las cuelas los egipcios hacen su vida diaria cuando no están trabajando: toman té, preparan tortilla con pimiento verde, fuman narguile y charlan sobre las personas que les esperan a las orillas del Nilo.

    Los campamentos carecen de los servicios más básicos como la electricidad, que consiguen gracias a un sistema de cables conectados entre las casas y tiendas de comestibles cercanas. Sólo la electricidad cuesta alrededor de 25 euros al mes. El agua se compra y se almacena en contenedores. Los trabajadores han excavado un sistema de alcantarillado primitivo, que se puede apreciar alrededor de las casas.

    Sohag, la capital egipcia de la pobreza

    Aunque los sirios han empezado a llegar a estas tierras en busca de trabajo, son los egipcios, habituados a los efectos del hambre, los que se quedan cuando el sol no da tregua. Reciben dinero sólo por las horas trabajadas cada día, en torno al dinar o dinar y medio la hora. La mayoría proceden de la localidad egipcia de Sohag, también conocida como la capital de la pobreza. Situada a 475 kilómetros al Sur de El Cairo, muchos de sus habitantes malviven: junto a las localidades de Assiut y Menya, todas ubicadas en el Alto Egipto, albergan el 82% del total de los pueblos más pobres del país, según el informe de Desarrollo Humano sobre Egipto del 2010.

    “Vivimos aquí porque es el lugar más cercano a los invernaderos”, cuenta Salim, egipcio de Sohag de 32 años y padre de tres hijos. Está solo. Sus compañeros de trabajo han vuelto a Egipto ante la proximidad del ramadán. “He dejado a mi familia en Egipto para darles una vida mejor. Nuestra rutina es todo lo que ves: dormir, trabajar y comer lo que se pueda“, relata mientras prepara en un pequeño hornillo el café turco mañanero.

    “Apenas consigo ahorrar 150 dinares -175 euros- para enviárselo a mi mujer. La mitad de lo que ganamos se va en los gastos diarios”, se lamenta. Luego esboza una sonrisa cálida. “Alhamdulilah (gracias a Dios en árabe) hoy mismo vuelvo a Egipto. Hace meses que no veo a mis hijos.”

    El negocio del intermediario

    La llegada a Jordania de estos jornaleros está regularizada. Una oficina de contratación se encarga de recoger el número de jornaleros que necesita cada propietario de cultivos, entre 15 y 20 trabajadores, dependiendo del tamaño de las tierras. Un intermediario será el garante de que cada trabajador permanezca sólo el tiempo estimado a cambio de una cantidad de dinero.

    Una vez la oficina de contratación recibe las fotocopias de los pasaportes, la documentación es enviada al Ministerio de trabajo en Jordania, gracias a la cual se expiden los visados especiales para residir en el país durante un periodo máximo de 6 meses –de Noviembre a Mayo- que es lo que suele durar la estación de hortalizas, especialmente de tomates.

    Un país de refugiados

    La llegada durante los últimos 5 años de millón y medio de sirios a Jordania por culpa de la guerra, según ACNUR, ha sacudido el inestable equilibrio económico y social del país, ya de por sí desbordado por el número de refugiados iraquíes y palestinos que se exiliaron hace décadas en un territorio con escasos recursos naturales.

    El rey Abdullah de Jordania expresaba, el pasado 4 de Febrero, su preocupación ante la falta de apoyos por parte de la Comunidad Internacional para manejar el gran flujo de refugiados, que amenaza el mercado laboral de sus nacionales que ven cómo los sirios, que tienen prohibido trabajar en el país, aceptan salarios irrisorios y trabajan más horas para poder mantener a sus familias. A la inestabilidad social se suma también la amenaza a la seguridad.

    El fanatismo del Daesh busca aumentar su influencia en el país aprovechándose de la insatisfacción ciudadana. Sin embargo, lejos de los cantos de sirena del islamismo más radical que culpa de todo a Occidente, los egipcios como Salim invierten su sudor en los invernaderos del Valle del Jordán, aceptando vivir en condiciones míseras para ganar dignamente el sustento de cada día.

  • La frontera entre la vida y la muerte

    La frontera entre la vida y la muerte

    Miles de refugiados se agolpan en la zona desmilitarizada entre Jordania y Siria huyendo de la guerra. Aunque el Derecho Internacional Humanitario lo prohíbe, los hospitales siguen siendo claros objetivos militares.

    Lo que devastó el futuro del joven Abdulá no fueron los suicidas que se inmolaron en un teatro en París, por eso nadie conoce su historia. A Abdulá, y a miles como él, la desgracia no le citó en suelo francés, donde quizá todavía conservaría la pierna derecha. Mientras que el peor atentado en Europa puede acabar con decenas de inocentes en el acto, los supervivientes pueden ser tratados inmediatamente por sus servicios de emergencia. Pero en Siria, los hospitales son también objetivos de guerra y allí donde piensas que van a salvarte pueden arrebatarte la vida.

    Abdulá, de 20 años, se encontraba hace ocho meses en su casa de Siria, en una ciudad llamada Jasim. Antes de la guerra era el distrito comercial de Izra’ y contaba con 45.000 habitantes. Su vida transcurría con normalidad junto a sus padres y sus ocho hermanos, con todos los servicios vitales cubiertos. Pero después de cuatro años de violencia, de Jasim apenas queda ya nada. Cuando el misil alcanzó la casa de Abdulá y le cercenó la pierna, el hospital más cercano para tratar sus heridas se encontraba en otro país. Abdulá despertó inconsciente en el hospital de Médicos sin Fronteras (MSF) de la ciudad de Ramtha, al norte de Jordania y a solo cinco kilómetros de la frontera con Siria. Un lugar seguro con servicios médicos de calidad garantizados. Sin embargo, MSF ha sufrido durante los últimos meses lo peor de la guerra: sus instalaciones han sido bombardeadas en Afganistán, Yemen y Siria. Aunque el Derecho Internacional Humanitario lo prohíbe, los hospitales siguen siendo claros objetivos militares.

