Categoría: Jordania

  • «Al Asad odia a los médicos porque ayudamos a la gente»

    «Al Asad odia a los médicos porque ayudamos a la gente»

    En una clínia psicológica en Amán, el doctor Shafik Amer intenta sanar los traumas de los niños sirios. Su objetivo es que entierren en la memoria el dolor causado por el régimen.

    El doctor Shafik Amer lee la letra de una canción: «Vuelan los pájaros sobre los tejados de nuestras casas, volvieron los días de la primavera». Está escrita en la pared de su centro de psicología infantil de Amán, Jordania. La vivienda está ahora en silencio y el jardín, vacío, porque los niños se han ido al colegio.

    Hasta hace un momento, en el salón había un corro de refugiados sirios de entre seis y 11 años. En el centro, una chica componía con dificultad un puzle con nueve cubos de madera. «Hacemos este juego para mejorar la concentración cuando tienen estrés postraumático», explica Amer. «La mayoría sufre de depresión, pesadillas, agorafobia y otras patologías mentales», añade.

    Los niños del centro Malki-Salaam del doctor Shafik Amer han sentido los bombardeos con barriles explosivos del régimen de Bashar al Asad, han dormido con la incertidumbre de un asalto en mitad de la noche de las fuerzas de seguridad y han visto, quizá por última vez, los cimientos de sus casas derruidas. Por esta vivienda de Amán pasan semanalmente unos 60 chavales que reciben ayuda psicológica de la asociación Salaam Cultural Museum para volver a ser niños.

    En el salón de la clínica, durante la sesión, todos eran sirios en un país extranjero. También el doctor Amer tuvo que exiliarse cuando empezó la guerra hace casi cuatro años, un conflicto que ya ha dejado más de 200.000 muertos y ha obligado a cerca de tres millones de personas a huir a otros países, según la Agencia de la ONU para refugiados. Amer vivía en Damasco con su mujer y sus dos hijos. Trabajaba en el hospital. «Allí vi a los heridos de los primeros días de la revolución. Y denuncié las barbaridades de la represión mandando fotos a los medios de comunicación», narra. «El régimen iba a venir a por mí así que salí al Líbano. Bashar al Asad odia a los médicos porque nosotros ayudamos a la gente. Ha matado a más de 2.500», explica.

    En el país vecino se escondió en un apartamento donde vivía de manera discreta, con las luces apagadas y casi en silencio porque sospechaba que Hezbolá, la milicia chii del Líbano, le buscaba para entregarle al Gobierno sirio. Después saltó de Turquía a Egipto antes de instalarse en Amán hace 12 meses.

    Amer ha vivido en cuatro países en cuatro años y no puede volver al suyo; aun así, sonríe y juega con los pequeños como si fuera no hubiese nada más. Como si no existiese nadie capaz de dañar a un niño, nadie que amenace la burbuja de ternura que hay en este centro psicológico.

    El doctor Amer ayuda a los niños refugiados sirios desde su propia experiencia: huyó del país por miedo a ser detenido

    El doctor, de 43 años, enfrenta en su despacho en Jordania el horror de Siria. En él recibe a los niños y escucha sus historias a través del testimonio de sus padres. «Muchos tienen pánico a los desconocidos y no quieren hablar de su dolor en público», argumenta. En muchos casos, los progenitores también salen de esa sala con una cita con Amer por la tarde. La guerra ocupa todos los espacios de las familias: está en sus casas, que ahora es Amán, y en el recuerdo de las que dejaron atrás y que no saben si acaso existen; está en los familiares que todavía viven en Siria y en los que han muerto.

    Amer escribe a diario las reflexiones de sus pacientes. El tratamiento a partir de ese momento durará tres meses, cuatro horas al día. Si todo ha ido bien, Amer revisará las notas del primer día y sabrá si sus heridas han sanado.

    Entre los casos más difíciles que enfrenta está el de Sidra, una niña de nueve años. Apenas duerme porque tiene pesadillas todas las noches. Ve a su padre. La última vez que estuvo con él fue hace dos años, cuando vivía con su familia en Homs. Ese día, la policía entró en su casa. Sidra recuerda la paliza que recibieron su madre y ella misma hasta que el progenitor intervino para defenderlas. Un golpe seco de culata lo tiró al suelo. La niña observó cómo lo arrastraban a la calle. Se asomó por la ventana y lo siguió con la mirada mientras la policía le alineaba contra la pared junto a decenas de hombres.

    Sidra vio cómo fusilaban a su padre. El cuerpo cayó al suelo y la sangre brotó desde el costado. Tras esto, su familia huyó y estuvo dos semanas en el campo de refugiados jordano de Zaatari hasta que alquilaron un apartamento en Amán. En sus pesadillas, Sidra se encuentra con su padre vivo.

    Tratamiento contra el horror

    Los primeros días en el centro, los niños solo juegan y dibujan. Cogen los peluches y los muñecos que quieren y pintan sin ninguna directriz. El doctor quiere ver cómo se relacionan en un ambiente extraño, alejado de la seguridad de sus familias. Él contempla y toma notas. La escena del corro en el salón, con la niña concentrada en el puzle de nueve piezas, llega en el segundo mes.

