Categoría: Siria

  • Los muertos en las tripas de Siria

    Los muertos en las tripas de Siria

    Desde la caída de Asad, se han descubierto decenas de fosas comunes con miles de víctimas. Identificarlas llevará décadas —si es que se consigue.

    Okba Mohammad (Periodista) / Laila Muharram Rey (Periodista)

    Najy Al-Saadi tuvo que esperar a que mejorara el tiempo para desenterrar el cadáver de su hijo Suleiman. Cuando salió el sol, empezó a excavar junto a un muro de su pueblo, Alteja, en una zona rural del sur de Siria. Tras la caída del régimen de Asad el pasado 8 de diciembre, un sobrino dijo a Najy que Suleiman estaba enterrado al lado del puesto de control militar que perteneció a la Brigada 121 de la Séptima División del Ejército Sirio, la misma que detuvo a su hijo diez años atrás.

    El 5 de enero, aprovechando que el cielo estaba despejado, el hombre, de 63 años, contrató a varios trabajadores y, sin informar a nadie en el pueblo, alquiló una pequeña excavadora para empezar a buscar los restos de Suleiman.

    —Vimos una pierna y les pedí que detuvieran la excavación. Luego seguimos desenterrando con las manos hasta que apareció una manta militar —relata Najy. Él recordaba claramente la ropa que llevaba su hijo Suleiman el día de su detención, e incluso la última comida que compartieron: arroz con alubias. Continuaron cavando usando las manos y azadas con delicadeza.

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    Publicado el 6 de febrero de 2025.

  • Las mujeres sirias conocen su camino

    Las mujeres sirias conocen su camino

    A través de catorce años traumáticos, las mujeres sirias han creado espacios de resiliencia en las circunstancias más duras para la vida. Huda, Heba y Fadwa son ejemplos de cómo las sirias están liderando proyectos de protección de derechos, desarrollo profesional y rendición de cuentas, tanto dentro del país como en el exilio, determinantes para afrontar un periodo transicional largo y lleno de desafíos tras la caída del régimen de Bashar Al Asad.

    Huda Khayti

    “Lo que más nos preocupaba era el hambre, por eso explicábamos a otras mujeres cómo plantar champiñones — son una fuente rica en proteína en sustitución de la carne— o cómo sacar gas metano de los excrementos de los animales”. Huda Khayti ha tenido tiempo de procesar aquellos días. Sin pausas dramáticas, nos cuenta con fluidez cómo “las mujeres hicieron lo imposible en las circunstancias más duras para la vida” por sobrevivir al feroz asedio que sufrió Douma entre 2013 y 2018 organizando estos talleres que llamaron Economía bajo el Asedio. “En aquellos años creamos cuatro centros en Douma para enseñar a las mujeres profesiones útiles que les permitieran resistir y salir adelante.”

    Khayti trabajaba como funcionaria en el Ministerio de Medio Ambiente en Damasco, tras terminar sus estudios en filología francesa, cuando las protestas populares de 2011 contra la dictadura de Bashar Al Asad se expandieron en muchas ciudades del país con lemas como “Al pueblo sirio no se le humilla”, así como la extrema represión que las seguía. Las noticias sobre detenciones arbitrarias y desapariciones forzosas corrían a voces. En 2013, con 32 años, se enteró de que la seguían los Servicios de Inteligencia y decidió dejarlo todo y huir a la ciudad de Douma, en los suburbios de Damasco, asediada por las tropas de Bashar. 

    “Fui testigo de los ataques químicos de 2013 y 2018 durante el cerco. Los centros que habíamos creado fueron atacados directamente por la aviación rusa. En uno de ellos murió una profesora de inglés y varios de sus estudiantes”. Tras perder a su hermano en un ataque cuando ayudaba a llevar agua a desplazados, Khayti fue una de las personas que se subieron a los autobuses verdes en dirección a Idlib con el fin del cerco en 2018. “Salí pesando 49 kilos con un grave problema de salud, pero me aferraba a la esperanza de que llegaría el momento en que este régimen caería”. Nadie de su familia la acompañó. Todos habían optado por el exilio. En Idlib continuó su trabajo.

    Con la llegada de miles de desplazados internos a la región de Idlib gobernada por Hayat Tahrir al Sham en 2018 (el grupo que expulsó al régimen y tiene el poder de facto del país), las necesidades humanitarias aumentaron exponencialmente. Huda decide crear el Centro de Apoyo a la Mujer en Idlib en el que aún continúa desarrollando su trabajo. “Entre 2018 y 2020 fue muy complicado (la relación con las autoridades). Siempre que presentábamos nuevos proyectos debíamos pedir permisos al Ministerio de Desarrollo y nos hacían muchas preguntas. He llegado a recibir amenazas de muerte. Querían que diéramos una respuesta humanitaria general y no sobre asuntos de empoderamiento político y protección (de derechos). En los últimos años hay más colaboración”.

    Según observaban las necesidades realizaban talleres de educación, desarrollo profesional, consultas legales, apoyo psicológico y social, enfermería y primeros auxilios psicológicos, así como cursos de computación, idiomas, enseñanza del árabe y alfabetización. “Además de nuestra actividad en los campamentos de desplazados, donde trabajamos en el ámbito educativo.” Cada sesión en los campamentos tienen un impacto de hasta 1.000 familias. “Nos hemos centrado en campañas de concienciación, especialmente para la obtención de documentos oficiales para las personas que residen allí”.

    Lo primero que hizo Huda cuando cayó el régimen fue visitar Douma. “Cuando volví me di cuenta del alcance de la catástrofe que habíamos vivido, porque en esos momentos no te das cuenta. Cuando la persecución se endurecía más, yo me decía que era el camino correcto porque todo el país era una enorme cárcel”. Sus sueños ahora son sencillos. “Sueño con reencontrarme con mi familia exiliada, plantar árboles verdes porque hasta sin árboles nos dejaron. Tener una vida normal”. Mientras espera a que su familia regrese, colabora con las familias de los desaparecidos en la búsqueda de cualquier información sobre su paradero, preguntando en las cárceles del régimen depuesto.

    Heba Alqudur

    Entre los años 2011 y 2019, la juventud de Heba Alqudur transcurrió bajo la banda sonora del bombardeo sistemático sobre su ciudad Saraqib, al noroeste de Siria perteneciente a la provincia de Idlib. “Fueron los días más complicados. Teníamos que desplazarnos, dejando nuestras casas por meses, sin electricidad, agua o internet”. Aunque no debe lamentar ninguna pérdida familiar, una amiga suya perdió la vida bajo el bombardeo ruso sobre la ciudad en 2015. 

    “Desde el 2016 hasta el 2019 trabajé con un equipo humanitario porque en esos momentos llegaban muchos desplazado/as de diferentes regiones a los campamentos y había una gran necesidad de trabajo humanitario”. Antes de que volviera a ser reconquistada por el régimen en 2020, el control de la ciudad había pasado por diferentes grupos opositores, aunque el que peor recuerda es el del Frente al Nusra. “Hubo muchas dificultades especialmente porque nos impusieron cómo vestirnos y restringieron libertades y yo en esos momentos iba a la Universidad”.

    Ella y su familia se trasladaron a la ciudad de Azaz, que actualmente está bajo control turco. Es allí donde empieza a trabajar en el campo de apoyo y defensa de las mujeres. “Me ofrecí como voluntaria en una organización llamada Equipo Suriana Al-Amal que fue fundado en 2015 con el fin de apoyar a las mujeres en diferentes regiones. En 2021 asumí el cargo de directora de proyectos.”

    El trabajo de Equipo Suriana Al-Amal se centra principalmente en tres programas dirigidos a mujeres. El primero es el Programa de participación, que busca incentivar la participación de la mujer en diversas áreas de la vida, siendo la más importante la política, a través de campañas de concienciación. El segundo, el Programa de defensa, apoya las iniciativas de las mujeres para respaldar y defender sus derechos. Dentro de este programa, se forman estructuras representativas para las mujeres, como la «Asociación de Trabajadoras en Tierras Agrícolas» y la «Asociación de Mujeres Empresarias». El tercero es el Programa de conocimiento, que se enfoca en construir las capacidades de las mujeres a través de entrenamientos en áreas profesionales, administrativas y tecnológicas, entre otras. 

