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  • Baynana o cómo tratar el tema migratorio desde dentro

    Baynana o cómo tratar el tema migratorio desde dentro

    Texto previamente publicado en la sección La Algarrada de Villaverde, del Periódico Distrito Villaverde.

    Hace unos meses nació Baynana, el primer medio creado por refugiados sirios que llegaron hace dos años a España tras dejar atrás un país que, como sabéis, sufre una guerra que parece no tener fin. Ayham, Moussa, Okba y Muhammad aspiran a ofrecer información de utilidad a la comunidad arabófona en España y, al mismo tiempo, tender puentes entre las personas migrantes, refugiadas y españolas de origen extranjero y el resto de la población.

    “Baynana” significa “entre nosotros” en el sentido más amplio de la palabra: “nosotros” somos todos, no hay un “otros” o “ellos”. El espíritu del medio no es solo mostrar distintos puntos de vista sobre la realidad de las personas migrantes, sino también combatir los estereotipos sobre el mundo árabe.

    En sus propias palabras: “Cuando llegamos a España nos encontramos con un sitio acogedor en el que la gente nos dio la bienvenida, pero también experimentamos ese discurso de odio contra quienes, como nosotros, han nacido en otro lugar o tienen distinto tono de piel. Nos dijimos que era necesario un medio en el que todos pudiéramos sentirnos representados.”

    El proyecto se ha construido con pocos recursos materiales pero con muchas ganas. Tuve la oportunidad de reunirme con ellos para estudiar posibles formas de colaboración. Ayham estudió Literatura Árabe en la Universidad de Damasco y combina su trabajo de periodista con el de profesor de árabe. Moussa es el reportero y fotógrafo de Baynana y tiene una larga experiencia cubriendo el conflicto en su país para agencias locales de noticias. Okba, además de cubrir el conflicto como periodista, documentó violaciones de derechos humanos, y Mohammad está especializado en conflicto bélico y asuntos sociales y políticos en Oriente Medio.

    Charlar con ellos es como viajar a Siria sin necesidad de coger un avión. Sus caras, a pesar de toda la tragedia que arrastran, reflejan la ilusión por mantener a flote el propósito de sus vidas: seguir desarrollando un periodismo comprometido, que está desapareciendo de la prensa tradicional y que nadie desea financiar; sin abandonar nunca la idea del regreso como muchos de los protagonistas de sus reportajes.

    Baynana es una revista bilingüe (en árabe y en español) que trata de desarrollar un periodismo pausado. Entre los temas que ya han abordado se encuentran las historias de migrantes que gracias a su regulación pueden abrir un negocio en España, el drama de las mujeres marroquíes vecinas de la Cañada Real o el aroma árabe de los platos considerados más típicos y emblemáticos de la cocina española.

    El desafío para hacer sostenible el proyecto es, como les decía intentando no desanimarles, como subir el Everest. Los medios de comunicación en nuestro país no pasan por su mejor momento y muchos de los periodistas más emblemáticos han debido reinventarse y adaptarse a las nuevas circunstancias. Baynana ha empezado su travesía a través del apoyo incondicional de la Fundación PorCausa y un crowdfunding en Goteo, pero van a necesitar mucho más apoyo de personas que sientan como suyos sus valores e inquietudes.

    En el contexto actual, el tratamiento mediático de la migración se da abrumadoramente en términos de amenaza y peligro. Afortunadamente, también existen varios medios que están produciendo informaciones respetuosas y sensibles que tratan de cambiar a mejor la percepción social sobre la migración, pero se echa de menos una perspectiva desde dentro. Esta es la perspectiva de Baynana.

    Si quieres colaborar, puedes hacerlo en donaciones.porcausa.org.
    Para visitar la revista, entra en baynana.es.

  • Diez preguntas que debe hacerse tu ONG antes de publicar contenido de interés general

    Diez preguntas que debe hacerse tu ONG antes de publicar contenido de interés general

    La semana pasada Médicos Sin Fronteras publicaba Poco, tarde y mal: El inaceptable desamparo de los mayores en las residencias durante la COVID-19 en España.