    Una larga recuperación.

    Abdulá se recupera ahora en el hospital que Médicos sin Fronteras ha montado en el campamento de Zaatari, a 13 kilómetros de la frontera siria. Allí van a parar los heridos de guerra que necesitan una larga recuperación. “Quería ser ingeniero eléctrico, pero nunca pude ir a la universidad porque mi ciudad quedó destruida desde el principio del conflicto en 2011”, explica Abdulá desde su silla de ruedas. El hospital de Médicos sin Fronteras en Zaatari cuenta con 40 camas disponibles para la llegada de pacientes del hospital de Ramtha. Los heridos como Abdulá atraviesan en condiciones de emergencia el cruce de Tal-Shihab, el acceso más cercano y directo a Jordania. Solo aquellos cuya vida corre serio peligro pueden cruzar por allí. Ninguno de los familiares del joven pudo acompañarle hasta el hospital donde despertó.

    “Cuando abrí los ojos estaba rodeado de gente extraña. En el hospital de Ramtha permanecí un día y luego me trasladaron aquí, donde recibo rehabilitación para empezar a moverme mientras espero mi prótesis”, añade mientras fuma un cigarro. En el campamento de refugiados de Zaatari la vida transcurre lenta y pesarosa. Los pacientes como Abdulá permanecen dentro del recinto de MSF durante meses, ajenos al bullicio de los niños que juegan justo delante, donde se encuentra un colegio regentado por Unicef.

    Tormento físico y mental

    Los gritos de los chavales jugando en los recreos contrastan con el ánimo de los heridos. Los primeros días son los peores. El cuerpo tiene todavía que acostumbrarse a la mutilación. El tratamiento es doloroso. Los internos están acostumbrados ya al grito atormentado. “Es mejor que les duela ahora y no durante toda la vida”, explica un miembro del equipo médico.

    “Lo peor es la salud mental. A veces se ponen en contacto con nosotros familiares de las víctimas que están ya en el campamento y la compañía les reconforta”, relata Ahmad Al Salman, fisioterapeuta jordano. No es el caso de Abdulá: “Quiero volver a Siria porque mis padres y mis hermanos siguen allí”, afirma convencido. Decenas de sirios regresan cada día desde el campamento de Zaatari a su país porque su situación económica en Jordania es insostenible.

    Para volver a ver a sus familiares Abdulá solo tiene una opción: regresar a lo que queda de su ciudad natal, Jasim. Que sus allegados hagan el recorrido inverso es largo, costoso y peligroso. La frontera más cercana a la provincia de Deraa está cerrada desde que fuerzas opositoras se la arrebataran al régimen sirio. Solo los heridos pueden entrar por allí con la aprobación de las autoridades jordanas. La única entrada posible para los civiles, el checkpoint de Rukban, se encuentra a decenas de kilómetros, en el sureste de Siria.

    De conseguir alcanzarlo se encontrarían a 12.000 refugiados más que esperan en la zona desmilitarizada entre Jordania y Siria, según denuncian organizaciones como Human Rights Watch o Acnur. Estos refugiados viven en pésimas condiciones, en una zona rocosa donde no hay agua, ni vegetación, ni sombra. Podrían pasar meses hasta que las autoridades jordanas abrieran las fronteras que mantienen cerradas, alegan, por motivos de seguridad. La familia de Abdulá tendría que esperar a la intemperie la llegada del invierno y sin la certeza de que lograrán cruzar. Por eso Abdulá lo tiene claro: prefiere volver sin una pierna a un país en guerra que hacer que su familia sufra semejante trayecto.  

    Artículo publicado en Tiempo de Hoy en Enero del 2016.

  • Refugiados y olvidados en Jordania: crónica de una deportación

    Refugiados y olvidados en Jordania: crónica de una deportación

    Los sudaneses llegados a Amman aseguran no recibir las mismas facilidades que otros solicitantes de refugio. En Enero, 800 fueron expulsados. Entre ellos, Alí Yahia.

    Esta no es la historia de un refugiado sirio. Alí Yahia no lleva cinco sino 12 años huyendo de la violencia que desgarra su región. Llegó a Jordania en 2013 con un visado médico, el primero que pudo conseguir para huir del espanto. Una vez en Amman, se inscribió en la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) con la esperanza de que pronto sería realojado lejos del peligro y la precariedad que habían caracterizado su vida en Darfur. Se equivocó. El 18 de diciembre de 2015 las autoridades le deportaron a Sudán, al país donde vio cómo mataban a su abuelo. Pero su historia no llenará titulares porque esa parte del planeta no importa.

    A las cuatro de la madrugada del pasado 16 de diciembre, la policía desmantelaba la acampada que cientos de sudaneses —tanto refugiados como solicitantes de asilo— habían montado frente al edificio del Acnur en Ammán, en el distrito de Khalda. Alí fue de los primeros. Se quejaban de que la organización favorecía a la mayoría de refugiados sirios en detrimento de sus propias necesidades. Acnur asegura que todos sus beneficiarios reciben el mismo trato. Entre las principales demandas, los africanos exigían el realojo urgente en otro país y la asistencia para encontrar vivienda, ya que no se sentían seguros en Jordania.