    El Equipo Suriana Al-Amal ha producido numerosos estudios e informes para documentar la lucha feminista siria, así como un estudio sobre los roles de las mujeres en los países árabes y el trabajo de las defensoras de derechos humanos. Después de la caída del régimen de Asad, el Equipo Suriana Al-Amal ha ampliado su trabajo con mujeres y jóvenes en zonas recién liberadas como Alepo. El enfoque se centra ahora en las relaciones y en conocer a las activistas de la ciudad. Preguntada por la relación que mantiene el Equipo Suriana Al-Amal con las autoridades de facto, Heba asegura que “en Alepo hemos notado un desarrollo en el trato con la organización, hay cooperación y coordinación”. 

    Fadwa Mahmoud

    “Llevábamos muchos años esperando la apertura de las cárceles. Estábamos esperanzados de que nuestros seres queridos estuvieran dentro, pero después de que se abrieron, no salieron, ni supimos nada de ellos”. Activista política y civil, Mahmoud es conocida por su lucha por la libertad y los derechos humanos. Fue detenida en varias ocasiones debido a su afiliación con el Partido Comunista Sirio. En 2012, su esposo, Abdulaziz Al Khair, y su hijo, Maher Tahan, fueron detenidos por el régimen sirio y desde entonces ella ha estado luchando para encontrarlos. 

    Al Khair era miembro de un partido prohibido en Siria y volvía de una conferencia política en China. Su hijo Maher había ido a recogerlo al aeropuerto de Damasco. “A las 17:05 mi hijo llamó para decirme que estaba esperando a Abdulaziz, pero sentí en mi corazón que algo iba mal. Había algo diferente en su voz. Una inquietud”.

    Llamó diez minutos más tarde pero la llamada nunca entró. “Me mantuve ocupada, cocinando, dejando todo preparado encima de la mesa. Pero por dentro lo sabía. Iba hacia el balcón para ver si era posible verlos aproximarse a la casa. Pero a las 20:00 seguían sin llegar y entonces supe que habían sido detenidos”.

    Poco después Fadwa Mahmoud tuvo que huir. En el exilio fundó Familias Sirias por la Libertad, una organización formada por familiares de desaparecidos forzosos que demanda justicia y respuestas. Durante estos años, cuando la cobertura sobre Siria era residual, viajaban por el mundo con un autobús empapelado con fotografías de sus seres queridos, para que la opacidad que reinaba en Siria no se trasladara también al ámbito internacional. Sus voces eran el único altavoz de miles de familias en Siria que no se atrevían a hablar. 

    Ahora no tiene pensado volver. Dice que es pronto. Denuncia en redes sociales que las nuevas autoridades en Siria no se han comunicado con las familias de los desaparecidos. Según la Red Siria de Derechos Humanos, tras la liberación de los prisioneros hay todavía 112.414 detenidos, desaparecidos o cuyo destino es desconocido, lo que es un número alarmante para las familias. “Continuaremos nuestra lucha para conocer el destino de nuestros seres queridos, y nada nos detendrá, incluso si todos se cansan o se aburren. La madre, la hermana y la esposa no olvidarán al hijo, al hermano y al esposo, y nosotros seguiremos exigiendo la verdad hasta nuestro último aliento.”

    Publicado en la Revista de Comisiones Obreras en el mes de febrero 2025.

  • Gritar sus nombres: Siria tras Asad

    Gritar sus nombres: Siria tras Asad

    Desde el año 2011 la impunidad crecía en Siria hasta parecer invencible; ahora los ciudadanos empiezan a perder el miedo

    Estoy en Homs por primera vez en 11 años. Quien quiera venir es bienvenido», escribe mi primo Akram en su red social. Suha publica la foto de Ahmad, su hijo asesinado el 1 de Ramadán de 2011 mientras grababa manifestaciones: «Ojalá estuvieras aquí. Hemos conseguido lo que tanto anhelabas». Otra prima, Nagham, recuerda a su padre: «Hoy es el aniversario de tu muerte papá, pero por primera vez no estoy triste, estoy muy feliz. Se ha ido, papá. Ha llegado el día del que tantas veces nos hablaste».

    Por primera vez entro en Facebook sin miedo a encontrarme vídeos de bombardeos, rescates de niños entre los escombros o velatorios de seres queridos. Entro para creérmelo. Bashar no está y mis primos han sobrevivido. Aunque no todos. Por primera vez escriben, y escriben mucho. Es abrumador. Publican sus fotos con las banderas de la revolución. A cara descubierta. Dentro y fuera de Siria. Yo misma tecleo sus nombres con miedo. Es la primera vez. La primera vez que escribo sus nombres reales. Sin seudónimos. Akram, Suja, Nagham. Me gustaría abrir la ventana y gritárselos a la gente que cruza la calle.

    Durante las más de cinco décadas que ha durado la dinastía Asad en el poder, el silencio y el anonimato han sido los únicos refugios posibles para el pueblo sirio. También ha sido el mío. En la mayoría de los artículos que he publicado estos trece años he reducido mi apellido a una M, por miedo a poner en peligro a mi familia en Siria. Muchos otros dentro y fuera de Siria hacían lo mismo: las cuentas que he seguido durante trece años eran perfiles sin rostros. Pero eso está cambiando.

    Instantes de incredulidad

    La mañana del domingo 8 de diciembre de 2024 despertamos con la noticia de que Asad había huido. ¿Cómo era posible que después de trece años de barbarie, tantas muertes, tantos desplazamientos, tanto dolor, todo se hubiese precipitado en apenas dos semanas? No era fácil procesarlo. Leo en una red social a una activista: «Por fin puedo decir que soy siria a secas, sin la palabra refugiada».

    Escribí a mis compañeros sirios de Baynana, un medio de comunicación fundado por ellos, y me informaron de una manifestación improvisada frente a la embajada en Madrid. Salimos del metro Banco de España y nos unimos a una marea de cientos de personas vestidas con trajes tradicionales peruanos que conmemoraban la batalla de Ayacucho. Pero parecía que celebraban con nosotros. Al llegar pisamos otra vez ese césped, frente a la embajada, que habíamos desgastado durante tantas y tantas manifestaciones durante estos trece años. Todavía recordaba el miedo de la primera vez, las advertencias de que no fuéramos, que dentro de la embajada había agentes de la Mujabarat que grababan a los manifestantes.

    El miedo dejó paso a la rabia cuando mataron a mi primo Adnan en agosto de 2011. Solo tenía 27 años. Yo estaba en Siria cuando él empezó a grabar la represión del régimen durante las manifestaciones en Homs. La última vez que le vi le convencí para que compartiera conmigo el material que había grabado. Hizo una copia y me entregó el USB. Las imágenes eran terribles: jóvenes ensangrentados eran trasladados a hombros a hospitales clandestinos. Crucé el control del aeropuerto con el pendrive escondido entre la ropa. Cuatro meses después un francotirador le disparó en la cabeza mientras grababa una manifestación el primer día de Ramadán. A él lo trasladaron directamente a la morgue.

    El mensaje era claro. No querían testigos. Usé su material para denunciar su muerte. Abrazos. Muchos abrazos frente a la embajada. Muchas caras conocidas que nos han acompañado todos estos años. Tanto sirios como no sirios. Algunos hacía mucho tiempo que no los veía, desde 2011. Entonces portábamos banderas. Ahora a nuestros hijos sobre los hombros. Se oyen gritos. Miramos a la embajada y la ventana se abre. Un sirio ha conseguido acceso. Se escuchan aplausos. El joven tira de la cuerda y la bandera oficial siria cae el suelo. Sobre el balcón ata la bandera de la revolución.

    Trece años de trauma

    Siria ha marcado mi biografía desde que la visitara por primera vez en 2005. Por ella estudié árabe y quise dedicarme al periodismo internacional. Por ella pasé cinco años en Jordania, visitando campos de refugiados como el de Za’atari, el más grande de Oriente Medio. Por ella me desplacé a hospitales y hablé con heridos de los trágicamente conocidos «barriles explosivos». Cada una de las historias que compartieron conmigo, hombres y mujeres en el peor momento de sus vidas, me ayudaron a contar las terribles consecuencias de la guerra.

