Categoría: La Algarrada de Villaverde

  • Los veranos de patio, tabuleh y airan

    Los veranos de patio, tabuleh y airan

    Ha llegado el verano, y con él un calor espantoso que quita el hambre e invita a la siesta. Los madrileños huimos despavoridos a las playas de Cai para quitarnos el bochorno a ritmo de Niña Pastori, que nos habla de patios y macetas, de nuestra hermosa herencia andalusí. En el mundo árabe, sin embargo, muchos no tienen acceso al mar, y con la llegada de la estación estival son los interiores de las casas los que se transforman.

    Echo de menos mis veranos en Siria. Por entonces envidiaba a mis amigas con apartamentos en Benidorm que venían tostadas del sol en septiembre, mientras yo volvía más blanca que la leche. ¡Y qué calor! Mi familia me hospedaba donde podía, y no siempre eran los rincones más frescos de la casa. Nuestras vidas giraban en torno al aire acondicionado durante el día y junto al aparato antimosquitos eléctrico por las noches, que hacía un ruido espeluznante cuando los susodichos se acercaban a la inquietante luz.

    Por eso, el mejor momento del día se daba tras la puesta de sol, cuando nos preparábamos para las visitas. Por fin mis primas y yo podíamos barrer las hojas que habían caído al patio, colocar las sillas en círculo, pasar el trapo a los pequeños taburetes de plástico donde depositar las tazas de café y sumergirme en los olores que venían de la cocina y en las canciones de Um Kulzum.

    El verano era ese patio que bullía de vida con la llegada de los parientes: niños que gritan y corretean de un lado a otro, humo de cigarros, ruido de tacones que van y vienen, tazas y tazas de café que se acumulan en el fregadero. En ocasiones, especialmente en Ramadán, se preparaban auténticos banquetes y se repartían platos con warak inabkebbe, macarrones y patatas fritas. A veces había tanta gente que te tocaba comer de pie y rezar para que no cayera nada al suelo.

    Mientras sorteaba las preguntas incómodas (¿eres musulmana? ¿Vas a casarte con un musulmán? ¿Todavía no sabes árabe?), me concentraba en disfrutar de la comida y exponerme al acento local todo lo posible. Pero lo que más me gustaba era refrescarme con un buen plato de tabuleh y un vaso de airan.

    El tabuleh es un entrante compuesto por bulgur, perejil, tomate natural, menta fresca, cebolla, aceite, zumo de limón y/o vinagre y sal. En ocasiones se echa comino, pimienta negra o incluso canela. En casa de mis primas se preparaba en cantidades tan ingentes que utilizaban barreños para almacenarlo y meterlo en la nevera. Se sabe que lo elaboraban ya en tiempos de los caldeos, en la zona entre el Tigris y el Éufrates, y que ha viajado por la dinastía omeya, pasando por varias regiones del Mediterráneo hasta llegar a Al-Ándalus.

    El airan, por otro lado, es una bebida hecha con yogur, agua, ramitas de menta fresca, ajo, sal y dos o tres cubitos de hielo. Es una bebida clásica de los beduinos del Asia Menor y se suele ofrecer a los invitados nada más llegar para refrescarse del asfixiante calor del desierto. ¡Podéis encontrar las recetas fácilmente buscando en Internet si habéis decidido quedaros en Madrid este verano!

    Yo por mi parte prepararé tabuleh y airan con esa melancolía pegajosa de los veranos que dejé en Siria, alegrándome de que cobrarán sentido con el tiempo y atesorándolos como lo mejor de aquellos años que ya no volverán.

    Artículo publicado en la edición de julio 2020 del Periódico Distrito Villaverde.

  • Ibn Arabi y el color del agua

    Ibn Arabi y el color del agua

    Hubo un tiempo en el que rechazaba a mi prójimo si su fe no era la mía. Ahora mi corazón es capaz de adoptar todas las formas: es un prado para las gacelas y un claustro para los monjes cristianos, templo para los ídolos y la Kaaba para los peregrinos, es recipiente para las tablas de la Torá y los versos del Corán. Porque mi religión es el Amor. Da igual a dónde vaya la caravana del amor, su camino es la senda de mi fe.