    Amer enciende música relajante y observa. La niña de dentro del círculo descifra la imagen: un perro marrón con un collar rojo. «Con estos ejercicios les exigimos que despejen sus mentes de los recuerdos negativos y aprendan a concentrarse», detalla el doctor. Finalmente están en el tercer mes y Amer revisa en su libro de notas la evolución de sus pacientes. Los niños han hecho teatro, yoga, han dibujado, cantado y han jugado para enfrentarse a sus traumas. «Generalmente, dejan de tener accesos de imágenes dolorosas y pesadillas», argumenta Amer. El pasado se mitiga. Pero tiene «casos muy graves que necesitarán mucho más tiempo: hay un niño que sigue viniendo cada semana porque ha intentado suicidarse tres veces», explica.

    Sidra, una niña de nueve años, sueña casi cada noche con su padre. En sus pesadillas él está vivo, pero fue fusilado delante de ella en Homs

    Las paredes de la habitación son lisas y de color crema. El suelo está cubierto de alfombras para que los niños caminen descalzos. En la terraza hay una caja de arena para jugar. Todo el espacio es inofensivo. Solo un dibujo interrumpe la uniformidad cromática. Son las siluetas de antiguos pacientes. En el mural, sus manos están unidas y el último de la fila sujeta una bandera verde, blanca y negra de la revolución siria.

    La madre de Sidra, su paciente de nueve años, se quiere marchar a Siria. Ella no puede pagar el alquiler y el casero les va a echar de la vivienda. Está sola. Su marido fue asesinado y tiene un hermano enrolado en la resistencia. «Van a morir. Les pido por favor que no se vayan de Jordania», explica el doctor. Pero con la incertidumbre sobre las ayudas del Programa Mundial de Alimentos, muchos sirios no ven otra opción. «Prefieren que les caiga una bomba en Siria que morir de hambre aquí», argumenta Amer. «Tengo una lista de 20 pacientes a los que llamo para que vengan, y ya se han marchado», concluye.

    «Espero que vuelvan pronto los días de la primavera y podamos irnos todos a casa», suspira Amer, y recuerda la canción infantil que está escrita en la sala de música de la clínica.

    Texto de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Fotogalería de Javi Julio / Nervio Foto.

    Artículo publicado en Planeta Futuro en marzo del 2015

  • El taekwondo de la resistencia

    El taekwondo de la resistencia

    Entre el barro y las chabolas del campo de refugiados de Zaatari, en Jordania, decenas de niños sirios practican taekwondo para canalizar su rabia. El proyecto, gestionado por una ONG coreana, quiere formar a los líderes del futuro mediante la disciplina y el respeto. Gracias a este arte marcial, los chicos y las chicas están apaciguando el dolor por la guerra en su país.

    El blanco simboliza la inocencia. Abdel Malek, de cinco años, se une al coro de niños que cantan letras revolucionarias mientras son trasladados en pickup de un extremo al otro del campamento de refugiados de Zaatari, en Jordania, a solo diez kilómetros de la frontera con Siria. La mayoría son de Daraa, una de las ciudades donde la represión contra los manifestantes fue más salvaje. Otros han huido de Deir ez Zor o de Homs.

    Visten un quimono blanco que usan cuatro veces a la semana y en el que están grabadas las huellas del duro entrenamiento: alguno está descosido, otros, tan arrugados como higos y en la mayoría hay motas de color marrón del barro que lo baña todo. Pero son los cinturones los que más resaltan cuando la furgoneta se detiene frente a un pista de fútbol encharcada: por ahí salen niños de blanco con cintas alrededor de las caderas: blanca, amarilla, verde, azul y roja.

    «Venga, vete ya Bashar», «mejor morir que vivir arrodillado». Los chavales gritan y dan palmas mientras son trasladados por las calles del colosal levantamiento que alberga a unos 80.000 refugiados. Mujeres cargadas con bebés en los brazos o niños que van al colegio los ven pasar: los adultos miran con la cara mustia, pero los críos sonríen con complicidad. Niños de Daraa empezaron la sublevación social contra el régimen de Bashar al Asad en marzo del 2011. Ellos fueron los que pintaron en el muro de un colegio «el pueblo quiere la caída del régimen». Ellos prendieron la mecha. Ellos sufrieron la primera represión.

    Ahora estos niños practican taekwondo en la academia del doctor Lee en Zaatari. Son blancos: inocentes.

    Un coreano entre árabes

    El amarillo simboliza la semilla. El doctor Lee Chul Soo es el responsable de la escuela, fundada a principios de 2013. Este surcoreano enamorado de Oriente Próximo lleva trabajando en la zona desde hace una década. En 2008 se encontraba en Gaza durante la operación del Ejército Israelí Plomo fundido. Aunque casi todos los extranjeros se marcharon al comienzo del ataque, Lee le dijo por teléfono a su mujer que se quedaría como escudo humano para proteger a los palestinos. Ella decidió que, si iba a perder a su marido, lo haría a su lado. Meses después fueron expulsados de los territorios palestinos y tienen prohibido el acceso a la franja durante 5 años.

    Mientras esperaban para regresar, Lee pasó a ser el representante de la asociación Korean Food for the Hungry International en Jordania y visitó el campo de Zaatari. Al volver a Seúl días después no pudo dormir pensando en los niños que había visto. Por eso, deshizo el camino y apareció otra vez allí: firmó el contrato para comenzar el proyecto de este arte marcial transformado en deporte olímpico en 1988.