    Pero el mundo miraba hacia otro lado y esa desidia resultaba traumática. Como ahora en Palestina. Desde el año 2011 hemos presenciado cómo la impunidad crecía, se hacía fuerte, parecía invencible. Una impunidad contagiosa de la que empezaron a disfrutar otros autócratas. Putin ensayó su guerra de Ucrania en territorio sirio. Estados Unidos movía sus hilos con los grupos islamistas, Irán y Hizbulá defendían a Bashar… ¿pero quién contaba lo que padecían los sirios? Tras los primeros meses de las primaveras árabes, volvió el apagón informativo. Siria se convirtió en el país más peligroso para los periodistas. Era más fácil explicarlo todo desde el ámbito geoestratégico y relegar la agenda local a la irrelevancia. El pueblo sirio no poseía su propia narrativa.

    Pero han empezado a hablar. A salir de los rincones de sus casas. A ocupar las plazas. El objetivo ahora es que permanezcan en ellas. La prioridad es encontrar a los miles de desaparecidos en las cárceles y que el grupo Hayat Tahrir al Sham, que ha liderado la expulsión del régimen, conduzca al país a la liberación de todas las opresiones internas y externas. El futuro está lleno de incógnitas y amenazas, pero en la memoria de Adnan y de todos los jóvenes que dieron su vida por la libertad, los sirios tienen derecho a soñar.

    Desde España podemos seguir permitiendo que nos expliquen la región desde dos ejes ideológicos en guerra o escuchar a los sirios que se liberan. Necesitamos poner el foco en las personas. Los sirios de Baynana, Leila Nachawati y tantos otros periodistas árabes que han cubierto la región todos estos años merecen ser escuchados. Dejen que ellos les cuenten su historia. Es hora de que conozcan sus nombres.

    Publicado en El Independiente el 23 de diciembre de 2024. Puede consultarlo a través de este enlace.

  • Sobrevivir a las prisiones sirias

    Sobrevivir a las prisiones sirias

    El régimen sirio ha instaurado una política de torturas en las cárceles para apuntalar su poder. Cuatro de los supervivientes relatan lo que vivieron.

    Okba Mohammad (Periodista) / Laila Muharram Rey (Periodista) / Amany Al- Ali (Ilustradora)

    “Tumoración de consistencia ósea debido a traumatismo con objeto contuso, ausencia de piezas dentales, deformación de los dedos, cicatrices en ambas muñecas compatibles con uso agresivo de esposas”. Agosto de 2022. Zaragoza. Una buhardilla a media mañana. Ammar Saber abre la nevera y reparte varias botellas de agua. El informe médico que nos muestra documenta al detalle la huella de las torturas en su cuerpo. Es su carta de presentación. 

    —Lo peor de todo son las pesadillas. Porque es como volver allí.

    Desde que llegó a España a través de Melilla el 7 de junio del 2017, Saber, de 40 años, recibe tratamiento psicológico para superar el trauma de su estancia en la cárcel subterránea del Servicio de Inteligencia Aéreo, situada dentro del aeropuerto de Mezzeh, en Damasco. Hasta ahora no había hablado de lo que vivió en prisión, pero ha decidido contarlo todo. Dice que, tras años sin pegar ojo, se sintió preparado para hablar la noche que consiguió dormir del tirón. 

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    Publicado el 11 de mayo de 2023

  • Anwar al-Bunni, cuatro décadas luchando contra la impunidad en Siria

    Anwar al-Bunni, cuatro décadas luchando contra la impunidad en Siria

    Tras defender en Damasco a decenas de prisioneros políticos, el abogado sirio se aferra ahora al principio de jurisdicción universal desde Alemania para juzgar a responsables de crímenes contra la humanidad

    Leila Nachawati Rego | Laila M. Rey

    «La deshumanización fue desde siempre una táctica del régimen, que trata el país y a sus habitantes como si fuesen de su propiedad». Habla Anwar al-Bunni (Hama, 1959), destacado abogado sirio de derechos humanos, durante una conferencia celebrada en Madrid el 8 de diciembre. El evento, titulado Convoy por la liberación de los presos sirios, forma parte de la campaña mundial para liberar a las personas sirias detenidas de forma arbitraria tanto por el régimen sirio como por grupos como Hayat Tahrir al-Sham (la al-Qaeda siria).

    Allí se congregaron miembros de la sociedad civil, abogados internacionales y exprisioneros, cuyos testimonios ilustraron las palabras de al-Bunni. «En las cárceles sirias cuesta respirar. Nos turnábamos para aspirar algo de aire de una pequeña rendija. Los que tenían problemas respiratorios no sobrevivían. Éramos 123 personas en una celda de seis por cuatro con acceso tan solo a un grifo y a un agujero en la esquina de la celda», relata Marwan al-Ash, arquitecto y superviviente de la cárcel, por la que pasó tanto antes como después del levantamiento popular de 2011.

    Mucho antes de las protestas de 2011, Siria era ya conocida por sus tácticas de represión y tortura de presos políticos. Figuras como la desaparecida Razan Zaituneh, abogada de derechos humanos, o el propio Anwar al-Bunni, han trabajado en documentar esas violaciones, con un énfasis especial en el período conocido como ‘la primavera de Damasco’.

    La primavera de Damasco

    «No se puede luchar contra el extremismo de forma individual. Para luchar contra él, hay que cuestionarse las estructuras, los climas que favorecen su florecimiento», defiende al-Bunni en referencia a Daesh y otros grupos que se asentaron en la zona aprovechando el caos y la impunidad. Una impunidad que se relata con crudeza en El caparazón, libro publicado recientemente en el que el exprisionero Mustafa Khalifa narra la experiencia de un civil encarcelado durante el mandato de Hafez al-Asad.En el clima de represión que caracteriza a la Siria de los Asad hubo a principios de siglo un breve período de esperanza conocido como la ‘primavera de Damasco’.

    Ocurrió tras el fallecimiento de Hafez al-Asad y durante el ascenso al poder de su hijo Bashar, que se proponía como promotor de reformas en el país, abierto al diálogo y a las críticas. El espejismo duró poco, y quienes se confiaron lo pagaron caro. Durante esos meses de transición entre dictadores se celebraron a lo largo y ancho del país reuniones donde se debatía el futuro del país y se presentaban propuestas, se publicaron revistas como al-Domani, del dibujante Ali Ferzat (al que años después fuerzas del régimen rompieron las manos en represalia por sus dibujos), intelectuales comunistas perseguidos durante décadas se expresaron con libertad y contundencia.

    El país, con su capital a la cabeza, se contagió de una atmósfera de optimismo que propició que un grupo de intelectuales publicasen un manifiesto que constataba que «ninguna reforma, ya sea económica, administrativa o judicial, traerá la seguridad y la estabilidad si no va a acompañada de las requeridas reformas políticas». La reacción a la apertura prometida fue, tras la publicación de ese manifiesto, la detención de cientos de hombres y mujeres que habían liderado las iniciativas de petición de libertades y reformas.

    El recién nombrado presidente de la república hereditaria de Siria rechazó las críticas y comenzó una campaña masiva de arresto de los partícipes de la primavera de Damasco. Las detenciones incluyeron a los principales miembros de la sociedad civil de entonces, como Walid al-Bunni y Kamal al-Labwani, a diputados independientes como Mamun al-Homsi y Riad Sayf, o al conocido opositor comunista Riad al-Turk, que había pasado 17 años en la cárcel y fue condenado a prisión de nuevo con 72 años. La defensa de varios de estos detenidos, incluido el propio Turk, la lideró Anwar al-Bunni, uno de los pocos que se atrevía a acometer una tarea que lo colocaba a él mismo en el centro de la diana.

    Al-Bunni lleva desde los años 80 denunciando las condiciones infrahumanas de los detenidos y detenidas en Siria. Fue jefe del breve centro de capacitación en derechos humanos financiado por la Unión Europea en Siria, hasta que el Gobierno lo cerró en 2006. Convencido de la necesidad de su trabajo, a menudo financiaba la defensa de su propio bolsillo. Una de las más conocidas fue la de Aref Dalila, exdecano de la Facultad de Economía en la Universidad de Damasco.Como miembro activo durante la primavera de Damasco, Dalila fue detenido en 2002 tras una conferencia en la que abogaba por una mayor transparencia en el Gobierno y medidas contra la corrupción.