    Si me atrevo a hablar de Ibn Arabi no es porque tenga un extenso conocimiento de su obra, sino para despertar la curiosidad en los lectores tal y como este enigmático místico, pensador y poeta musulmán ha despertado en mí.

    Y es que Ibn Arabi es un gran desconocido para la mayoría de los mortales. Nace en la Murcia de 1165, en los últimos tiempos de la edad dorada del islam, en el seno de una familia de un alto mando militar al servicio de Ibn Mardanis —conocido como el Rey Lobo—, que hizo prosperar la ciudad tanto a nivel político como comercial.

    Con la caída en desgracia del gobernante, la familia de Ibn Arabi se desplaza a Sevilla, y es allí donde Ibn Arabi aprenderá de retórica, leyes, poesía y a recitar el Corán. Su vida da un giro cuando de manera abrupta el místico, como él mismo contó después, escucha una voz que le insta a seguir el camino por el que ha sido creado. Éste será el del retiro espiritual del asceta.

    A partir de entonces comienza un recorrido vital apasionante que se desarrollará en la senda sufí. El sufismo, ahora tan denostado, es la corriente mística del islam, donde se considera que Dios puede ser hallado en cualquier forma o creencia.  El sufismo, además, tiene su eje en la búsqueda interior de cada uno. Es decir, defiende que el camino hacia Dios no se encuentra fuera, sino dentro de nosotros.

    Cuentan que Ibn Arabi se reunió con otro de los grandes de la época, Averroes, en una Córdoba llena de jardines, cascadas y lagos artificiales. El filósofo y médico andalusí se quedó fascinado por la profunda sabiduría del jovencísimo Ibn Arabi. A partir de la muerte de sus padres, abandonará Sevilla y emprenderá un viaje sin retorno por todos los dominios del islam.

    En Fez se nutrió de nuevos conocimientos en lo que fue la primera universidad del mundo, que atraía a estudiantes de todos los rincones. Túnez, Alejandría, Meca y Medina, Mosul, Anatolia… durante 20 años se va en busca de los grandes maestros (¡y maestras!) de su tiempo. Se acaba instalando en Damasco durante sus últimos 17 años, donde aún hoy yace su tumba.

    Además de un viajero infatigable también fue un incansable escritor. Basándonos en los títulos de dos listas que dejó, se puede decir que Ibn Arabi escribió unas 300 obras. Sin embargo, el número de las hoy conservadas oscila entre 75 y 100, algunas de ellas muy largas y otras cortas. Sus obras más conocidas son Los engarces de las sabiduríasLas iluminaciones de La Meca y El intérprete de los deseos. Para saber más, visitad ibnarabisociety.es.

    Es en Ibn Arabi donde vemos que, a pesar de las inclinaciones más rigoristas en torno a la fe, la experiencia espiritual no es uniforme ni reduccionista, sino que puede revelarse en múltiples formas, tal y como el color del agua, dirá Ibn Arabi, es el color de su recipiente. Por eso hay que reconocer a Allah en todos sus credos. Que las sabias palabras de Ibn Arabi nos acompañen en esta época donde parece que la visión monocroma se nos impone.

    Atrevámonos a adoptar todas las formas.

    Artículo publicado en la edición de junio 2020 del Periódico Distrito Villaverde.

  • El ciberacoso en los tiempos de la revolución

    El ciberacoso en los tiempos de la revolución

    Hace nueve años por estas mismas fechas sufrí una catarsis de cuyas consecuencias aún no me he recuperado. Vivía en Siria, y la vida no podía ser más bonita: me levantaba temprano para tomar café turco y yogur cremoso en la terraza de mi casa en Homs, miraba a las palomas dar vueltas por el cielo y oía a los vendedores ambulantes gritar el precio de los tomates y las bombonas de gas desde sus camionetas mientras estudiaba árabe hasta la hora de comer.

    Por la tarde visitaba a mi familia: tantos primos de sangre tengo que en ocasiones me costaba recordar sus nombres. Sobremesas llenas de dulces artesanales: de nata, de pistacho, de chocolate; más café, conversaciones en dialecto y, en ocasiones, silencios que cortaban el aire.

    Pero todo eso acabó cuando empezó la revolución. Y después de unas cuantas lágrimas que creí no tenía derecho a verter hasta pisar suelo español, unas cuantas despedidas de personas que ya nunca volveré a ver y un avión que me alejaba hasta el día de hoy de una tierra en la que fui inmensamente feliz, mi cuerpo llegó a Madrid, pero mi alma se quedó allí.