    «Yo nunca tuve relación con el taekwondo, solo pensé que sería una buena idea inculcar valores a los niños a través de él», relata Lee mientras les observa bajar de la furgoneta y entrar corriendo en el hangar que sirve de academia. Su proyecto se construye en el límite urbano del campo, al final de la calle comercial que los refugiados bautizaron Campos Elíseos, como si fuese una aspiración. El terreno de los coreanos tiene también un pequeño huerto que los alumnos ayudan a cultivar. Cuando culmine el proyecto, otro hangar alojará una escuela de estudios superiores, una cafetería y unos baños. El agua que caiga de los grifos se utilizará para regar las plantas del invernadero.

    En la puerta, un profesor regaña a los chicos: «Quitaros las zapatillas». Las sandalias grises con ronchas de barro se amontonan sobre el frío suelo de cemento, algunas quedan colgando entre la pared y la viga de metal que sostiene la estructura. La semilla crece con los pies desnudos.

    El verde simboliza el renacimiento. Los niños se dividen por colores. A la izquierda, los que están empezando. No llevan quimono, pero algunos ya tienen el cinturón blanco colgando por encima de la ropa. Dos estudiantes con banda roja se colocan en frente y serán sus tutores durante el entrenamiento. A la derecha, los alumnos aventajados, los que han recibido la vestimenta federada del WTF (World Taekwondo Federation) y los cinturones, que representan los grados de conocimiento. Abdel Malek se coloca en primera fila. Tiene un quimono impoluto con la palabra “Ktigers” escrita a la espalda, y aunque viste cinturón blanco, repite de memoria todos los movimientos de los más avanzados. Es uno de los predilectos de los profesores. Y sobre todo de Mohamed, su padre, que trabaja como entrenador.

    El maestro Sejong Lee empieza el calentamiento. El profesor surcoreano llegó al campo hace 4 meses. Por esas fechas, planeaba mudarse a Singapur, donde le habían ofrecido un puesto de trabajo muy bien remunerado para enseñar este deporte. Con el billete comprado y las maletas preparadas, un día antes de partir conoció en Seúl al doctor Lee y su vida dio un giro de 180 grados. «Me dijo que sería un trabajo voluntario, sin salario, pero que unos niños me necesitaban. Acepté de inmediato», cuenta Sejong. «No me arrepiento. Aquí tengo una familia», reconoce sonriendo.

    La filosofía: formar futuros líderes

    El azul simboliza el cielo. Los alumnos con cinturón rojo realizan saltos imposibles en una demostración de habilidades a los nuevos, que se han sentado en círculo en torno a ellos y miran expectantes. El maestro Sejong y los tutores sirios les ayudan a ponerse el casco y los petos para protegerse el pecho. Les explican las normas, a veces con algo de rudeza. Mohamed, padre de Abdel Malek, se defiende: «Ellos saben que lo hago con amor, no quiero que ninguno fracase», y muestra sonriente sus dientes blancos.

    «Aunque los veas dar patadas y lanzar puños al aire, les enseñamos este arte marcial para fortalecerlos mental y físicamente, no para pelear. Es un deporte de defensa», señala el doctor Lee mientras los tutores sirios atan los protectores de pecho a la espalda y colocan los cascos en la cabeza a los niños. «Mi idea es formar a futuros líderes, transformar la violencia que ha ejercido el conflicto en sus infancias, canalizar la rabia en algo positivo. Y ya hay resultados: los niños que llevan dos años son más disciplinados y han recuperado la autoestima», afirma Lee con una sonrisa.

    La influencia de la filosofía del taekwondo es notable en las actividades de los pequeños. «No comeré si no he querido trabajar», «trabajo cuatro horas y solo como una ración» son lemas que deben memorizar y que inciden especialmente en el rendimiento y la eficacia, algo muy característico de Corea del Sur. Allí la educación es considerada crucial para el éxito y en ella el país invierte casi el 5% de su Producto Interior Bruto. «Aunque allí la competencia entre los alumnos es muy grande y la presión es durísima», afirma David Jaehun Choi, el surcoreano que coordina el Korea Refugee Project, otra asociación involucrada en la escuela de taekwondo. Jaehun ha conseguido que empresas surcoreanas que trabajan en Jordania donen los aparatos tecnológicos, como impresoras, y logísticos, como sillas y mesas, que los voluntarios utilizan diariamente en el campo base, a la entrada de Zaatari.

    La cortesía y el autocontrol también están muy presentes durante los ejercicios. A los maestros hay que saludarlos con la reverencia correspondiente, inclinando mucho el cuerpo hacia abajo en señal de respeto. Y las patadas, también llamadas chagui, así como otras técnicas de golpes, bloqueos, posiciones o defensa personal, están enfocadas al autocontrol. Nada de lo aprendido debe ser utilizado para golpear a un compañero. Esta y otras normas están recogidas en Reglamentos y Leyes para el Espíritu Deportivo durante el entrenamiento, un conjunto de 18 puntos que repiten todos los días antes de entrenar.

    Su futuro está en Zaatari

    El rojo simboliza la pasión y es el color del cinturón que llevan los estudiantes que han alcanzado el dominio de técnicas antes de llegar al negro. Ambos colores forman parte del característico símbolo de las cinco anillas de los Juegos Olímpicos. Un sueño que parece ambicioso y lejano para unos niños que viven en un campamento de refugiados, pero varios responsables del proyecto han empezado a formalizar las actividades deportivas y equipar a los estudiantes con material federado –y con maestros reconocidos– para eliminar cualquier obstáculo que impidiera convertirlo en realidad.