    Del 16 al 18 de diciembre estuvieron a disposición de las autoridades. Primero fueron trasladados en autobús a un recinto cercano al aeropuerto y esa misma noche estuvieron a punto de ser deportados. Sin embargo, en el último momento y por razones de logística según publicaba Jordan Times, fueron reubicados en un hangar hasta la mañana del día 18 de diciembre, cuando finalmente despegaba el primer avión con destino a Jartum. Según imágenes que ellos mismos hicieron llegar a los medios de comunicación, durante el proceso fueron golpeados e intimidados por las fuerzas del orden.

    Habían vivido 33 días a la intemperie, pasando frío y calamidades, enfrentándose diariamente al acoso de la policía que les recriminaba que la protesta era ilegal y que, de no desalojar el recinto, serían deportados. Pero Alí Yahia asumió el riesgo, indignado porque no podía soportar que después de escapar del horror siguiera viviendo con miedo allí donde solicitaba asilo. Miedo al barrio donde vivía, en el cuál el año pasado se habían producido ataques violentos contra sudaneses. Miedo a ser descubierto mientras trabajaba ilegalmente. Miedo a caer enfermo y no tener dinero para pagar su tratamiento. Él no sólo sufría el drama del refugiado, también el de ser diferente. “En la pastelería donde trabajaba de noche me decían que yo no podía hacer dulces porque mis manos son negras y según ellos están sucias”, explicaba Alí sobre los comentarios racistas que había soportado durante meses, tan sólo dos días antes de que se produjera la expulsión.

    La situación para los refugiados en Jordania es muy difícil, sin permisos de trabajo ni de residencia
    ALI, SOLICITANTE DE ASILO

    El periplo de Alí

    El joven de 26 años Ali Yahia no volverá a Shataia, su pueblo natal, situado en una pequeña provincia al sur de Darfur. De allí salió huyendo en 2004 y es el último sitio donde desearía regresar. Se quedará en Jartum, la capital del país, y volverá a trabajar en lo que pueda hasta conseguir otro visado. Tiene grabado en su memoria el día en que las milicias yanyauid entraron en su aldea y dispararon a las casas indiscriminadamente. En el ataque murieron su abuelo y tres de sus hermanos. Él logró escapar de milagro, cojeando, porque un tiro le alcanzó la pierna. Fue tratado en un hospital de camino a Nyala, la capital del estado de Darfur Meridional, al oeste de Sudán. En esa ciudad permaneció hasta 2012.

    “En Nyala vivía en un campo para personas desplazadas, pero al menos tenía a mis padres. Fue duro porque estábamos acostumbrados a trabajar la tierra en Shataia: cultivar maíz, pepinos, pimientos y judías. Allí no podía. Poco a poco logré encontrar trabajos esporádicos, dentro y fuera del campo, con los que mantener a mi familia. Pero tampoco allí estábamos seguros porque las milicias también entraban”, relataba el joven. Cuando reunió el dinero y la fuerza suficiente, decidió dirigirse a Jartum para una vez allí, viajar a cualquier país donde se sintiera a salvo.

    “Elegí Jordania porque es el único país de la zona que concedía visados. Entré gracias a un permiso médico y una vez aquí me inscribí en Acnur como refugiado”, rememora. Según declaraba, Jordania era su única esperanza. “Yo no quería quedarme aquí, lo consideraba como un país de tránsito para saltar a otro. Descubrí demasiado tarde que la situación para los refugiados en Jordania es muy difícil, sin permisos de trabajo ni de residencia”, se lamentaba Alí.

    Acnur, la agencia desbordada

    Jordania no es signataria de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951. Sin embargo, Acnur declara en su página que el Gobierno jordano permite “un espacio de protección (a los refugiados) en general favorable, aunque frágil, debido a propios desafíos socio-económicos del país”. Desde 1998 trabajan a través de un Memorándum de Entendimiento, que asentó las bases de la actividad de esta agencia de la ONU en el país. Hélene Daubelcour, responsable de Relaciones Exteriores de la oficina de Jordania, declara que se proporciona asistencia a los beneficiarios «acorde a la vulnerabilidad y a nuestra capacidad financiera».

    “Todos los refugiados reciben la protección básica, el documento que acredita que son legales en el país y que por tanto pueden recibir asistencia jurídica por parte del Gobierno”. El día que fue entrevistada afirmaba que conocía las peticiones de los manifestantes pero que el realojo «no es un derecho y depende de la disponibilidad, no de presiones. Se otorga principalmente a familias numerosas o que sufren enfermedades graves”. Según declaraciones de Acnur, el porcentaje de los sudaneses presentados para realojamiento es incluso superior al de los sirios, entorno al 2,9% de los primeros comparado con el 2,3% de los segundos. “El total de refugiados que han podido ser realojados está alrededor al 1%,” aseguraba Daubelcour.

    Los deportados corren un peligro real de sufrir violaciones de derechos humanos en Sudán

    Seis eran las demandas que los manifestantes acampados reclamaban al Acnur: asistencia urgente para vivienda; oportunidades de realojamiento; el reconocimiento público de que el 70% de los sudaneses han sido reconocidos como refugiados y no como solicitantes de asilo; sueldos mensuales hasta la concesión de permisos de trabajo; oportunidades de educación para niños y adultos e igualdad en la prestación de servicios médicos como los proporcionados a los refugiados sirios e iraquíes.