    Al-Bunni denunció que Dalila había sido golpeado durante su interrogatorio, presentando como evidencia un pañuelo manchado de sangre. Tras la acusación, se prohibió a al-Bunni ejercer ante la Corte Suprema de Seguridad del Estado y Dalila fue condenado a diez años de prisión.Más tarde, en 2006, el propio abogado fue encarcelado tras firmar la Declaración Beirut-Damasco, que respaldaba el respeto a la soberanía de Líbano, mientras recibía premios internacionales por su labor, como el que entrega Front Line Defenders a defensores de derechos humanos en situación de riesgo, o el de la Asociación Alemana de Jueces.

    Defensor de la justicia universal

    En 2014, tres años después del inicio de las protestas en Siria, al-Bunni decidió salir del país e instalarse en Alemania. Desde allí, junto con otras personas exiliadas y víctimas de torturas, estudia diferentes mecanismos políticos para perseguir a los perpetradores de abusos contra presos y presas en las cárceles sirias. Los abogados sirios luchan ahora para que se pueda llevar el caso a los tribunales europeos, ante la imposibilidad de hacerlo tanto en territorio sirio como a nivel internacional, por los vetos de Rusia y China.

    Durante los años en los que al-Bunni trabajó defendiendo los derechos humanos en Damasco, se topó con la impunidad de un régimen que respondía a las críticas con más encarcelamientos, torturas y desapariciones. Durante sus años en el exilio no ha dejado de toparse con otro tipo de obstáculos: los que imponen países que por sus propios intereses arropan al régimen sirio. Al-Bunni asegura no perder la esperanza, sobre todo tras la aparición del archivo César, que incluye más de 28.000 imágenes que salieron a la luz pública mostrando a miles de personas víctimas de tortura y fallecidas bajo custodia del régimen.

    De no haber esperanza, piensa, nadie estará seguro en los próximos años. «Si no se castigan estos crímenes, el clima de impunidad será cada vez mayor, con dictadores cada vez más fortalecidos. Nos interesa a todos, no solo a los sirios, que haya justicia frente a los crímenes contra la humanidad. Estos criminales no pueden ser parte de la solución«, recalca al-Bunni. En esta lucha contra la impunidad, la campaña mundial para liberar a los detenidos proseguirá su andadura, siendo los supervivientes y los familiares de los desaparecidos el vivo testimonio de la tragedia que no cesa en Siria.

    Previamente publicado en El Diario.es, puede consultarlo aquí.

  • La frontera entre la vida y la muerte

    La frontera entre la vida y la muerte

    Miles de refugiados se agolpan en la zona desmilitarizada entre Jordania y Siria huyendo de la guerra. Aunque el Derecho Internacional Humanitario lo prohíbe, los hospitales siguen siendo claros objetivos militares.

    Lo que devastó el futuro del joven Abdulá no fueron los suicidas que se inmolaron en un teatro en París, por eso nadie conoce su historia. A Abdulá, y a miles como él, la desgracia no le citó en suelo francés, donde quizá todavía conservaría la pierna derecha. Mientras que el peor atentado en Europa puede acabar con decenas de inocentes en el acto, los supervivientes pueden ser tratados inmediatamente por sus servicios de emergencia. Pero en Siria, los hospitales son también objetivos de guerra y allí donde piensas que van a salvarte pueden arrebatarte la vida.

    Abdulá, de 20 años, se encontraba hace ocho meses en su casa de Siria, en una ciudad llamada Jasim. Antes de la guerra era el distrito comercial de Izra’ y contaba con 45.000 habitantes. Su vida transcurría con normalidad junto a sus padres y sus ocho hermanos, con todos los servicios vitales cubiertos. Pero después de cuatro años de violencia, de Jasim apenas queda ya nada. Cuando el misil alcanzó la casa de Abdulá y le cercenó la pierna, el hospital más cercano para tratar sus heridas se encontraba en otro país. Abdulá despertó inconsciente en el hospital de Médicos sin Fronteras (MSF) de la ciudad de Ramtha, al norte de Jordania y a solo cinco kilómetros de la frontera con Siria. Un lugar seguro con servicios médicos de calidad garantizados. Sin embargo, MSF ha sufrido durante los últimos meses lo peor de la guerra: sus instalaciones han sido bombardeadas en Afganistán, Yemen y Siria. Aunque el Derecho Internacional Humanitario lo prohíbe, los hospitales siguen siendo claros objetivos militares.

    Una larga recuperación.

    Abdulá se recupera ahora en el hospital que Médicos sin Fronteras ha montado en el campamento de Zaatari, a 13 kilómetros de la frontera siria. Allí van a parar los heridos de guerra que necesitan una larga recuperación. “Quería ser ingeniero eléctrico, pero nunca pude ir a la universidad porque mi ciudad quedó destruida desde el principio del conflicto en 2011”, explica Abdulá desde su silla de ruedas. El hospital de Médicos sin Fronteras en Zaatari cuenta con 40 camas disponibles para la llegada de pacientes del hospital de Ramtha. Los heridos como Abdulá atraviesan en condiciones de emergencia el cruce de Tal-Shihab, el acceso más cercano y directo a Jordania. Solo aquellos cuya vida corre serio peligro pueden cruzar por allí. Ninguno de los familiares del joven pudo acompañarle hasta el hospital donde despertó.

    “Cuando abrí los ojos estaba rodeado de gente extraña. En el hospital de Ramtha permanecí un día y luego me trasladaron aquí, donde recibo rehabilitación para empezar a moverme mientras espero mi prótesis”, añade mientras fuma un cigarro. En el campamento de refugiados de Zaatari la vida transcurre lenta y pesarosa. Los pacientes como Abdulá permanecen dentro del recinto de MSF durante meses, ajenos al bullicio de los niños que juegan justo delante, donde se encuentra un colegio regentado por Unicef.

    Tormento físico y mental

    Los gritos de los chavales jugando en los recreos contrastan con el ánimo de los heridos. Los primeros días son los peores. El cuerpo tiene todavía que acostumbrarse a la mutilación. El tratamiento es doloroso. Los internos están acostumbrados ya al grito atormentado. “Es mejor que les duela ahora y no durante toda la vida”, explica un miembro del equipo médico.

    “Lo peor es la salud mental. A veces se ponen en contacto con nosotros familiares de las víctimas que están ya en el campamento y la compañía les reconforta”, relata Ahmad Al Salman, fisioterapeuta jordano. No es el caso de Abdulá: “Quiero volver a Siria porque mis padres y mis hermanos siguen allí”, afirma convencido. Decenas de sirios regresan cada día desde el campamento de Zaatari a su país porque su situación económica en Jordania es insostenible.

    Para volver a ver a sus familiares Abdulá solo tiene una opción: regresar a lo que queda de su ciudad natal, Jasim. Que sus allegados hagan el recorrido inverso es largo, costoso y peligroso. La frontera más cercana a la provincia de Deraa está cerrada desde que fuerzas opositoras se la arrebataran al régimen sirio. Solo los heridos pueden entrar por allí con la aprobación de las autoridades jordanas. La única entrada posible para los civiles, el checkpoint de Rukban, se encuentra a decenas de kilómetros, en el sureste de Siria.

    De conseguir alcanzarlo se encontrarían a 12.000 refugiados más que esperan en la zona desmilitarizada entre Jordania y Siria, según denuncian organizaciones como Human Rights Watch o Acnur. Estos refugiados viven en pésimas condiciones, en una zona rocosa donde no hay agua, ni vegetación, ni sombra. Podrían pasar meses hasta que las autoridades jordanas abrieran las fronteras que mantienen cerradas, alegan, por motivos de seguridad. La familia de Abdulá tendría que esperar a la intemperie la llegada del invierno y sin la certeza de que lograrán cruzar. Por eso Abdulá lo tiene claro: prefiere volver sin una pierna a un país en guerra que hacer que su familia sufra semejante trayecto.  

    Artículo publicado en Tiempo de Hoy en Enero del 2016.

  • Sobrevivir a los barriles de la muerte

    Sobrevivir a los barriles de la muerte

    El 20% de los pacientes tratados en el último mes en el hospital de MSF son niños. La mayoría de las bajas entre civiles se producen por ataques indiscriminados.