    «Aún es pronto para hablar de Juegos Olímpicos. De momento vamos a empezar a competir con jordanos que practican taekwondo en Amán», comenta Jaehun, el coordinador de Korea Refugee Project. Los niños que empiezan a abrirse camino hacia la madurez son conscientes de la expectación que genera el deporte, no solo en el campo de refugiados, sino también entre los visitantes, que se quedan impresionados cuando los ven ejercitarse como auténticos profesionales.

    «Cuando vuelva a Siria quiero ser profesor de taekwondo», comenta uno de los alumnos más aventajados, uno de los que día tras día va a entrenar. Pero hay otros niños menos afortunados que tienen que ayudar a la familia transportando las carretillas hacia el mercado y faltan a las clases entre semana. Y hay otros chavales que no vuelven porque sus familias han decidido regresar a Siria. «A veces tengo que ir personalmente a hablar con ellos para que cambien de opinión. Les pido que no regresen porque aquí están seguros y los niños van a la escuela», comenta Lee. Algunos de los profesores, como Mohamed, permanecerán en Zaatari gracias a los proyectos del campo que garantizan sanidad y educación a todos sus habitantes.

    El pequeño Abdel Malek se quita y dobla cuidadosamente su quimono, atando su cinturón en torno a él para llevarlo colgando a casa, tal y como le ha enseñado su maestro. «Hasta mañana Sejong», le dice mientras se sube en la camioneta. Su padre Mohamed le da unas galletas de chocolate. Mira a su hijo con devoción. De repente, una de las galletas se cae encima de la plataforma de carga donde está subido, sucia de las pisadas de otros niños del campo que son transportados como él hasta el recinto. En vez de darle una patada hacia fuera, la coge delicadamente, se la lleva a la frente, luego la besa y se la come. Es la resistencia, incluso en un campamento de refugiados, a perder su condición humana.

    Texto de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Vídeo y fotografía de Javi Julio / Nervio Foto.

    Historia publicada en los siguientes medios:

    The Guardian

    MSNBC

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  • El último exilio de los cristianos iraquíes

    El último exilio de los cristianos iraquíes

    El avance del Estado Islámico (EI) ha forzado al exilio a miles de cristianos iraquíes, que ahora se refugian en un monasterio de Amán (Jordania)

    Ammar Zaki pasa con el dedo las fotografías de su móvil. “Mira, mira, esta era nuestra iglesia: la Inmaculada Concepción”. En la primera imagen se ve una nave alargada, una torre y la cúpula. En la siguiente, los bancos están corridos y amontonados. Hay cascotes por el suelo y los cristales están rotos. Zaki, cristiano iraquí, añade: “Hace unos meses el Estado Islámico [EI] voló una iglesia antigua de Mosul y nosotros no tenemos noticias de cómo está la nuestra”.

    Tras la declaración, baja la cabeza y se revuelve en el sillón de la casa parroquial de un monasterio de Amán, Jordania. Está sentado con su amigo Saef Tomas, que aprieta un rosario y pasa las cuentas. Los dos escaparon hace seis meses de su ciudad, Qaraqosh, a 30 kilómetros de Mosul, y desde entonces se refugian aquí. Era el 6 de agosto y los peshmerga, los soldados kurdos, se retiraron de la población para centrar su defensa en Erbil.

    No hubo batalla por ese pedazo de tierra asiria, la capital de los cristianos de Irak, un escenario histórico regado por el río Tigris. La milicia local no podía enfrentarse contra las tropas del Estado Islámico. Y el Ejército iraquí ya había huido meses antes de la zona, cuando Mosul fue tomada.

    A medianoche, de forma súbita, comenzó la evacuación. “Las campanas de las iglesias empezaron a sonar y coches con megáfonos recorrieron la ciudad alertándonos –recuerda Zaki–. Salimos con la ropa que llevábamos puesta, ni siquiera tuve tiempo de cerrar la puerta de mi casa”.

    Una ciudad desierta

    La ciudad se vació en apenas dos horas. Qaraqosh, con 50.000 habitantes, ocho iglesias y solo una mezquita, quedó desierta. En ese éxodo se sumaron los cristianos que ya habían huido meses antes de Mosul o de otras poblaciones iraquíes invadidas por las tropas del Estado Islámico. Sobre esa carretera, los exiliados estaban dejando atrás sus casas, sus iglesias y su cultura. Casi nadie aceptó las exigencias de los invasores: convertirse al islam o pagar un impuesto.

    Ammar Zaki, 30 años, casado y padre de dos hijos, levanta la vista y se enjuga los ojos. Ha detenido la narración. Respira. Sus ojos están ahora más abiertos: son azules, muy intensos. “Mira mi rostro, mis rasgos. Nosotros somos asirios y cristianos de la Iglesia siria. Tenemos la piel clara y muchos somos rubios. Hablamos la misma lengua en la que Jesús le dijo a Dios en la cruz: Señor, ¿por qué me has abandonado? Y durante siglos hemos protegido nuestras tradiciones, juntos en esta tierra”.