    El único consuelo se encontraba en las personas que también parecían vivir, pero no vivían; pendientes como yo de que aquel primo asegurara su anonimato publicando cierto vídeo, o de que este otro haya conseguido cruzar la frontera o que ése tan activo haya vuelto sano y salvo de aquella funesta manifestación. Pero no volvieron. Y el silencio que dejaban era atronador.

    Y fue así, en la desesperación y en la impotencia, que fui forjando alianzas entre amigos que tenían como yo lazos de sangre con la tierra de la revolución. Y como nuestros primos hacían, salíamos a la calle y gritábamos lo mismo que gritaban ellos. Cada día entrábamos a nuestras redes sociales y hablábamos de ésos a los que conocíamos, de por qué estaban arriesgando sus vidas y de por qué el mundo no podía fallarles.

    Entre esas voces que en España no cedieron a la impotencia, a la desesperación, ni se rindieron cuando el mundo entero nos daba la espalda y se cruzaban todas las líneas rojas y los muertos se contaban por miles, hay una mujer que se expuso ante el foco mediático: Leila Nachawati. Escribió artículos firmando con su nombre aun a riesgo de que sus familiares sufrieran allí las consecuencias, fue a los platós de televisión a contar que no todo era geoestrategia y utilizaba las redes para denunciar las peores atrocidades al mismo tiempo que mantenía el contacto con los que aún seguían aguantando en Siria.

    Ese foco mediático era indispensable para que, por lo menos, la gente conociera la verdad. Para que con el transcurso de la historia la narrativa de los hechos no fuera la de los que vencieron por la fuerza. Mención especial merecen aquellos periodistas (Antonio Pampliega, Ricardo G. Vilanova, Javier Espinosa, Mónica G. Prieto…) que lo arriesgaron todo para ser testigos directos de ese sufrimiento y casi no lo cuentan.

    Pero había ese otro tipo de silencio que intentaba imponerse desde las redes sociales, un ciberacoso especialmente intenso en Twitter y que se enfocaba en Leila por ser mujer, por ser activa y por mantener un discurso alejado de las dicotomías. Uno de mis pasatiempos favoritos era pasarme por su cuenta y denunciar a todos aquellos que lanzaban insultos y amenazas a su persona. Y Twitter me daba la razón, aunque el bloqueo a sus cuentas solo duraba unas horas.

    Así que en 2016 decidió que todo lo que estaba haciendo no era suficiente y publicó una novela, que ahora ha quedado finalista en la III Edición de Rodando Páginas y con un poco de suerte la vemos en la gran pantalla (cruzamos los dedos): Cuando la revolución termine. Gracias por todo, Leila.

    Artículo publicado en la edición de marzo 2020 del Periódico Distrito Villaverde.

  • Un febrero perfumado para romper estereotipos

    Un febrero perfumado para romper estereotipos

    Quien tome a diario yema de huevo en ayunas o quien la coma con cebolla picada durante tres días, verá crecer su apetito sexual. Quien hierva espárragos y después los fría con manteca, vertiendo encima yema de huevo con especias aromáticas molidas, y lo tome habitualmente, verá redoblada su potencia sexual y enardecida su voluntad de copular.

    ¿De dónde creéis que he sacado este párrafo? ¿Quizá de un artículo encontrado en Google sobre remedios para tratar la disfunción eréctil? ¿O los consejos de algún chamán cuya propaganda aparece en el parabrisas de nuestros coches? Pues no. Ni del aquí ni del ahora. Estas palabras provienen del siglo XV de la pluma de Al-Nafzawi; un sabio, un alfaquí musulmán, un doctor en las ciencias del matrimonio que vivía en lo que hoy es el sur de Túnez y autor de una de las joyas de la literatura árabe clásica en su género erótico: El jardín perfumado.

    Si alguien todavía pensaba que en el mundo árabe-musulmán solo ha existido el salafismo, el yihadismo y todos esos conceptos ideológicos retrógrados que han ocupado desgraciadamente muchos espacios informativos durante las últimas décadas, os sorprenderá descubrir que el género erótico clásico es especialmente rico en la literatura árabe.