    El Reino Hachemita de Jordania aloja a más de un millón de refugiados de diferentes nacionalidades, de los cuales la mayoría —650.000— son sirios, siguiendo con iraquíes —30.000— y sudaneses. Estos últimos conforman un colectivo de 3.000 personas entre refugiados y solicitantes de asilo, la mayoría procedentes de la región de Darfur. Conociendo estas cifras, hay una realidad que considerar en relación a la recaudación de fondos internacionales. Una realidad que ya viene de lejos: un artículo en The Atlantic de 2013 exponía cómo los medios de comunicación son un importante escaparate para la recaudación de fondos y cómo los sirios acaparaban ya entonces todas las portadas. Aunque Acnur defiende que el trato es igualitario, otras ONGs que operan en la región a menudo están limitadas a la dependencia de los llamamientos de recaudación de fondos, que por lo general se centran en una crisis a la vez. «Una ONG no puede recoger dinero para una campaña titulada ‘Alimenta a una familia siria esta Navidad’ y ofrecérselo a una familia somalí en su lugar”.

    Vidas en peligro

    Amnistía Internacional publicaba una nota de prensa donde recogía, de fuentes no confirmadas, que al menos una persona podría haber muerto por el uso de gases lacrimógenos y golpes durante el proceso de deportación. Además, el mismo informe asegura que los refugiados retornan a un país «donde van a estar en riesgo real de violaciones de derechos humanos y sus vidas están potencialmente en peligro. La mayoría de estas personas han huido de Darfur, donde se enfrentarían a un riesgo real de persecución, represión brutal y otras violaciones de derechos humanos por el gobierno sudanés en la región”.

    La deportación de refugiados, según otro informe de Human Rights Watch, viola el principio de derecho internacional consuetudinario de no devolución, que prohíbe a los gobiernos devolver a las personas a lugares donde corren el riesgo de ser perseguidos, torturados, o expuestos a penas o tratos inhumanos o degradantes. El pasado viernes 18 de diciembre se abrió una brecha legal en Jordania para deportar a refugiados que protestasen por su precaria situación en el país.

    Crónica publicada en Planeta Futuro en enero del 2016.

    Foto galería de Isidro Serrano Selva aquí.

  • Sobrevivir a los barriles de la muerte

    Sobrevivir a los barriles de la muerte

    El 20% de los pacientes tratados en el último mes en el hospital de MSF son niños. La mayoría de las bajas entre civiles se producen por ataques indiscriminados.

    Cuando el silbido te taladra los tímpanos ya es demasiado tarde. Suena como un misil pero en realidad es mucho peor porque no están teledirigidos. El barril explosivo, una de las principales causas de muerte en Siria según la ONU, puede arrasar una manzana de edificios en apenas unos segundos. Normalmente caen dos al mismo tiempo. Son baratos de fabricar, pesan alrededor de 180 kilos y están llenos de explosivos y fragmentos de metal. Son transportados por helicópteros y lanzados al azar desde lo más alto posible para no ser atacados y causar el mayor número de víctimas.

    «Más del 70% de los heridos que recibimos sufren lesiones y múltiples heridas a causa de las explosiones», afirmaba Renate Sinke en Julio, coordinadora del programa quirúrgico de emergencia de Médicos sin Fronteras (MSF) en Ramtha. Hasta este hospital jordano son evacuados los heridos de gravedad de la provincia siria de Deraa y hasta allí se trasladó EL MUNDO, situado a tan sólo cinco kilómetros de la frontera siria, en el norte del Reino Hachemita.

    En las dos salas de operaciones del hospital, decenas de médicos desafían a la muerte desde su apertura en Septiembre del 2013. Allí no hay espacio para el odio, nadie sabe quiénes son los pacientes o qué hacían: lo único que importa es devanar el fino hilo que los separa del más allá. Algunos se quedan en la ambulancia o en el quirófano, pero muchos otros, milagrosamente, salvan la vida para volver al horror. «No podemos obligarles a quedarse en Jordania. Algunos fueron trasladados inconscientes y se despiertan aquí. Por eso alrededor de la mitad de los pacientes que sobreviven deciden volver a Siria», explica la doctora jordana Mayed AlAduan, que lleva medio año trabajando para MSF.

    ‘Antes de la guerra, trabajaba en una empresa en Damasco. Soñaba con tener una vida normal, casarme y vivir en paz en mi país’

    Allí conocimos a Yunes, de 22 años. Las huellas de metralla en su cara dicen todo lo que no le permite su voz. Tiene la mitad del rostro cosido como un muñeco de trapo y tan sólo se asoma uno de sus ojos color miel. Apenas escucha con claridad las preguntas. Tiene las manos vendadas y el resto de su maltratado cuerpo oculto bajo la sábana. Catorce es su nuevo número de la suerte: son las veces que ha sido herido desde que comenzó el conflicto en Marzo del 2011. Lleva cuatro días en el hospital y los médicos no descartan volver a verlo tras darle el alta. «Algunos pacientes reaparecen en el hospital meses después de haberlos operado», reconoce una de las doctoras.

    Volver al horror

    «Antes de la guerra, trabajaba en una empresa que vendía material médico en Damasco. Soñaba con tener una vida normal, casarme y vivir en paz en mi país. Pero en cuanto empezó todo me volví a Deraa», relata Yunes, el paciente que dice haber sido intervenido 14 veces y que recibió a EL MUNDO tumbado en una de las 40 camas que dispone MSF. Prefiere no decir mucho más. Sólo piensa que, pese a lo sufrido o precisamente para mantener viva la esperanza, la situación mejorará. No duda en declarar que volverá a Siria en cuanto se recupere. «Sé que habrá una decimoquinta vez».