    Adiós al Vaticano de Oriente

    Es domingo en Amán y Joseph Abba oficia misa en un templo católico. Él es el obispo de la Iglesia católica siria en Bagdad. Esta es una de las ramas del cristianismo oriental presente en Irak, junto con la tradición romana, siria ortodoxa, caldea y malankara.

    Abba está visitando el país donde se han refugiado más de 7.500 fieles. Hablará con ellos antes de ir a Roma y reunirse con el papa Francisco. La sala está abarrotada para verle. “Allá donde vayáis, conservad nuestra lengua y nuestras tradiciones. A pesar del exilio, nosotros siempre seremos los cristianos de la tierra de Jesús”, les exhorta.

    Entre los fieles que han ido a escuchar al obispo está George Bhanan, un ingeniero químico de Qaraqosh, la ciudad de Ammar Zaki, del religioso Joseph Abba y de muchos de los cristianos iraquíes refugiados en Jordania. “Qaraqosh era conocido como el Vaticano oriental. Y ahora todos estamos en el exilio. Yo me marcharé a Alemania, donde vive mi hijo –cuenta Bhanan–, y muchos se irán a Estados Unidos o Australia. Por eso tenemos miedo de que nuestra cultura desaparezca en la diáspora”.

    Desde septiembre, Zaki, su amigo Saef Tomas, sus familias y una treintena de cristianos iraquíes viven en la casa parroquial del monasterio católico de Marka, a las afueras de Amán. Otro grupo de 85 personas se refugia en una iglesia armenia. Y algunos están gastando sus ahorros en alquilar pisos en la capital jordana. Los que no han podido abandonar el país, unos 120.000, están pasando el invierno en el Kurdistán, en un territorio amenazado por el Estado Islámico. Entre ellos están los padres y los hermanos de Zaki.

    Tomas muestra las fotografías de su móvil y cuenta: “Aquí, con mi mujer y mis hijos en París y estas, en Alemania. Son de junio de 2014”. Dos meses después huyeron de Qaraqosh y en diciembre han celebrado la Navidad sobre el suelo de mármol de un monasterio de Amán. Allí las habitaciones están divididas por telas colgadas del techo al frente y en los laterales, para delimitar las paredes y las puertas de cada familia. Dentro tienen un colchón largo y ancho para todos los miembros y una mesa con sillas. En el pasillo, la ropa recién lavada se seca en cuerdas tendidas de lado a lado, en paralelo a las ventanas, por donde entra el sol del invierno. Y al final del corredor está la cocina común y los baños.

    Zaki se sienta a comer en una mesa del pasillo con su hijo Ethan, de 2 años, su hija Athena, de 11 meses, y su mujer Althraa, de 20 años. Junto a su familia está la de Tomas. Hablan entre ellos y comentan que han sido afortunados porque pudieron salir rápidamente de la ciudad iraquí de Erbil hacia Jordania. Solo estuvieron un mes refugiados en una iglesia.

    El último en salir

    De la cocina común sale la mujer de Zaki con una gran bandeja de arroz con pollo, patatas fritas, guisantes y otras verduras. Ella también tiene la piel pálida y sus ojos son de color marrón claro, como los de su marido. Hoy para comer ha preparado biryani, una comida típica iraquí. Sus dos hijos llenan un plato hasta la mitad y salen corriendo escaleras abajo al patio del monasterio. Zaki comprueba que se han ido para explicar que él está preparado para aguantar en Amán seis meses, un año, lo que haga falta hasta que consigan un visado para otro país. “Pero mis hijos no pueden vivir así. Son pequeños pero se dan cuenta de que ya no están en su casa. Aquí hace frío, no tienen cómo entretenerse, echan de menos a sus amigos y a sus abuelos. Casi no salimos del barrio”, relata.

    Y entonces Zaki se envalentona porque ha nombrado a su padre y cuenta con orgullo: “Fue el último en salir de Qaraqosh. Todos nos íbamos y él decía que no iba a abandonar su propia tierra, que antes prefería morir en su casa que tener que huir. Finalmente se marchó a las 3.30 horas de la mañana y caminó hasta Erbil, una parte del viaje”.

    Después de comer, los niños están más tranquilos, cansados de jugar, y se marchan con las madres a echarse la siesta. Saef Tomas mira otra vez fotografías en su móvil: “A veces, se las enseñamos a los pequeños como un ejercicio de memoria, para que no olviden cómo era nuestra casa y sus habitaciones”. Tomas, 34 años, casado y con dos hijos, trabajaba de organizador de eventos en Irak y ayudaba a su hermano Yacob, que también está en el monasterio, como fotógrafo.

    La fatiga de esperar

    El padre Khalil, el religioso que dirige el monasterio, está desbordado. No para de buscar ayuda. Diariamente alimenta a 150 personas entre los que viven en el monasterio y los que vienen de otros barrios de Amán. “Son 10.000 euros diarios en comida. Mensajeros de la paz, desde Madrid, me envía la mitad. El resto: hay que seguir trabajando”, analiza.