    Y es que la riqueza cultural y la capacidad de crear no son excepciones en la cultura árabe, sino que han sido, desde sus orígenes, su verdadera esencia. La erotología es un género que se remonta a los primeros tiempos del califato abasí y que ha seguido durante siglos, dando como resultado una serie de tratados, relatos, anécdotas y poemas dedicados a la erótica vista desde el mundo árabe.

    Según el prólogo detallado y extenso de Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, realizado por los traductores Ignacio Gutiérrez de Terán y Naomí Ramírez Díaz, El jardín perfumado responde “al texto de asueto e instrucción que tanto predicamento alcanzaron en los palacios y salones de los ámbitos aristocráticos y acomodados de las urbes musulmanas de la época medieval, desde Bagdad a la propia Túnez”.

    Y es que, al contrario de lo que pasa hoy en día, donde todo es tabú y se censura —este libro está prohibido por los ulemas más rigoristas, y si se hallase en público podría ser quemado—, en aquellos tiempos existía una liberalidad basada en el precepto islámico “No hay vergüenza en la religión”, que viene a decir que nadie debería sentirse avergonzado de aprender todo tipo de conocimiento.

    Durante la lectura de este libro podréis encontrar, entre cosas, listados de los nombres que se utilizaban para mencionar los órganos reproductivos, de las posturas del acto sexual e incluso afrodisiacos para potenciar su apetito, como el extracto que abre este artículo.

    El libro, sin embargo, respira un falocentrismo recalcitrante, siendo preocupante la visión de que las mujeres están “siempre deseosas de un miembro viril de buen tamaño”. Esa y otras ideas del imaginario musulmán acerca de la mujer han provocado, según la feminista árabe Fátima Mernissi, ese empeño de la jurisprudencia en sojuzgarla.

    ¿Es por tanto un libro que reforzó estereotipos que no tenían nada que ver con la realidad? Espero que, por lo menos, su lectura en la actualidad nos ayude a deshacernos de nuestros propios prejuicios occidentales.

    Artículo publicado en la edición de febrero del Periódico Distrito Villaverde.

  • Mujeres (árabes) que están cambiando el mundo

    Mujeres (árabes) que están cambiando el mundo

    Hace casi diez años escribí un artículo en mi blog que se titulaba Mujeres que están cambiando el mundo. Inspirada en el libro que una profesora nos recomendó leer en el instituto —El don de arder, de Ima Sanchís—, me dediqué a recopilar el nombre y la historia de diez mujeres que yo consideraba estaban reescribiendo con tinta indeleble el esbozo que el destino había preparado para ellas.

    Al hacerlo, no solo transformaban sus trayectorias vitales, sino que influían en el devenir del mundo. Con una nueva década a la vuelta de la esquina, quiero hablaros de tres mujeres del mundo árabe —entre muchas otras— que me han inspirado profundamente a lo largo del año.

    Empiezo con Alaa Salah, que en el momento de escribir estas líneas está de visita por Madrid contándonos de primera mano cómo ha vivido la revolución en su país, Sudán. Espero que recordéis una foto que se hizo viral de una mujer vestida con una túnica blanca, de pie sobre el techo de un coche, cantando a una multitud que la graba con sus móviles. Esta activista sudanesa de 22 años se ha convertido en el icono de las protestas contra el régimen de Omar Hasán Ahmad al Bashir exigiendo una transición democrática. Días después de la difusión de las fotos y vídeos de la apodada nueva “Reina nubia”, el Ejército desalojaba del poder al dictador. Pero las reivindicaciones continuaron porque nadie se fiaba de la junta militar que se había hecho con el poder. La represión se recrudeció para amedrentar a una población que ya no pensaba parar hasta conseguir sus demandas. Finalmente, militares y civiles pusieron en marcha un proceso de transición que durará meses pero que Salah ve con esperanza. “Estamos empezando a ver signos positivos. Las mujeres nos sentimos mucho más libres que a principios del año”, sentenciaba en una entrevista el pasado mes de diciembre.