    Aisha, de 36 años, no está tan segura del futuro de Siria mientras se permita maniobrar a los aviones y helicópteros. Esta mujer de ojos celestes es madre de seis hijos y apenas lleva 5 días en el hospital. Pide que no se le fotografíe el rosto por miedo a que las autoridades sirias la reconozcan. Asegura que un barril explosivo destrozó sus piernas. No piensa en otra cosa que en regresar. «El más pequeño de mis hijos tiene un año y cada vez que hablo con él por teléfono no hace más que repetir: mamá, mamá. Volveré con mis hijos porque son mis hijos y volveré a Siria porque es mi país«, dice con voz muy dulce pero firme.

    El hospital de MSF se encuentra alojado en un edificio propiedad del Ministerio de Sanidad jordano. Las salas de operaciones y el equipo médico son compartidos por el personal sanitario de ambas entidades. Pacientes jordanos comparten espacio con víctimas de guerra. La mayoría de los pacientes adultos regresan a sus hogares. No desean permanecer en Jordania mientras sus familiares corren peligro en Siria. En cambio, los niños que fueron evacuados junto a sus progenitores tienen la oportunidad de rehacer sus vidas en Jordania.

    Un traslado peligroso

    La seguridad de saberse a salvo en territorio jordano no libra a los pacientes del ruido de las bombas. Las oyen caer y explotar a cinco kilómetros de allí. Entonces saben que llegarán más heridos. Se activa el mecanismo de evacuación en el instante en que los médicos locales deciden in situ que las lesiones sufridas son de tal gravedad que no pueden ser tratadas en territorio sirio. Los ataques indiscriminados hacen imposible el equipamiento quirúrgico adecuado.

    ‘Sabemos que son barriles bomba por el tipo de lesiones y las marcas de metralla en el rostro y extremidades’

    El tiempo es fundamental pero el camino está plagado de checkpoints. Los coches, conducidos exclusivamente por locales -no hay personal de MSF en Deraa-, deben cruzar las áreas controladas tanto por el Ejército Sirio como por sus oponentes. «Después de tantos años, se ha conseguido un acuerdo de libre circulación de las víctimas más graves» recalca Anais, responsable del departamento de Asuntos Humanitarios de MSF, señalando un mapa del país.

    Una vez cruzan la frontera de Tal-Shihab, al suroeste de Siria, son recibidos y tratados inmediatamente por la Defensa Civil Jordana. La gravedad de las heridas apremia y no hay tiempo para identificaciones. Los evacuados entran en Jordania bajo un estatuto especial y deberán registrarse como refugiados una vez se hayan recuperado y deseen permanecer en el país.

    Si el cuadro clínico es muy complicado, son trasladados en ambulancia hasta el hospital de MSF en Ramtha. «Los pacientes sufren politraumatismos, siendo muy complicadas de tratar las heridas en cabeza y abdomen», explica la doctora Mayd AlAduan. «Sabemos que son barriles bomba por el tipo de lesiones y las marcas de metralla en el rostro y extremidades», revela. Según MSF, el 15-20% de los pacientes sirios que llegan al hospital son niños.

    La resolución que no se cumple

    Durante el mes de julio Médicos sin Fronteras ha visto un incremento en el número de pacientes víctimas de los barriles explosivos utilizados en la provincia de Deraa. La principal causa de la elevada cifra de muertos en lo que va de conflicto es debido a los ataques deliberados contra zonas residenciales, incluidos los bombardeos indiscriminados y desproporcionados, según declaraba el pasado 23 de junio Paulo Pinheiro, presidente de la Comisión Internacional Independiente sobre Siria.

    Para evitar los embistes que se están cebando con la población civil, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó en febrero del 2014 la Resolución 2139 por la que se exigía el cese de los asedios en áreas pobladas, incluido el fin del lanzamiento de barriles de dinamita contra la población civil. Lejos de cumplirse dichas demandas, el lanzamiento de barriles se ha incrementado desde la aprobación de la medida según Human Rights Watch. No existen acciones legales contra los incumplidores porque no se recogieron en dicha Resolución.

    El riesgo de entrar en Siria por el caos que asola el país hace imposible el trabajo de miembros de organizaciones no gubernamentales que podrían paliar sobre el terreno el sufrimiento humano, así como impide el acceso a periodistas extranjeros que podrían documentar y dar voz a sus víctimas. Ante la incapacidad de la Comunidad Internacional de hacer cumplir su propia resolución, los barriles explosivos seguirán siendo una de las armas más mortíferas en el conflicto sirio.

    Reportaje publicado en EL MUNDO en Agosto del 2015.

  • 7iber. Resistencia por la libertad de prensa en Jordania

    7iber. Resistencia por la libertad de prensa en Jordania

    Entrevista con la periodista Lina Ejeilat, cofundadora de 7iber, el medio que ofrece una alternativa a los medios de comunicación oficiales del Reino Hachemita.

    Entrevista publicada en Seguimos Informando en Junio del 2015.

    Video de Javi Julio / Nervio Foto.

    Entrevista de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Texto en Seguimos Informando de Xabier Iglesias.