    Hace tres meses se reunió con el papa Francisco y le explicó la situación. La Iglesia, en su opinión, no ha sabido reaccionar ante el éxodo de la población del norte de Irak. Por eso le pidió que presionara al Gobierno jordano para que permita trabajar a los refugiados que viven en el país. Khalil regaló al Papa un pin con el fondo negro y una letra árabe pintada en dorado, parecida a una u con un punto en medio: “Es el nun, la primera letra de la palabra nasrani (cristiano). El Estado Islámico ha pintado así las casas de los enemigos, que se pueden desvalijar sin cargo de conciencia. Y yo quiero convertirlo en un símbolo de la resistencia cristiana”, explica el sacerdote. Los cristianos en Irak “tenían un buen nivel de vida, parecido al de una familia media occidental –comenta el padre Khalil–. Y ahora sus habitaciones no son más que cortinas separadoras. Comen cuatro pollos para ocho familias. Y, a pesar de todo eso, son nobles y aguantan”.

    El padre Khalil está sacando poco a poco a los refugiados del monasterio para que se muden a pisos que él alquila. “Aquí hace mucho frío, no tienen intimidad y las enfermedades podrían propagarse fácilmente”, explica.

    Una de las 14 familias que se han mudado a un apartamento es la de Emad, un hombre de 56 años con el pelo canoso y la cara ovalada y larga, con arrugas profundas en el rostro y las manos. Vive con otra familia en una casa de cuatro habitaciones. En el salón, están los siete habitantes reunidos. Todos llevan el abrigo puesto y los dos hombres mayores visten una kufiyya, el tradicional pañuelo oriental, rojo y blanco al cuello.

    Las paredes son de piedra y el suelo está desnudo, sin alfombras. En una de las estancias hay goteras. Y en la calle sigue lloviendo. En la casa no hay ningún tipo de decoración aparte de un árbol de Navidad de unos treinta centímetros que está encima de una balda. Emad pide por favor que no les saquemos fotos y que no escribamos sus nombres verdaderos. No sabe si algún día regresarán a Irak. “Quiero poder vivir sin miedo”, añade.

    Piden confidencialidad aunque reconocen que Irak es el pasado. La familia nombra en voz alta países donde recomenzar su vida. “En Suecia”, donde vive el hermano de Emad. Mientras esperan ese momento, se aburren. Zaki pregunta: “¿Qué hacéis durante el día?”, y responden casi en un sola voz: “Dormir, comer y dormir”. Y se ríen porque de repente su vida actual es absurda.

    Zaki se levanta y pregunta: “¿Cuántos profesores hay en la sala?”. Y, además de él –que enseñaba Arte en el instituto porque le encanta Salvador Dalí–, alzan la mano otras dos mujeres. “El 70% de los maestros de Qaraqosh éramos cristianos. Nos fuimos todos, así que ahora muchas escuelas están cerradas y en las que el Estado Islámico ha dejado abiertas casi no hay profesores”. De la cocina sale una hija de Emad con una bandeja, sirve café y pregunta: “¿Dónde podemos ir?”. Y, después: “¿Cómo podemos entrar en España?”.

    Texto de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Vídeo y fotografía de Javi Julio / Nervio Foto.

    Reportaje publicado en Tiempo de Hoy en Febrero del 2015.

  • La precariedad de los jóvenes sirios en situación irregular en Jordania

    La precariedad de los jóvenes sirios en situación irregular en Jordania

    El 23 de agosto es el Día Internacional contra la Esclavitud. En muchos lugares del mundo se siguen viviendo situaciones de abuso y nuevas formas de explotación de la gente vulnerable. Este es el caso de los refugiados sirios en Jordania -a los que pagan menos por desempeñar los mismos trabajos que los nacionales-. La mayoría tienen que esconderse de la policía y corren el peligro de ser expulsados del país si son descubiertos trabajando sin permiso.

    Amman, JORDANIA//Bilal no ha vuelto a coger un libro desde que salió huyendo de Siria en 2013. Los combates entre el Ejército de Asad y los grupos opositores armados destruyeron su escuela en el barrio de Al Midan, en Damasco. Solo tenía 16 años. Ahora trabaja como recadero en un supermercado en el centro de Amman. Una noche de julio salió a comprar fruta y la mala suerte se cruzó con él. Los servicios de seguridad le llevaron arrestado a la comisaría por no llevar identificación. Recibió golpes, alegando que ir indocumentado lo hacía sospechoso de colaborar con insurgentes. Cuando quedó libre, Bilal decidió que no quería ocultarse más. Primero se fue a Egipto con su hermano, luego a Jordania con su tía. Hoy carga y descarga en la sombra. También aquí tiene que esconderse. Como él, cientos de jóvenes sirios de entre 18-25 años trabajan ilegalmente en la capital del Reino Hachemita.

    “Por favor, no pongas nuestros nombres reales. Y tampoco hagas fotos. Todavía tengo familia en Siria, ¿sabes?”, replica Farid, su compañero de fatigas. Acepta que fotografiemos sus manos. Temen que les reconozcan. Avanzan hacia el futuro clandestinamente, sin las oportunidades profesionales que la violencia les ha robado. Lo han perdido casi todo. Fuman en un café en el centro de Amman mientras expulsan por la boca el humo de sus palabras. En la calle las celebraciones del Eid al Fitr continúan, se escuchan petardos, silbidos y risas.

    Las autoridades jordanas suelen hacer campañas periódicas en locales, restaurantes y centros comerciales, ya que el sector servicios está vedado a los refugiados sirios. “Durante los tres meses que estuve en la tienda de dulces donde trabajaba, vinieron más de cinco veces”, asegura Farid. “Normalmente me dan el aviso y me escondo, pero ya me han detenido dos veces”, reconoce. Cuando la policía descubre a un infractor, lo trasladan a una comisaría. “Me llevaron a la central de Abdoun y me hicieron firmar una declaración donde renunciaba al empleo hasta obtener un permiso de trabajo. Pero seguí buscando”.