    Tampoco puedo separar mi pensamiento de la abogada siria especializada en derechos humanos Noura Ghazi. Su marido, el desarrollador de software de código abierto Bassel Khartabil, fue uno de los principales activistas en favor de la libertad de expresión y la democracia en Siria. Tras ser arrestado por el régimen en 2012 y ejecutado en 2015, Ghazi fundó con otras mujeres la organización Familias por la Libertad, que pretende defender a los presos y presas de las cárceles sirias y ayudarlos a conseguir su excarcelación. Su trabajo en numerosos foros mundiales está permitiendo que se ponga el foco en las condiciones infrahumanas que viven las personas encarceladas durante la represión y que su liberación sea una condición indispensable para una futura transición democrática en el país.

    Para terminar, nos trasladamos al país ultraconservador de Arabia Saudí. Allí, la activista Loujain Alhathoul encabezó las protestas en contra de la prohibición de las mujeres a conducir automóviles que regía en el reino wahabita. Después de varios arrestos y liberaciones, volvió a ser encarcelada junto a otras activistas y a día de hoy sigue en cautiverio. Sus hermanos han denunciado en Twitter que está sufriendo vejaciones y torturas.

    Sorprende que, después de que en junio del 2018 terminara la prohibición de conducir, Loujain y sus compañeras permanezcan privadas de su libertad y a la espera de que se anuncien los cargos. ¿Miedo a que se vuelvan otro icono? Demasiado tarde. Ya lo son. Porque lo que han escrito Salah, Ghazi y Loujain no se puede borrar.

    Artículo publicado en la edición de enero 2020 del Periódico Distrito Villaverde.

  • El hummus de tu cena de Navidad

    El hummus de tu cena de Navidad

    Hummus de cúrcuma picante, hummus de aguacate, hummus de alubias, hummus de zanahorias, hummus de coliflor… Esto de la cocina fusión se nos está yendo de las manos. Desde que hace unos años los grandes establecimientos decidieran comercializarlo, el hummus ha ido infiltrándose en nuestra gastronomía como uno de nuestros platos preferidos de picoteo.

    ¿Crees que exagero? Apuesto lo que quieras a que durante la próxima cena de empresa que celebres estas Navidades el hummus hará una aparición estelar en alguna de sus múltiples variables. Y ya que parece que este plato —rey por excelencia de la gastronomía árabe— ha llegado para quedarse, hay algunas cosas que debéis saber.

    ¿Os ha parecido raro escuchar alguna vez pronunciar la palabra “baella” en vez de paella? Enseguida nos adelantamos para corregir al osado que no sabe pronunciar correctamente nuestro plato nacional. ¿Y si además nos encontramos una paella con chorizo? Polémica garantizada.

    Pues los españoles somos incluso peores con la palabra hummus. No, no se dice “humus” (no me preguntéis por qué, pero siempre me viene a la cabeza la imagen de la fumata blanca que sale del vaticano cuando gritan “habemus papam”). La pronunciación correcta es algo así como jummus; siendo el sonido de esa “j” parecido a la jota castellana, pero haciendo que el aire pase a través de la parte profunda de la laringe. En árabe la “m” es doble y la “s” se parece a la ese, pero pronunciada con un tono más enfático.

    Bien, entiendo que parezca difícil al principio, pero podéis ir practicando. Tengo especial cariño a esta palabra en árabe porque es así como también se escribe Homs, la ciudad siria donde nació mi padre. Y no, no es allí donde se inventó el hummus, pero me gusta pensar que sí.

    También nos cuesta no pestañear dos veces cuando encontramos en el super hummus picante o hummus de aguacate… pero ya nos estamos acostumbrando. ¡Hay que vivir con los tiempos! Pero si me preguntáis… prefiero el hummus original, el que llevo consumiendo desde niña.

    Los ingredientes para dos personas son ¼ de kg de garbanzos cocidos, una cucharadita de sal, uno o dos dientes de ajo machacados, ¼ de vaso de zumo de limón, ¼ de vaso de tahina (esto es imprescindible), media tacita de agua y una cucharada de yogur natural (opcional, para blanquear el puré). Y ya está. ¡Os animo a que lo hagáis en casa estas Navidades! Y luego me decís si preferís el del supermercado o el original…

    Ahora que ya todos conocemos el hummus, podéis viajar a cualquier país del mundo árabe sabiendo que siempre habrá esta opción en el menú del restaurante. Es habitual comerlo cuatro o cinco veces a la semana, sobre todo para desayunar junto con pan, aceitunas, pimiento verde o cebolla cruda y un té con menta bien cargado.