  • Entierran en Jordania a Tariq Aziz

    Entierran en Jordania a Tariq Aziz

    Fue el brazo fuerte del régimen de Saddam Husein. El exministro de Asuntos Exteriores iraquí fue sepultado en la ciudad de Madaba, con los vítores de los nostálgicos del partido Baaz.

    Decenas de personas despiden al grito de mártir el cuerpo de Tariq Aziz, ex ministro de Asuntos Exteriores y brazo fuerte del régimen iraquí, minutos antes de enterrarlo en el cementerio jordano de Jolud, en Madaba, a 20 kilómetros de la capital. «Somos tus hombres Sadam» claman simpatizantes del partido Baaz portando fotos del expresidente iraquí junto a banderas que rezaban el lema de la organización: Unidad, Libertad, Socialismo. Su mujer Violet y sus hijos siguen la comitiva funeraria en un luto riguroso.

    «No he venido para apoyar el régimen iraquí, sino para apoyar a la gran nación árabe. Desde la intervención americana en 2003 toda la región se ha convertido en un auténtico caos»

    «Estoy aquí para decir adiós a un gran hombre», declara un seguidor del Baaz, Ayman Suhaymat, que porta orgulloso una bandera jordana mientras espera la llegada del féretro. «No he venido para apoyar el régimen iraquí, sino para apoyar a la gran nación árabe. Desde la intervención americana en 2003 toda la región se ha convertido en un auténtico caos», se lamenta Suhaymat. Los vítores antimperialistas suben de tono cuando jóvenes vestidos de verde militar trasladan el ataúd hacia la fosa. Algunos de los lemas piden la caída de Israel o el cierre de la embajada iraní en Amán.

    Aunque el cuerpo de Tariq Aziz se esperaba en Jordania desde hace una semana, no ha llegado al Aeropuerto Internacional Quen Aliaa hasta la noche del viernes 12 de junio. Después de superar las primeras trabas gubernamentales y preparado el jueves para su traslado en avión a Jordania, el féretro desapareció del aeropuerto de Bagdad según informaban los propios familiares. Horas después, el Gobierno iraquí era capaz de recuperarlo para ser transportado por fin a su destino.

    La muerte de Tariq Aziz se ha convertido en el símbolo de la desgracia que agita Irak en la actualidad, sacudida por los envites del sectarismo, la completa ausencia de instituciones estatales y a merced del extremismo más exacerbado, con la organización Estado Islámico acampando a sus anchas a pesar de los ataques aéreos de la Coalición. «Cuando hablamos de la no intervención no sólo hablamos de EEUU, sino también de Turquía o Israel que están interviniendo en toda la zona, también en Siria. Lo que quieren no es derrocar a Bashar, sino derrocar el Estado mismo como hicieron en Irak» asegura Ayman Suhaymat.

    Símbolo del Baazismo

    Fue Tariq Aziz, cristiano caldeo originario de la ciudad de Nínive, quien declaraba en 2003 que no había armas de destrucción masiva en Irak y rogaba a los Estados Unidos que no entraran puesto que fracasarían. Nada parece quedar del sueño baazista en la actual Irak. Con un país prácticamente fragmentado y Estado Islámico imponiendo su régimen de terror, los anhelos de unidad y libertad parecen haberse desvanecido. Con Tariq Aziz desaparece un símbolo más del antiguo régimen, un régimen que añoran no sólo los nostálgicos del partido, sino también miles de iraquíes que han huido de las hordas de IS dejando atrás todo lo que conocían. Muchos de ellos se encuentran ahora refugiados en el Reino Hachemita.

    Aziz fallecía en una cárcel iraquí el 5 de junio por un paro cardiaco a la edad de 79 años. Llevaba 5 años esperando la pena de muerte pero el ex presidente iraquí Jalal Talabani se negó a firmar su sentencia y permaneció preso pese a su deplorable estado de salud. Se graduó en Bellas Artes en la Universidad de Bagdad en 1958 y desde su juventud lo atrajo el nacionalismo árabe, secular y de promesa anti-imperialista. Como profesor y periodista, se vio envuelto en la turbulencia política de 1960. Su acercamiento a Sadam se produce en 1963, con la caída en desgracia del Baaz, lo que le convierte en el hombre fuerte del partido con su vuelta al poder en 1968.

    Se convirtió en uno de los hombres más buscados del Ejército Estadounidense durante la invasión y se entregó a los americanos en Abril del 2003. En 2009, un tribunal iraquí lo encontró culpable de crímenes cometidos contra los chiíes en 1980 como «crímenes contra la humanidad» y fue sentenciado a muerte. Hoy yace en suelo jordano por temor a que su cuerpo fuera profanado en territorio iraquí, un país que parece abocado a un futuro más que incierto.

    Crónica publicada en EL MUNDO en Junio del 2015.

  • «Estado Islámico me ha amenazado de muerte. Estoy asustado pero seguiré dibujando»

    «Estado Islámico me ha amenazado de muerte. Estoy asustado pero seguiré dibujando»

    Osama Hajjaj, conocido en el Reino Hachemita por su compromiso con la libertad de expresión, ha recibido mensajes amenazantes por parte de adeptos del grupo yihadista desde que dibujó una viñeta sobre el asesinato del piloto jordano Moaz Kasasbeh.

    Jordania ocupa el puesto 143 de 180 países en el Barómetro de libertad de prensa que cada año publica Reporteros Sin Fronteras. Osama Hajjaj, caricaturista jordano, se enfrenta al papel en blanco cada día con el miedo metido en el cuerpo desde que hace una semana recibiera amenazas del Estado Islámico (IS) por ridiculizarlos en sus viñetas.