    Cuando el silbido te taladra los tímpanos ya es demasiado tarde. Suena como un misil pero en realidad es mucho peor porque no están teledirigidos. El barril explosivo, una de las principales causas de muerte en Siria según la ONU, puede arrasar una manzana de edificios en apenas unos segundos. Normalmente caen dos al mismo tiempo. Son baratos de fabricar, pesan alrededor de 180 kilos y están llenos de explosivos y fragmentos de metal. Son transportados por helicópteros y lanzados al azar desde lo más alto posible para no ser atacados y causar el mayor número de víctimas.

    «Más del 70% de los heridos que recibimos sufren lesiones y múltiples heridas a causa de las explosiones», afirmaba Renate Sinke en Julio, coordinadora del programa quirúrgico de emergencia de Médicos sin Fronteras (MSF) en Ramtha. Hasta este hospital jordano son evacuados los heridos de gravedad de la provincia siria de Deraa y hasta allí se trasladó EL MUNDO, situado a tan sólo cinco kilómetros de la frontera siria, en el norte del Reino Hachemita.

    En las dos salas de operaciones del hospital, decenas de médicos desafían a la muerte desde su apertura en Septiembre del 2013. Allí no hay espacio para el odio, nadie sabe quiénes son los pacientes o qué hacían: lo único que importa es devanar el fino hilo que los separa del más allá. Algunos se quedan en la ambulancia o en el quirófano, pero muchos otros, milagrosamente, salvan la vida para volver al horror. «No podemos obligarles a quedarse en Jordania. Algunos fueron trasladados inconscientes y se despiertan aquí. Por eso alrededor de la mitad de los pacientes que sobreviven deciden volver a Siria», explica la doctora jordana Mayed AlAduan, que lleva medio año trabajando para MSF.

    ‘Antes de la guerra, trabajaba en una empresa en Damasco. Soñaba con tener una vida normal, casarme y vivir en paz en mi país’

    Allí conocimos a Yunes, de 22 años. Las huellas de metralla en su cara dicen todo lo que no le permite su voz. Tiene la mitad del rostro cosido como un muñeco de trapo y tan sólo se asoma uno de sus ojos color miel. Apenas escucha con claridad las preguntas. Tiene las manos vendadas y el resto de su maltratado cuerpo oculto bajo la sábana. Catorce es su nuevo número de la suerte: son las veces que ha sido herido desde que comenzó el conflicto en Marzo del 2011. Lleva cuatro días en el hospital y los médicos no descartan volver a verlo tras darle el alta. «Algunos pacientes reaparecen en el hospital meses después de haberlos operado», reconoce una de las doctoras.

    Volver al horror

    «Antes de la guerra, trabajaba en una empresa que vendía material médico en Damasco. Soñaba con tener una vida normal, casarme y vivir en paz en mi país. Pero en cuanto empezó todo me volví a Deraa», relata Yunes, el paciente que dice haber sido intervenido 14 veces y que recibió a EL MUNDO tumbado en una de las 40 camas que dispone MSF. Prefiere no decir mucho más. Sólo piensa que, pese a lo sufrido o precisamente para mantener viva la esperanza, la situación mejorará. No duda en declarar que volverá a Siria en cuanto se recupere. «Sé que habrá una decimoquinta vez».

    Aisha, de 36 años, no está tan segura del futuro de Siria mientras se permita maniobrar a los aviones y helicópteros. Esta mujer de ojos celestes es madre de seis hijos y apenas lleva 5 días en el hospital. Pide que no se le fotografíe el rosto por miedo a que las autoridades sirias la reconozcan. Asegura que un barril explosivo destrozó sus piernas. No piensa en otra cosa que en regresar. «El más pequeño de mis hijos tiene un año y cada vez que hablo con él por teléfono no hace más que repetir: mamá, mamá. Volveré con mis hijos porque son mis hijos y volveré a Siria porque es mi país«, dice con voz muy dulce pero firme.

    El hospital de MSF se encuentra alojado en un edificio propiedad del Ministerio de Sanidad jordano. Las salas de operaciones y el equipo médico son compartidos por el personal sanitario de ambas entidades. Pacientes jordanos comparten espacio con víctimas de guerra. La mayoría de los pacientes adultos regresan a sus hogares. No desean permanecer en Jordania mientras sus familiares corren peligro en Siria. En cambio, los niños que fueron evacuados junto a sus progenitores tienen la oportunidad de rehacer sus vidas en Jordania.

    Un traslado peligroso

    La seguridad de saberse a salvo en territorio jordano no libra a los pacientes del ruido de las bombas. Las oyen caer y explotar a cinco kilómetros de allí. Entonces saben que llegarán más heridos. Se activa el mecanismo de evacuación en el instante en que los médicos locales deciden in situ que las lesiones sufridas son de tal gravedad que no pueden ser tratadas en territorio sirio. Los ataques indiscriminados hacen imposible el equipamiento quirúrgico adecuado.

    ‘Sabemos que son barriles bomba por el tipo de lesiones y las marcas de metralla en el rostro y extremidades’

    El tiempo es fundamental pero el camino está plagado de checkpoints. Los coches, conducidos exclusivamente por locales -no hay personal de MSF en Deraa-, deben cruzar las áreas controladas tanto por el Ejército Sirio como por sus oponentes. «Después de tantos años, se ha conseguido un acuerdo de libre circulación de las víctimas más graves» recalca Anais, responsable del departamento de Asuntos Humanitarios de MSF, señalando un mapa del país.

    Una vez cruzan la frontera de Tal-Shihab, al suroeste de Siria, son recibidos y tratados inmediatamente por la Defensa Civil Jordana. La gravedad de las heridas apremia y no hay tiempo para identificaciones. Los evacuados entran en Jordania bajo un estatuto especial y deberán registrarse como refugiados una vez se hayan recuperado y deseen permanecer en el país.

    Si el cuadro clínico es muy complicado, son trasladados en ambulancia hasta el hospital de MSF en Ramtha. «Los pacientes sufren politraumatismos, siendo muy complicadas de tratar las heridas en cabeza y abdomen», explica la doctora Mayd AlAduan. «Sabemos que son barriles bomba por el tipo de lesiones y las marcas de metralla en el rostro y extremidades», revela. Según MSF, el 15-20% de los pacientes sirios que llegan al hospital son niños.

    La resolución que no se cumple

    Durante el mes de julio Médicos sin Fronteras ha visto un incremento en el número de pacientes víctimas de los barriles explosivos utilizados en la provincia de Deraa. La principal causa de la elevada cifra de muertos en lo que va de conflicto es debido a los ataques deliberados contra zonas residenciales, incluidos los bombardeos indiscriminados y desproporcionados, según declaraba el pasado 23 de junio Paulo Pinheiro, presidente de la Comisión Internacional Independiente sobre Siria.

    Para evitar los embistes que se están cebando con la población civil, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó en febrero del 2014 la Resolución 2139 por la que se exigía el cese de los asedios en áreas pobladas, incluido el fin del lanzamiento de barriles de dinamita contra la población civil. Lejos de cumplirse dichas demandas, el lanzamiento de barriles se ha incrementado desde la aprobación de la medida según Human Rights Watch. No existen acciones legales contra los incumplidores porque no se recogieron en dicha Resolución.

    El riesgo de entrar en Siria por el caos que asola el país hace imposible el trabajo de miembros de organizaciones no gubernamentales que podrían paliar sobre el terreno el sufrimiento humano, así como impide el acceso a periodistas extranjeros que podrían documentar y dar voz a sus víctimas. Ante la incapacidad de la Comunidad Internacional de hacer cumplir su propia resolución, los barriles explosivos seguirán siendo una de las armas más mortíferas en el conflicto sirio.

    Reportaje publicado en EL MUNDO en Agosto del 2015.

  • «Al Asad odia a los médicos porque ayudamos a la gente»

    «Al Asad odia a los médicos porque ayudamos a la gente»

    En una clínia psicológica en Amán, el doctor Shafik Amer intenta sanar los traumas de los niños sirios. Su objetivo es que entierren en la memoria el dolor causado por el régimen.

    El doctor Shafik Amer lee la letra de una canción: «Vuelan los pájaros sobre los tejados de nuestras casas, volvieron los días de la primavera». Está escrita en la pared de su centro de psicología infantil de Amán, Jordania. La vivienda está ahora en silencio y el jardín, vacío, porque los niños se han ido al colegio.

    Hasta hace un momento, en el salón había un corro de refugiados sirios de entre seis y 11 años. En el centro, una chica componía con dificultad un puzle con nueve cubos de madera. «Hacemos este juego para mejorar la concentración cuando tienen estrés postraumático», explica Amer. «La mayoría sufre de depresión, pesadillas, agorafobia y otras patologías mentales», añade.