    El hummus es el plato más económico y por eso abunda en todas las mesas. Pero además tiene una característica que hace que, en mi opinión, se esté extendiendo tan rápidamente por el mundo: el hummus o crema de garbanzos es una comida vegetariana. Y es que la gastronomía árabe es rica en alimentos vegetarianos, como el falafel o el cuscús.

    ¡Desde La algarrada de Villaverde te deseo feliz Navidad y buen consumo de hummus!

    Artículo publicado en la edición de diciembre del Periódico Distrito Villaverde.

  • Un puente llamado Amin Maalouf

    Un puente llamado Amin Maalouf

    Para la Algarrada de Villaverde

    Mi fascinación por los puentes viene de lejos. Si hay algo que representa bien la idea de conexión, de enlace, de unión entre dos orillas; esa es el puente. Una construcción que el hombre ha erigido para superar los accidentes geográficos, para acercar gentes, facilitar el recorrido o recortar distancias.

    Admiro la belleza de cada puente emblemático: desde el Tower Bridge londinense, pasando por el Pont Neuf parisino que atraviesa el Sena o el Puente Gálata en Estambul, que une la parte vieja de la ciudad con la más moderna. Tantos y tantos puentes en el mundo concebidos por una tímida esperanza: ser artífice del progreso de la gente que los cruce.

    Y así como los puentes materiales, también existen otro tipo de puentes: los puentes-personas. Seres humanos que con su labor humanitaria, artística o intelectual consiguen que pueblos o civilizaciones se encuentren y se abracen. Y para mí, uno de esos puentes siempre ha sido Amin Maalouf.

    El escritor y periodista franco-libanés ha sabido fundirse entre Oriente y Occidente y crear una identidad propia, producto del exilio. Con influencias de Albert Camus, Charles Dickens, Stefan Zweig hasta Omar Khayyan y la poesía árabe, pasando por la traumática experiencia de la guerra civil en Líbano, Maalouf ha ido moldeando su propio puente por el que intenta entender el mundo e invitar a que nosotros, los lectores, entendamos también.

    Sus ensayos “Las cruzadas vistas por los árabes” e “Identidades asesinas” le han consagrado como referente, siendo elegido en 2011 miembro de la Academia Francesa ocupando la silla 29. Además, ha ganado los premios Príncipe de Asturias de las Letras y el Premio Goncourt. Pero son sus novelas las que más me han cautivado, como “León El Africano”, “Samarcanda” y “Los Desorientados”, libros que podéis encontrar en las bibliotecas públicas de Villaverde.

    El pasado 23 de octubre presentó en Casa Árabe su último ensayo “El naufragio de las civilizaciones”, una reveladora mirada hacia un pasado no muy lejano donde el Levante parecía ser el reflejo del entendimiento y la tolerancia. Amin, humanista y afirmativo, piensa que “más vale equivocarse en la esperanza que acertar en la desesperación”.

    Sin embargo, no niega que a esta generación le ha tocado vivir las separaciones, el duelo, la intransigencia y el odio. Y advierte de que el ocaso del Levante arrastra al mundo entero. Leer a Maalouf es seguir alimentando la esperanza para frenar el avance de la xenofobia y el extremismo. Sigamos construyendo puentes como mejor sepamos.

  • Tradición y modernidad

    Tradición y modernidad

    Para la Algarrada de Villaverde

    Toda la soberbia tradición está en tu cuerpo,

    Y toda la sombrosa modernidad.

    Tu cuerpo tiene algo de fundamentalismo de al-Mutanabbi,

    Algo de las luminosidades de Rimabud

    Y algo de las alucinaciones de Salvador Dalí.

    Este verso es del poeta sirio Nizar Qabbani, una de las figuras más relevantes de la lírica árabe contemporánea. Su aparición supuso una bocanada de aire fresco dentro del encorsetado panorama literario de la época. Sólo la poetisa iraquí Nazik al Malaika se había atrevido a experimentar con el verso libre, introduciendo una alternativa a la estructura métrica tradicional.