    Con las fiestas del Fin de Ramadán, el Ministro de Trabajo Nidal Katamine, hacía pública una nueva campaña de inspección masiva -que incluía a todos los sectores- en Amman y en las ciudades del norte Irbid, Zarqa y Mafraq, donde se concentran la inmensa mayoría de los refugiados sirios. En el comunicado se incluían también números de teléfono públicos para que la propia ciudadanía denuncie las irregularidades en caso de constatarlas. Durante el transcurso de los días, anunció que había realizado hasta 430 visitas de inspección y que había encontrado hasta 197 irregularidades sancionadas por la ley. Katamine declaraba que su objetivo es regular el desequilibrado mercado laboral del país y mantener las condiciones de trabajo a la altura de la preparación de los jordanos.

    Menos salario por más horas

    “Discutí con el propietario de la tienda de dulces por mi salario. Me pagaba 250 dinares (265 euros) mientras que un jordano cobra por lo mismo 400 (425 euros)”, protesta Farid. Los otros dos sirios que le acompañan inclinan la cabeza en señal de afirmación. “Y por más horas. Desde las 11 de la mañana hasta las 2 de la madrugada. Todos los sirios que conozco trabajan más de 12 horas al día”. Bilal cobra menos -245 euros-. “Es poco, pero me viene bien porque el trabajo me queda cerca de casa y no tengo que utilizar transporte”, asegura. “En Egipto estaba mejor. Trabajaba con mi hermano en una pequeña modistería. Como el local estaba oculto, no me exponía tanto como ahora”, se lamenta.

    Según el registro de Naciones Unidas en febrero del 2014, Jordania, con casi 6 millones y medio de habitantes, hospeda a unos 600.000 refugiados sirios, de los cuales más de 100.000 están registrados en el Campamento de Zaatari. El resto están repartidos en zonas urbanas, sobre todo al Norte del país, cerca de la frontera siria. La necesidad les empuja a la precariedad laboral en un mercado de trabajo que ya enfrentaba serias dificultades económicas antes de la crisis siria. Según la Organización Internacional del Trabajo (ILO), en Jordania se estima que la fuerza laboral de los refugiados sirios potencialmente activos representan alrededor del 8,4% de la fuerza activa total en las provincias de Irbid, Mafraq, Zarqa y Amman.

    Este flujo incontrolado de trabajadores genera el aumento del desempleo, sobre todo entre los trabajadores jordanos menos cualificados, además de un crecimiento de la competitividad, que deteriora las condiciones de trabajo e incrementa los empleos irregulares. También influye en la aparición de nuevas formas de trabajo forzado, sobre todo en niños que se ven obligados a trabajar para mantener a sus familias.

    A pesar de la financiación que reciben de estas organizaciones –como de la ILO así como de otras organizaciones no gubernamentales -, el Ministro de Trabajo aseguraba, en una reciente entrevista para la BBC, que los esfuerzos internacionales para paliar los problemas del mercado de trabajo derivados del conflicto en Siria no están siendo los esperados. “Hemos recibido un montón de promesas y palmaditas en la espalda, pero por desgracia no hemos recibido el apoyo real. Estamos muy, muy decepcionados en esta etapa”, declaraba Katamine el pasado mes de julio.

    Cuando contratar ilegalmente sale barato

    “Para adquirir el permiso de trabajo, tengo que pagar 300 dinares”, dice Farid. No lo dice pero sabe que el dinero no es el requisito más importante, sino la formación que pudo tener y que se desvanece con el transcurso de los días. Mira por la ventana y observa el ambiente sin inmutarse. No puede más que revivir en la memoria el pasado que ha dejado atrás. Todo el dinero que pague ahora no le devolverá el futuro. Según la Ley Laboral del Reino Hachemita, para adquirir el permiso deben conseguir también la aprobación explícita del Ministro o de quien delegue, y siempre y cuando ese trabajo requiera una capacidad y una experiencia que no pueda ofrecer un empleado jordano. Por eso los sirios tienen pocas posibilidades de acceder a un puesto de trabajo que requiera un potencial plenamente desarrollado.

    Las empresas contratantes descubiertas infraganti son penalizadas. La Ley recoge que la multa no debe exceder los 100 dinares por cada mes que hayan utilizado mano de obra ilegalmente. Los foráneos también se arriesgan a endeudarse; la cantidad depende del trabajo que estén desarrollando. Hasta los 2000 dinares de multa han demandado a los que desempeñaban ilegalmente un trabajo que requiere cualificación universitaria.

    La ley advierte además que los reincidentes serán deportados a sus países de destino y tendrán prohibida la entrada a Jordania durante los próximos tres años. El expulsado sirio no tiene país donde volver, por eso es enviado forzosamente al Campamento de Zaatari, de donde depende exclusivamente de las ayudas de Naciones Unidas. Farid y Bilal prefieren lo poco que ganan para el alojamiento y los gastos de manutención que vivir de la caridad. Aunque eso les aboque a vivir sin sus derechos.

    Artículo publicado en Hemisferio Zero y en Desalambre en agosto del 2014.