    Los niños del centro Malki-Salaam del doctor Shafik Amer han sentido los bombardeos con barriles explosivos del régimen de Bashar al Asad, han dormido con la incertidumbre de un asalto en mitad de la noche de las fuerzas de seguridad y han visto, quizá por última vez, los cimientos de sus casas derruidas. Por esta vivienda de Amán pasan semanalmente unos 60 chavales que reciben ayuda psicológica de la asociación Salaam Cultural Museum para volver a ser niños.

    En el salón de la clínica, durante la sesión, todos eran sirios en un país extranjero. También el doctor Amer tuvo que exiliarse cuando empezó la guerra hace casi cuatro años, un conflicto que ya ha dejado más de 200.000 muertos y ha obligado a cerca de tres millones de personas a huir a otros países, según la Agencia de la ONU para refugiados. Amer vivía en Damasco con su mujer y sus dos hijos. Trabajaba en el hospital. «Allí vi a los heridos de los primeros días de la revolución. Y denuncié las barbaridades de la represión mandando fotos a los medios de comunicación», narra. «El régimen iba a venir a por mí así que salí al Líbano. Bashar al Asad odia a los médicos porque nosotros ayudamos a la gente. Ha matado a más de 2.500», explica.

    En el país vecino se escondió en un apartamento donde vivía de manera discreta, con las luces apagadas y casi en silencio porque sospechaba que Hezbolá, la milicia chii del Líbano, le buscaba para entregarle al Gobierno sirio. Después saltó de Turquía a Egipto antes de instalarse en Amán hace 12 meses.

    Amer ha vivido en cuatro países en cuatro años y no puede volver al suyo; aun así, sonríe y juega con los pequeños como si fuera no hubiese nada más. Como si no existiese nadie capaz de dañar a un niño, nadie que amenace la burbuja de ternura que hay en este centro psicológico.

    El doctor Amer ayuda a los niños refugiados sirios desde su propia experiencia: huyó del país por miedo a ser detenido

    El doctor, de 43 años, enfrenta en su despacho en Jordania el horror de Siria. En él recibe a los niños y escucha sus historias a través del testimonio de sus padres. «Muchos tienen pánico a los desconocidos y no quieren hablar de su dolor en público», argumenta. En muchos casos, los progenitores también salen de esa sala con una cita con Amer por la tarde. La guerra ocupa todos los espacios de las familias: está en sus casas, que ahora es Amán, y en el recuerdo de las que dejaron atrás y que no saben si acaso existen; está en los familiares que todavía viven en Siria y en los que han muerto.

    Amer escribe a diario las reflexiones de sus pacientes. El tratamiento a partir de ese momento durará tres meses, cuatro horas al día. Si todo ha ido bien, Amer revisará las notas del primer día y sabrá si sus heridas han sanado.

    Entre los casos más difíciles que enfrenta está el de Sidra, una niña de nueve años. Apenas duerme porque tiene pesadillas todas las noches. Ve a su padre. La última vez que estuvo con él fue hace dos años, cuando vivía con su familia en Homs. Ese día, la policía entró en su casa. Sidra recuerda la paliza que recibieron su madre y ella misma hasta que el progenitor intervino para defenderlas. Un golpe seco de culata lo tiró al suelo. La niña observó cómo lo arrastraban a la calle. Se asomó por la ventana y lo siguió con la mirada mientras la policía le alineaba contra la pared junto a decenas de hombres.

    Sidra vio cómo fusilaban a su padre. El cuerpo cayó al suelo y la sangre brotó desde el costado. Tras esto, su familia huyó y estuvo dos semanas en el campo de refugiados jordano de Zaatari hasta que alquilaron un apartamento en Amán. En sus pesadillas, Sidra se encuentra con su padre vivo.

    Tratamiento contra el horror

    Los primeros días en el centro, los niños solo juegan y dibujan. Cogen los peluches y los muñecos que quieren y pintan sin ninguna directriz. El doctor quiere ver cómo se relacionan en un ambiente extraño, alejado de la seguridad de sus familias. Él contempla y toma notas. La escena del corro en el salón, con la niña concentrada en el puzle de nueve piezas, llega en el segundo mes.

    Amer enciende música relajante y observa. La niña de dentro del círculo descifra la imagen: un perro marrón con un collar rojo. «Con estos ejercicios les exigimos que despejen sus mentes de los recuerdos negativos y aprendan a concentrarse», detalla el doctor. Finalmente están en el tercer mes y Amer revisa en su libro de notas la evolución de sus pacientes. Los niños han hecho teatro, yoga, han dibujado, cantado y han jugado para enfrentarse a sus traumas. «Generalmente, dejan de tener accesos de imágenes dolorosas y pesadillas», argumenta Amer. El pasado se mitiga. Pero tiene «casos muy graves que necesitarán mucho más tiempo: hay un niño que sigue viniendo cada semana porque ha intentado suicidarse tres veces», explica.

    Sidra, una niña de nueve años, sueña casi cada noche con su padre. En sus pesadillas él está vivo, pero fue fusilado delante de ella en Homs

    Las paredes de la habitación son lisas y de color crema. El suelo está cubierto de alfombras para que los niños caminen descalzos. En la terraza hay una caja de arena para jugar. Todo el espacio es inofensivo. Solo un dibujo interrumpe la uniformidad cromática. Son las siluetas de antiguos pacientes. En el mural, sus manos están unidas y el último de la fila sujeta una bandera verde, blanca y negra de la revolución siria.

    La madre de Sidra, su paciente de nueve años, se quiere marchar a Siria. Ella no puede pagar el alquiler y el casero les va a echar de la vivienda. Está sola. Su marido fue asesinado y tiene un hermano enrolado en la resistencia. «Van a morir. Les pido por favor que no se vayan de Jordania», explica el doctor. Pero con la incertidumbre sobre las ayudas del Programa Mundial de Alimentos, muchos sirios no ven otra opción. «Prefieren que les caiga una bomba en Siria que morir de hambre aquí», argumenta Amer. «Tengo una lista de 20 pacientes a los que llamo para que vengan, y ya se han marchado», concluye.

    «Espero que vuelvan pronto los días de la primavera y podamos irnos todos a casa», suspira Amer, y recuerda la canción infantil que está escrita en la sala de música de la clínica.

    Texto de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Fotogalería de Javi Julio / Nervio Foto.

    Artículo publicado en Planeta Futuro en marzo del 2015

  • El taekwondo de la resistencia

    El taekwondo de la resistencia

    Entre el barro y las chabolas del campo de refugiados de Zaatari, en Jordania, decenas de niños sirios practican taekwondo para canalizar su rabia. El proyecto, gestionado por una ONG coreana, quiere formar a los líderes del futuro mediante la disciplina y el respeto. Gracias a este arte marcial, los chicos y las chicas están apaciguando el dolor por la guerra en su país.

    El blanco simboliza la inocencia. Abdel Malek, de cinco años, se une al coro de niños que cantan letras revolucionarias mientras son trasladados en pickup de un extremo al otro del campamento de refugiados de Zaatari, en Jordania, a solo diez kilómetros de la frontera con Siria. La mayoría son de Daraa, una de las ciudades donde la represión contra los manifestantes fue más salvaje. Otros han huido de Deir ez Zor o de Homs.

    Visten un quimono blanco que usan cuatro veces a la semana y en el que están grabadas las huellas del duro entrenamiento: alguno está descosido, otros, tan arrugados como higos y en la mayoría hay motas de color marrón del barro que lo baña todo. Pero son los cinturones los que más resaltan cuando la furgoneta se detiene frente a un pista de fútbol encharcada: por ahí salen niños de blanco con cintas alrededor de las caderas: blanca, amarilla, verde, azul y roja.

    «Venga, vete ya Bashar», «mejor morir que vivir arrodillado». Los chavales gritan y dan palmas mientras son trasladados por las calles del colosal levantamiento que alberga a unos 80.000 refugiados. Mujeres cargadas con bebés en los brazos o niños que van al colegio los ven pasar: los adultos miran con la cara mustia, pero los críos sonríen con complicidad. Niños de Daraa empezaron la sublevación social contra el régimen de Bashar al Asad en marzo del 2011. Ellos fueron los que pintaron en el muro de un colegio «el pueblo quiere la caída del régimen». Ellos prendieron la mecha. Ellos sufrieron la primera represión.