    Si tienen en su estantería libros como La voz a ti debida de Pedro Salinas o Veinte Poemas de Amor y una canción desesperada de Pablo Neruda, no pueden perderse al que es conocido como “el poeta de las mujeres”. Del artista siempre se debe conocer el contexto y la vida de Qabbani es inseparable de su obra. Cuentan que cuando el poeta tenía 15 años, su hermana mayor Wisal se suicidó porque le prohibieron casarse con el hombre que amaba.

    Sus versos son la manera que encontró Qabbani para luchar contra las condiciones sociales que ahogaban los deseos de las mujeres: La libertad que quiero para la mujer es la libertad para amar, la libertad para decirle a un hombre “te quiero” sin que arrojen su cabeza al cubo de la basura”. El Libro del Amor, traducido al castellano, es uno de los más conocidos pero su legado es extenso y merece la pena consultar sus poemas sobre la pérdida, la derrota del nacionalismo árabe o sus sugerentes apuntes sobre Al Ándalus.

    Y es que Qabbani fue embajador en España durante cuatro años y tuvo la oportunidad de visitar Granada, Sevilla, Córdoba. Ahora me resulta dolorosamente evocador este verso: “Por las calles de Córdoba, a menudo me he metido la mano en el bolsillo para sacar la llave de mi casa en Damasco porque llevo sin visitar la casa y los seres queridos que tengo en Siria, de donde es mi familia paterna, desde el 2011.

    Me sorprendo, a menudo, recitando a Qabbani. Sobre todo, cuando necesito encontrar un espacio de encuentro, que es donde realmente yo me siento libre. Y cuando leo sobre las discrepancias, y la crispación que genera, un tema tan polémico como el uso del velo; me acerco a la realidad desde la inmensa ternura de un hombre que consiguió resaltar la belleza de la mujer precisamente desde sus contradicciones. Tradición, modernidad. Y un verso que sirve de puente entre mundos tan dispares. A veces el arte es lo único capaz de conseguir lo inimaginable.

    Artículo publicado en la edición de octubre del Periódico Distrito Villaverde.

  • Ellas (también) tienen mucho que contar

    Ellas (también) tienen mucho que contar

    Para la Algarrada de Villaverde

    Ahora que volvemos de las vacaciones y estamos un tanto tristes por regresar a la rutina, nos conviene empaparnos de buenas noticias. Hace unas semanas y con motivo del cine de verano de Villaverde, se proyectó la película Cafarnaum, de la directora libanesa Nadine Labaki.

    Un largometraje con gran carga dramática con un mensaje que despierta conciencias sobre la vulnerabilidad de los refugiados: No somos invisibles, somos humanos y tenemos los mismos derechos que los demás. Este compromiso por contar lo que ocurre entre las cuatro paredes de las casas ajenas en Oriente Medio es ya casi sello identitario de Nadine Labaki.

    Y esa es la buena noticia: directoras árabes haciendo películas que abordan los desafíos sociales contemporáneos; de los que no solo se identifican la sociedad civil en Oriente Medio sino con los que también nos podemos identificar nosotros. Estas directoras forman parte de una nueva generación, que se ha formado en varios países, hablan varios idiomas y son grandes conocedoras de las problemáticas del mundo árabe y también del mundo occidental.

    Por nombrar algunas, tenemos las que han formado parte del ciclo Directoras Árabes Contemporáneas que organizó este año Casa Árabe: Annemarie Jacir, Haifaa Al-Mansour, Kawthar Younis, Meryem Benm’ Barek y Amal Ramsis. Vale la pena echarles un vistazo para adentrarnos en la mirada de la mujer árabe, a veces tan lejos de los estereotipos que vemos en las noticias. Y ahora que Yemen está tan de actualidad, no puedo dejar de recomendar a Sara Ishaq y su documental La casa de la morera, intimista visión de la relación de las mujeres de esta generación con su entorno familiar, en un momento tan convulso como el comienzo de una revolución.

    Según una investigación de la Universidad Northwestern en Qatar, más de una cuarta parte de las películas independientes realizadas en países árabes de 2011 a 2015 fueron dirigidas por mujeres. Y aunque aún queda un largo camino por recorrer, cada vez son más las mujeres árabes que se ponen tras la cámara para recordarles al mundo que no son invisibles y que tienen mucho que contar.

    Artículo publicado en la edición de septiembre del Periódico Distrito Villaverde.