    ‘¿Hasta cuándo vas a seguir dibujando a los musulmanes yihadistas de forma negativa, mientras dibujas a los que matan musulmanes como si fueran unos ángeles? ¿Por qué no atacas a los infieles y a los gobiernos árabes, cobarde?’. Son las ‘perlas’ que le ha enviado Estado Islámico en un e-mail amenazante. «Ahora está en manos de la policía», afirma rotundo Hajjaj.

    El dibujante lleva desde los años 90 trabajando para periódicos árabes como ‘Al Rai’, ‘Al Dustur’ y actualmente para el diario jordano ‘Al-Arab Al-Yaum’. Sus caricaturas son acogidas con simpatía por una generación hastiada de una economía asfixiante, del extremismo que asola la región y de las rígidas costumbres que siguen imperando en la sociedad jordana. Sus trazos, compartidos asiduamente en las redes sociales, son un aire fresco para las juventudes que desean verse reflejadas en los nuevos aires de cambio.

    «Me impresionó mucho el vídeo donde lo quemaban vivo [al piloto Moaz Kasasbeh] y decidí mostrar mi apoyo diseñando su nombre en forma de avión con los colores de la bandera jordana».

    ¿Por qué empezaste a dibujar?

    Aprendí en casa por influencia de mi familia. Pero de pequeño nunca pensé en convertirme en caricaturista, quería ser piloto. Estudié Arte en una academia pero tras varios intentos fallidos, terminé recibiendo clases de mecánica de aviación en el Aeropuerto de Reina Aliaa, en Amán. Mi oportunidad llegó cuando mi padre me contó que el periódico para el que trabajaba necesitaba un dibujante. Así es como en 1993 empecé a dibujar caricaturas políticas.

    ¿Has sentido algún tipo de presión por parte del periódico para el que trabajabas para no publicar cierta caricatura?

    Lo más grave me ocurrió en 1994. Trabajaba para la revista semanal Yarida-Al Bilad, ahora desaparecida. El editor de la revista me pidió que dibujara sobre una noticia que había generado mucho debate: la relación sentimental entre un miembro de los Hermanos Musulmanes con una bailarina de danza del vientre. Al día siguiente de publicarse la viñeta, la ‘mujabarat’ [los servicios secretos] nos entrevistaron y me mandaron directamente a prisión durante 2 días. Fui el primer dibujante jordano encarcelado por una viñeta. Por aquel episodio, no volví a coger la pluma durante 7 años y me dediqué al diseño gráfico.

    ¿Desde cuándo llevas recibiendo amenazas del Estado Islámico?

    «Empecé a sentir la presión cuando dibujé al piloto jordano Moaz Kasasbeh. Me impresionó mucho el vídeo donde lo quemaban vivo y decidí mostrar mi apoyo diseñando su nombre en forma de avión con los colores de la bandera jordana. Tuvo muy buena acogida y hasta la reina Rania lo compartió en sus redes sociales. Desde entonces, siento que me tienen en el punto de mira y estoy asustado. Hace una semana recibí un correo electrónico donde me amenazaban de muerte. He recibido varias quejas de miembros de los Hermanos Musulmanes enfadados con mis dibujos, pero esta era diferente, por el tono y el lenguaje utilizado».

    ¿Sobre qué cosas no se puede garabatear en Jordania?

    Hay muchos tabús. Aquí no se puede dibujar nada que tenga que ver con la religión. Por ejemplo, he recibido muchas críticas por mi última caricatura de la mujer con ‘hiyab’ que no se baña en la playa. Tampoco puedo dibujar sobre los matrimonios con menores de edad porque si trazo una barba, piensan que me refiero a un sheij, (líder religioso) y, por tanto, estoy criticando el Islam. Y ya no hablo de sexo o de homosexualidad. Sobre temas políticos, en Jordania no se puede caricaturizar al rey. Una vez dibujé a un burro que simbolizaba a la sociedad con un jinete azotándolo, que representaba al Gobierno, mientras la monarquía se mantenía retirada, dormida en un rincón. Desde entonces sentí cierta presión de los servicios de seguridad, aunque nunca de forma evidente.

    ¿Qué pensaste cuando viste al rey Abdulá liderando la manifestación de París por la libertad de expresión cuando en tu país dibujarle te puede llevar a la cárcel?

    Yo respeto su decisión. Él como todos los ciudadanos jordanos, está en contra del terrorismo. Intento mantenerme al margen del debate, aunque es cierto que hubo críticas porque consideran que debería participar en otras protestas como, por ejemplo, contra los ataques en Gaza hacia los palestinos.

    Hajjaj sentencia que seguirá dibujando pese al abanico de presiones que recibe de una sociedad llena de tabúes, de un Gobierno que limita la libertad de expresión y ahora de un grupo que pretende aterrorizarlo. Pero para él, «la libertad de pensamiento y expresión será siempre un derecho del ser humano».

    Entrevista publicada en EL MUNDO en mayo del 2015.

  • El templo de la salvación de los cristianos perseguidos por el IS

    El templo de la salvación de los cristianos perseguidos por el IS

    El rey Abdullah concedió visado para entrar al país a unas 1100 personas huidas. La letra árabe Nun es el símbolo de la persecución, como antes lo fue el pez. Miles de iraquíes subsisten en Amán desde hace nueve meses gracias a la ayuda de la Iglesia.