    Ahora estos niños practican taekwondo en la academia del doctor Lee en Zaatari. Son blancos: inocentes.

    Un coreano entre árabes

    El amarillo simboliza la semilla. El doctor Lee Chul Soo es el responsable de la escuela, fundada a principios de 2013. Este surcoreano enamorado de Oriente Próximo lleva trabajando en la zona desde hace una década. En 2008 se encontraba en Gaza durante la operación del Ejército Israelí Plomo fundido. Aunque casi todos los extranjeros se marcharon al comienzo del ataque, Lee le dijo por teléfono a su mujer que se quedaría como escudo humano para proteger a los palestinos. Ella decidió que, si iba a perder a su marido, lo haría a su lado. Meses después fueron expulsados de los territorios palestinos y tienen prohibido el acceso a la franja durante 5 años.

    Mientras esperaban para regresar, Lee pasó a ser el representante de la asociación Korean Food for the Hungry International en Jordania y visitó el campo de Zaatari. Al volver a Seúl días después no pudo dormir pensando en los niños que había visto. Por eso, deshizo el camino y apareció otra vez allí: firmó el contrato para comenzar el proyecto de este arte marcial transformado en deporte olímpico en 1988.

    «Yo nunca tuve relación con el taekwondo, solo pensé que sería una buena idea inculcar valores a los niños a través de él», relata Lee mientras les observa bajar de la furgoneta y entrar corriendo en el hangar que sirve de academia. Su proyecto se construye en el límite urbano del campo, al final de la calle comercial que los refugiados bautizaron Campos Elíseos, como si fuese una aspiración. El terreno de los coreanos tiene también un pequeño huerto que los alumnos ayudan a cultivar. Cuando culmine el proyecto, otro hangar alojará una escuela de estudios superiores, una cafetería y unos baños. El agua que caiga de los grifos se utilizará para regar las plantas del invernadero.

    En la puerta, un profesor regaña a los chicos: «Quitaros las zapatillas». Las sandalias grises con ronchas de barro se amontonan sobre el frío suelo de cemento, algunas quedan colgando entre la pared y la viga de metal que sostiene la estructura. La semilla crece con los pies desnudos.

    El verde simboliza el renacimiento. Los niños se dividen por colores. A la izquierda, los que están empezando. No llevan quimono, pero algunos ya tienen el cinturón blanco colgando por encima de la ropa. Dos estudiantes con banda roja se colocan en frente y serán sus tutores durante el entrenamiento. A la derecha, los alumnos aventajados, los que han recibido la vestimenta federada del WTF (World Taekwondo Federation) y los cinturones, que representan los grados de conocimiento. Abdel Malek se coloca en primera fila. Tiene un quimono impoluto con la palabra “Ktigers” escrita a la espalda, y aunque viste cinturón blanco, repite de memoria todos los movimientos de los más avanzados. Es uno de los predilectos de los profesores. Y sobre todo de Mohamed, su padre, que trabaja como entrenador.

    El maestro Sejong Lee empieza el calentamiento. El profesor surcoreano llegó al campo hace 4 meses. Por esas fechas, planeaba mudarse a Singapur, donde le habían ofrecido un puesto de trabajo muy bien remunerado para enseñar este deporte. Con el billete comprado y las maletas preparadas, un día antes de partir conoció en Seúl al doctor Lee y su vida dio un giro de 180 grados. «Me dijo que sería un trabajo voluntario, sin salario, pero que unos niños me necesitaban. Acepté de inmediato», cuenta Sejong. «No me arrepiento. Aquí tengo una familia», reconoce sonriendo.

    La filosofía: formar futuros líderes

    El azul simboliza el cielo. Los alumnos con cinturón rojo realizan saltos imposibles en una demostración de habilidades a los nuevos, que se han sentado en círculo en torno a ellos y miran expectantes. El maestro Sejong y los tutores sirios les ayudan a ponerse el casco y los petos para protegerse el pecho. Les explican las normas, a veces con algo de rudeza. Mohamed, padre de Abdel Malek, se defiende: «Ellos saben que lo hago con amor, no quiero que ninguno fracase», y muestra sonriente sus dientes blancos.

    «Aunque los veas dar patadas y lanzar puños al aire, les enseñamos este arte marcial para fortalecerlos mental y físicamente, no para pelear. Es un deporte de defensa», señala el doctor Lee mientras los tutores sirios atan los protectores de pecho a la espalda y colocan los cascos en la cabeza a los niños. «Mi idea es formar a futuros líderes, transformar la violencia que ha ejercido el conflicto en sus infancias, canalizar la rabia en algo positivo. Y ya hay resultados: los niños que llevan dos años son más disciplinados y han recuperado la autoestima», afirma Lee con una sonrisa.

    La influencia de la filosofía del taekwondo es notable en las actividades de los pequeños. «No comeré si no he querido trabajar», «trabajo cuatro horas y solo como una ración» son lemas que deben memorizar y que inciden especialmente en el rendimiento y la eficacia, algo muy característico de Corea del Sur. Allí la educación es considerada crucial para el éxito y en ella el país invierte casi el 5% de su Producto Interior Bruto. «Aunque allí la competencia entre los alumnos es muy grande y la presión es durísima», afirma David Jaehun Choi, el surcoreano que coordina el Korea Refugee Project, otra asociación involucrada en la escuela de taekwondo. Jaehun ha conseguido que empresas surcoreanas que trabajan en Jordania donen los aparatos tecnológicos, como impresoras, y logísticos, como sillas y mesas, que los voluntarios utilizan diariamente en el campo base, a la entrada de Zaatari.

    La cortesía y el autocontrol también están muy presentes durante los ejercicios. A los maestros hay que saludarlos con la reverencia correspondiente, inclinando mucho el cuerpo hacia abajo en señal de respeto. Y las patadas, también llamadas chagui, así como otras técnicas de golpes, bloqueos, posiciones o defensa personal, están enfocadas al autocontrol. Nada de lo aprendido debe ser utilizado para golpear a un compañero. Esta y otras normas están recogidas en Reglamentos y Leyes para el Espíritu Deportivo durante el entrenamiento, un conjunto de 18 puntos que repiten todos los días antes de entrenar.

    Su futuro está en Zaatari

    El rojo simboliza la pasión y es el color del cinturón que llevan los estudiantes que han alcanzado el dominio de técnicas antes de llegar al negro. Ambos colores forman parte del característico símbolo de las cinco anillas de los Juegos Olímpicos. Un sueño que parece ambicioso y lejano para unos niños que viven en un campamento de refugiados, pero varios responsables del proyecto han empezado a formalizar las actividades deportivas y equipar a los estudiantes con material federado –y con maestros reconocidos– para eliminar cualquier obstáculo que impidiera convertirlo en realidad.

    «Aún es pronto para hablar de Juegos Olímpicos. De momento vamos a empezar a competir con jordanos que practican taekwondo en Amán», comenta Jaehun, el coordinador de Korea Refugee Project. Los niños que empiezan a abrirse camino hacia la madurez son conscientes de la expectación que genera el deporte, no solo en el campo de refugiados, sino también entre los visitantes, que se quedan impresionados cuando los ven ejercitarse como auténticos profesionales.

    «Cuando vuelva a Siria quiero ser profesor de taekwondo», comenta uno de los alumnos más aventajados, uno de los que día tras día va a entrenar. Pero hay otros niños menos afortunados que tienen que ayudar a la familia transportando las carretillas hacia el mercado y faltan a las clases entre semana. Y hay otros chavales que no vuelven porque sus familias han decidido regresar a Siria. «A veces tengo que ir personalmente a hablar con ellos para que cambien de opinión. Les pido que no regresen porque aquí están seguros y los niños van a la escuela», comenta Lee. Algunos de los profesores, como Mohamed, permanecerán en Zaatari gracias a los proyectos del campo que garantizan sanidad y educación a todos sus habitantes.