  • Los radicales del Estado Islámico ganan adeptos también en Jordania

    Los radicales del Estado Islámico ganan adeptos también en Jordania

    Aumentan los afines al IS tras las victorias contra el gobierno chií de Nuri Al Maliki. El Ejército del Reino Hachemita ha reforzado la seguridad de sus fronteras con Irak.

    El rápido avance en Irak del grupo insurgente ISIS (Estado Islámico de Irak y Siria) -recientemente autoproclamado Estado Islámico (IS, en sus siglas en inglés)- alcanza ya los límites de Jordania.

    Durante las últimas semanas, el Comando General de las Fuerzas Armadas del Reino Hachemita ha reforzado la seguridad de sus lindes después de que IS tomara el control del fronterizo de Trebil, a tan sólo 370 kilómetros de Amán.

    Las últimas manifestaciones de simpatizantes de ISIS en Ma’an, al suroeste de la región, han causado conmoción en uno de los estados árabes más seguros de la región. Las tensiones en esta ciudad, considerada la segunda más pobre del país, han causado la muerte de al menos tres hombres y herido a unos 200 entre los meses de abril y junio.

    De hecho, el Ministerio de Asuntos Exteriores español ha recomendado evitar los lugares en los que se producen manifestaciones y concentraciones de protesta.

    También advierte de que la volátil situación regional constituye un riesgo para la seguridad en Jordania, aunque desde 2005 apenas se han registrado actos terroristas por la actuación de los servicios de seguridad.

    Pero, ¿han aumentado las posibilidades de atentados terroristas tras las victorias de ISIS en Irak?

    Aunque hay una amenaza real en el avance imparable de los yihadistas, la cuestión verdaderamente preocupante no es que crucen hacia el interior del país sino que se reproduzcan dentro de sus fronteras. Si los factores que fomentan la radicalización entre ciertos sectores de la población jordana pueden ser relativos, lo cierto es que ISIS cuenta con muchos nacionales jordanos entre sus filas.

    Según Abu Hanieh, analista de grupos yihadistas en declaraciones al periódico ‘The Telegraph’, «hoy hay aproximadamente 1.200 jordanos yihadistas luchando o en las filas de IS o en las de Al Qaeda».

    Una nueva generación de islamistas

    Muchos de estos militantes, procedentes de la región de Ma’an, tenían las puertas abiertas para hacer la yihad fuera del país, pero no para volver. Con las victorias del IS, los que se quedaron en retaguardia o se mantenían fieles a la franquicia de Al Qaeda en Siria Jubha al Nusra, están cambiando de bando.

    Además, IS cuenta con una financiación casi ilimitada -gracias a sus conquistas en Irak, el uso de los recursos locales o las donaciones privadas de los países del Golfo- que hacen del movimiento un destino atractivo para jóvenes sin recursos.

    Grietas en las fronteras

    Otra de las grietas que aprovecha IS es la porosidad de las fronteras. Los últimos movimientos en la región hacían temer esta relativización de los límites convencionales impuestos tras la I Guerra Mundial: primero, el movimiento de Hizbolá en el Líbano unió su feudo con la Siria de Asad hasta hacerlos casi indivisibles.

    Los kurdos, por su parte, han tomado el control de ciudades disputadas con Bagdad ante el abandono de sus tropas. Y por último, IS se autoproclama califato de una región dentro de lo que se conoce como Siria e Irak.

    El objetivo del movimiento es aprovecharse del caos imperante para conquistar, además de Irak, la antigua Bilad al Sham (la Gran Siria) que aglutina lo que conocemos hoy por Siria, Líbano, Jordania y la Palestina histórica.

    Jordania está dentro de sus objetivos pero no es su prioridad. Primero lucharán hasta el final para derrocar el Gobierno chií de Nuri Maliki en Irak con ayuda de otros grupos insurgentes, mientras que con su propaganda violenta, difundida en las redes sociales, se declaran protectores de la identidad suní y suman adeptos.

    Divide y vencerás

    El Reino Hachemita lleva tiempo preparándose para este escenario. Según especulan los analistas, una baza con la que juegan las autoridades es la posibilidad de dividir aún más el fragmentado movimiento islamista. No parece casualidad que durante las últimas semanas hayan sido liberados dos de los clérigos salafistas radicales con más influencia entre sus partidarios y que ambos sean seguidores de Al Nusra y hayan criticado abiertamente al IS.

    Abu Muhammad al Maqdisi; que ha sido puesto en libertad después de cinco años y que fue mentor de Al Zarqawi -el líder de Al Qaeda en Irak- y Abu Qatada; que como este diario publicaba recientemente había sido extraditado desde Reino Unido considerado como un «sujeto verdaderamente peligroso» y es conocido por sus sermones incendiarios y por su supuesta conexión con la célula terrorista de Al Qaeda.

    Jordania cuenta también con los fuertes lazos de Estados Unidos y la convivencia pacífica con Israel que lo han ayudado a sortear los retos de los últimos años.

    Los servicios de Inteligencia jordanos trabajan estrechamente con ellos, ya que su estabilidad es esencial en la región: es el muro de contención que separa Israel del conflicto que sacude Siria e Irak.

    Israel, que comparte con Jordania la frontera más larga, no va a permitir que se convierta en un nido de yihadistas y ya ha anunciado que estará preparado para cualquier posible intervención.

    Artículo publicado en EL MUNDO en Julio del 2014.