    Nagam reprime una mueca de dolor mientras rememora el día que huyó de Qaraqosh. «Cuando Estado Islámico (IS, en sus siglas en inglés) invadió la ciudad, el 6 de agosto de 2014, escuchamos por los altavoces de la mezquita que ahora la ciudad les pertenecía y que sólo teníamos dos opciones, salir huyendo o pagar un impuesto. Pero quedarse significaba la muerte», relata una mujer iraquí. Hace un año trabajaba como secretaria en la Universidad de Mosul y ahora reside, junto a su marido y sus dos hijos, en apenas tres metros cuadrados del templo Mar Elías, situado a las afueras de Amán. Como ella, más de 7.500 cristianos viven en Jordania gracias a la ayuda de la Iglesia, que los aloja dentro de sus propios lugares de culto.

    De la vida que dejaron atrás sólo se informan por las llamadas que aún mantienen con sus vecinos musulmanes, que decidieron quedarse y acatar la nueva ley que imponía el autodenominado Estado Islámico. «Ocuparon nuestras propiedades y se adueñaron de muebles, dinero, joyas. Nos robaron las pocas pertenencias que llevábamos encima en el último checkpoint antes de llegar a Erbil», cuenta Kamal, el marido de Nagam. Las paredes de sus casas amanecieron con la letra Nun, de la palabra árabe nasraní, que significa cristiano, la señal de que ahora pertenecían a las hordas de IS.

    Kamal apenas puede levantar los párpados. «Es por el cansancio de esperar, llevamos así nueve meses», dice Nagam de su marido. Un tablero de backgammon reposa sobre una pequeña mesa de plástico. Varias mujeres cocinan judías y trigo relleno de carne picada para las familias que comparten el mismo techo. Nagam mira al suelo y chasquea la lengua mientras explica que aquellos que no podían cruzar el último tramo del camino tuvieron que pagar 10 dólares para ser transportados por los propios miembros del IS hasta llegar al Kurdistán iraquí.

    «Fue en Erbil donde oímos hablar de Abu al Nur», dice Kamal sobre el sacerdote responsable de que 1.100 de esos refugiados obtuvieran el visado jordano concedido expresamente por el rey Abdullah de Jordania. «Nos comentaron que varias iglesias y monasterios en Amán estaban acogiendo a los iraquíes que huíamos de IS y apuntamos nuestros nombres en una lista», recuerda también Haitham, uno de los afortunados. Contable en Mosul, ahora trabaja para Cáritas como responsable del mantenimiento del local, de la comida y del tratamiento médico de sus compatriotas dentro del reciento propiedad de la Iglesia. Es la excepción a la regla: su condición de refugiados les prohíbe trabajar en el país.

    Marcados por la letra Nun

    A través de Cáritas, los refugiados iraquíes alojados en ese y otros templos reciben manutención diaria. La organización se encarga de aportar los alimentos necesarios para las familias, además de pagar los medicamentos y las consultas en los hospitales donde son atendidos. La vida cotidiana apenas encuentra separación de la liturgia. Pocos metros separan las estancias improvisadas con colchones y mantas de la capilla donde se celebra la misa del domingo en el monasterio que regenta el padre Khalil, en el barrio de Marka.

    Abu Khalil, de origen palestino pero acogido por Honduras tras las guerra del 67, se encarga de la manutención de 12 familias que residen dentro de este templo. Los gastos son sufragados en su totalidad por la organización española Mensajeros por la Paz. «Pero también pagamos 27 apartamentos que se encuentran alrededor al monasterio. En cada uno viven dos familias», recalca enseñando las facturas, que reflejan un alquiler mensual de entre 200 y 350 dinares (265 y 460 euros aproximadamente). Además Abu Khalil invita a comer cuatro veces por semana a refugiados que viven fuera del monasterio. «Doy de comer a unas 500 familias y cocinamos a diario unos 50 kilos de arroz».

    Una fotografía con el Papa Francisco reposa en su mesa de trabajo.«Le estoy entregando este pin con la insignia grabada de la Nun», aclara mostrando la letra en árabe. «Pensamos que es un símbolo del sufrimiento de los cristianos en Irak, como lo fue el pez durante las persecuciones de los primeros cristianos». Insiste en que la labor que están realizando en el monasterio no es de carácter religioso sino humanitario y que cristianos y musulmanes son invitados a todas las actividades.

    «La relación entre cristianos y musulmanes, gracias al rey de Jordania, es buena. Aquí no vemos el odio y la violencia que se está cebando con los cristianos en Siria e Irak», afirma mientras recibe en su oficina a Jacob, un iraquí de Qaraqosh que antes hacía reportajes de bodas y que ahora se encarga de editar fotos y vídeos de las actividades del centro. «Es el ministro de comunicaciones del monasterio», comenta Abu Khalil. Jacob sonríe tímido. «Es una forma de que se mantengan ocupados y de dignificarlos».

    El padre se prepara para oficiar la ceremonia de las seis de la tarde. A los asistentes se les insufla coraje para afrontar las dificultades. «He visto cómo nuestros vecinos musulmanes admiran nuestra unión y es así como tenemos que permanecer, unidos». Los fieles rezan el padre nuestro en un árabe clásico perfecto y resonante. Las mismas palabras que recitan los cristianos del resto del mundo para encontrar consuelo frente a la barbarie. Ellos de momento encuentran amparo en el Reino Hachemita, pero durante un tiempo que parece interminable.

    Artículo publicado en EL MUNDO en Abril del 2015. Fotografía de Ricardo García Vilanova.