    El pequeño Abdel Malek se quita y dobla cuidadosamente su quimono, atando su cinturón en torno a él para llevarlo colgando a casa, tal y como le ha enseñado su maestro. «Hasta mañana Sejong», le dice mientras se sube en la camioneta. Su padre Mohamed le da unas galletas de chocolate. Mira a su hijo con devoción. De repente, una de las galletas se cae encima de la plataforma de carga donde está subido, sucia de las pisadas de otros niños del campo que son transportados como él hasta el recinto. En vez de darle una patada hacia fuera, la coge delicadamente, se la lleva a la frente, luego la besa y se la come. Es la resistencia, incluso en un campamento de refugiados, a perder su condición humana.

    Texto de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Vídeo y fotografía de Javi Julio / Nervio Foto.

    Historia publicada en los siguientes medios:

    The Guardian

    MSNBC

    Seguimos Informando

  • La precariedad de los jóvenes sirios en situación irregular en Jordania

    La precariedad de los jóvenes sirios en situación irregular en Jordania

    El 23 de agosto es el Día Internacional contra la Esclavitud. En muchos lugares del mundo se siguen viviendo situaciones de abuso y nuevas formas de explotación de la gente vulnerable. Este es el caso de los refugiados sirios en Jordania -a los que pagan menos por desempeñar los mismos trabajos que los nacionales-. La mayoría tienen que esconderse de la policía y corren el peligro de ser expulsados del país si son descubiertos trabajando sin permiso.

    Amman, JORDANIA//Bilal no ha vuelto a coger un libro desde que salió huyendo de Siria en 2013. Los combates entre el Ejército de Asad y los grupos opositores armados destruyeron su escuela en el barrio de Al Midan, en Damasco. Solo tenía 16 años. Ahora trabaja como recadero en un supermercado en el centro de Amman. Una noche de julio salió a comprar fruta y la mala suerte se cruzó con él. Los servicios de seguridad le llevaron arrestado a la comisaría por no llevar identificación. Recibió golpes, alegando que ir indocumentado lo hacía sospechoso de colaborar con insurgentes. Cuando quedó libre, Bilal decidió que no quería ocultarse más. Primero se fue a Egipto con su hermano, luego a Jordania con su tía. Hoy carga y descarga en la sombra. También aquí tiene que esconderse. Como él, cientos de jóvenes sirios de entre 18-25 años trabajan ilegalmente en la capital del Reino Hachemita.

    “Por favor, no pongas nuestros nombres reales. Y tampoco hagas fotos. Todavía tengo familia en Siria, ¿sabes?”, replica Farid, su compañero de fatigas. Acepta que fotografiemos sus manos. Temen que les reconozcan. Avanzan hacia el futuro clandestinamente, sin las oportunidades profesionales que la violencia les ha robado. Lo han perdido casi todo. Fuman en un café en el centro de Amman mientras expulsan por la boca el humo de sus palabras. En la calle las celebraciones del Eid al Fitr continúan, se escuchan petardos, silbidos y risas.

    Las autoridades jordanas suelen hacer campañas periódicas en locales, restaurantes y centros comerciales, ya que el sector servicios está vedado a los refugiados sirios. “Durante los tres meses que estuve en la tienda de dulces donde trabajaba, vinieron más de cinco veces”, asegura Farid. “Normalmente me dan el aviso y me escondo, pero ya me han detenido dos veces”, reconoce. Cuando la policía descubre a un infractor, lo trasladan a una comisaría. “Me llevaron a la central de Abdoun y me hicieron firmar una declaración donde renunciaba al empleo hasta obtener un permiso de trabajo. Pero seguí buscando”.

    Con las fiestas del Fin de Ramadán, el Ministro de Trabajo Nidal Katamine, hacía pública una nueva campaña de inspección masiva -que incluía a todos los sectores- en Amman y en las ciudades del norte Irbid, Zarqa y Mafraq, donde se concentran la inmensa mayoría de los refugiados sirios. En el comunicado se incluían también números de teléfono públicos para que la propia ciudadanía denuncie las irregularidades en caso de constatarlas. Durante el transcurso de los días, anunció que había realizado hasta 430 visitas de inspección y que había encontrado hasta 197 irregularidades sancionadas por la ley. Katamine declaraba que su objetivo es regular el desequilibrado mercado laboral del país y mantener las condiciones de trabajo a la altura de la preparación de los jordanos.

    Menos salario por más horas

    “Discutí con el propietario de la tienda de dulces por mi salario. Me pagaba 250 dinares (265 euros) mientras que un jordano cobra por lo mismo 400 (425 euros)”, protesta Farid. Los otros dos sirios que le acompañan inclinan la cabeza en señal de afirmación. “Y por más horas. Desde las 11 de la mañana hasta las 2 de la madrugada. Todos los sirios que conozco trabajan más de 12 horas al día”. Bilal cobra menos -245 euros-. “Es poco, pero me viene bien porque el trabajo me queda cerca de casa y no tengo que utilizar transporte”, asegura. “En Egipto estaba mejor. Trabajaba con mi hermano en una pequeña modistería. Como el local estaba oculto, no me exponía tanto como ahora”, se lamenta.

    Según el registro de Naciones Unidas en febrero del 2014, Jordania, con casi 6 millones y medio de habitantes, hospeda a unos 600.000 refugiados sirios, de los cuales más de 100.000 están registrados en el Campamento de Zaatari. El resto están repartidos en zonas urbanas, sobre todo al Norte del país, cerca de la frontera siria. La necesidad les empuja a la precariedad laboral en un mercado de trabajo que ya enfrentaba serias dificultades económicas antes de la crisis siria. Según la Organización Internacional del Trabajo (ILO), en Jordania se estima que la fuerza laboral de los refugiados sirios potencialmente activos representan alrededor del 8,4% de la fuerza activa total en las provincias de Irbid, Mafraq, Zarqa y Amman.

    Este flujo incontrolado de trabajadores genera el aumento del desempleo, sobre todo entre los trabajadores jordanos menos cualificados, además de un crecimiento de la competitividad, que deteriora las condiciones de trabajo e incrementa los empleos irregulares. También influye en la aparición de nuevas formas de trabajo forzado, sobre todo en niños que se ven obligados a trabajar para mantener a sus familias.

    A pesar de la financiación que reciben de estas organizaciones –como de la ILO así como de otras organizaciones no gubernamentales -, el Ministro de Trabajo aseguraba, en una reciente entrevista para la BBC, que los esfuerzos internacionales para paliar los problemas del mercado de trabajo derivados del conflicto en Siria no están siendo los esperados. “Hemos recibido un montón de promesas y palmaditas en la espalda, pero por desgracia no hemos recibido el apoyo real. Estamos muy, muy decepcionados en esta etapa”, declaraba Katamine el pasado mes de julio.

    Cuando contratar ilegalmente sale barato

    “Para adquirir el permiso de trabajo, tengo que pagar 300 dinares”, dice Farid. No lo dice pero sabe que el dinero no es el requisito más importante, sino la formación que pudo tener y que se desvanece con el transcurso de los días. Mira por la ventana y observa el ambiente sin inmutarse. No puede más que revivir en la memoria el pasado que ha dejado atrás. Todo el dinero que pague ahora no le devolverá el futuro. Según la Ley Laboral del Reino Hachemita, para adquirir el permiso deben conseguir también la aprobación explícita del Ministro o de quien delegue, y siempre y cuando ese trabajo requiera una capacidad y una experiencia que no pueda ofrecer un empleado jordano. Por eso los sirios tienen pocas posibilidades de acceder a un puesto de trabajo que requiera un potencial plenamente desarrollado.

    Las empresas contratantes descubiertas infraganti son penalizadas. La Ley recoge que la multa no debe exceder los 100 dinares por cada mes que hayan utilizado mano de obra ilegalmente. Los foráneos también se arriesgan a endeudarse; la cantidad depende del trabajo que estén desarrollando. Hasta los 2000 dinares de multa han demandado a los que desempeñaban ilegalmente un trabajo que requiere cualificación universitaria.

    La ley advierte además que los reincidentes serán deportados a sus países de destino y tendrán prohibida la entrada a Jordania durante los próximos tres años. El expulsado sirio no tiene país donde volver, por eso es enviado forzosamente al Campamento de Zaatari, de donde depende exclusivamente de las ayudas de Naciones Unidas. Farid y Bilal prefieren lo poco que ganan para el alojamiento y los gastos de manutención que vivir de la caridad. Aunque eso les aboque a vivir sin sus derechos.

    Artículo publicado en Hemisferio Zero y en Desalambre en agosto del 2014.