    En las 84 páginas de este informe, la ONG explica en detalle lo que encontró en las casi 500 residencias a las que dio apoyo al personal durante el pico de la pandemia. Pero es algo más. Es una radiografía que indaga en cómo se gestionan las residencias de nuestro país y cómo se coordinan las diferentes Administraciones.

    No voy a detenerme en analizar el contenido, aunque recomiendo leerlo encarecidamente. En este post quiero abordar el proceso de edición de un informe. Vamos a sustraer del contenido de MSF lecciones muy valiosas acerca de cómo las ONG pueden, incluso con recursos limitados, publicar información de interés general que suscite el debate público.

    Sé lo que estáis pensando. “Pero ¿cómo se hace eso?” “Estás poniendo de ejemplo una organización que tiene infinidad de recursos y nosotros somos una ONG pequeña” “No tenemos penetración geográfica suficiente para realizar labores de incidencia de esa magnitud”.

    Pues sí y no. Sí, el mundo del tercer sector es desigual. Las ONG grandes tienen más capacidad para implementar estrategias de comunicación potentes, con recursos y herramientas que no están al alcance de cualquiera. Pero no, no es cierto que una ONG pequeña/local no pueda hacer incidencia. De hecho, es precisamente tu conocimiento de lo local y tu especialidad temática lo que puede y debe posicionarte. Tu enfoque y experiencia son relevantes.

    Vamos con las preguntas.

    ¿Cómo puede una ONG pequeña generar contenido de interés general?

    En primer lugar, la pregunta clave en torno a la cual deben girar las demás:

    1. La razón. ¿Es el contenido de mi publicación de interés general?

    Según La Ley 49/2002, de 23 de diciembre, de Régimen fiscal de las entidades sin fines lucrativos y de los incentivos fiscales al mecenazgo, se entiende por interés general “lo razonablemente común a los miembros de una sociedad democrática, la actividad que genera sustancial o predominantemente beneficios externos a personas ajenas a las directamente relacionadas con los fundadores”.

    ¿Está obligada una organización sin ánimo de lucro a publicar contenido que trascienda sus propios intereses? No. ¿Es recomendable que las organizaciones aspiren a abordar problemas reales que trasciendan sus intereses? Mi opinión es que sí, ya que son organizaciones creadas para aliviar problemáticas sociales. Me refiero a la diferencia que existe entre comunicación institucional y comunicación con impacto social.

    En la comunicación institucional, la organización se limita a presentar los resultados de tal proyecto o lo rápido que ha ejecutado tal acción con el objetivo de promoción y/o captación de fondos. Pero la comunicación que busca el impacto social requiere identificar, seleccionar, contrastar fuentes y testimonios, necesita tiempo y análisis y su prioridad es generar una transformación, ya sea cambiando hábitos perjudiciales en beneficio del interés general o identificar fallos en la gestión de recursos. El informe de MSF es un buen ejemplo de esto último.

    2. El objetivo. ¿Para qué quiero publicar el informe?

    Antes de publicar tu contenido, es recomendable preguntarnos para qué. Parece una tontería, pero las organizaciones se precipitan en ocasiones a la hora de informar. La presión de la actualidad o la dirección sin rumbo en la estrategia genera incoherencias entre los objetivos generales de la organización y el plan de comunicación. Es necesario armonizar el contenido que publicamos con los objetivos propuestos en la planificación anual.

    3. El equipo humano. ¿Cuento con un equipo de comunicación formado y con trayectoria? ¿Dispongo de portavoces?

    Publicar un informe de interés general requiere personal capacitado tanto en el proceso de desarrollo del informe como para hablar con medios de comunicación. El portavoz debe sintetizar y utilizar un lenguaje sencillo que alcance al mayor número de personas dentro de nuestro público receptor.

    4. Las fuentes. ¿Son mis fuentes públicas y contrastables?

    Los buenos informes manejan datos tanto de fuentes públicas como de sus propias fuentes. En el caso del informe de Médicos Sin Fronteras encontramos datos recogidos de Envejecimiento en Red, Ministerio de Sanidad, la Generalitat de Catalunya, Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica, RTVE… fuentes al alcance de todos. Al mismo tiempo, también han sustraído datos de sus propias intervenciones.

    5. Los datos. ¿Está mi sistema de recopilación de datos sistematizada?

    ¿Es fácil recoger datos de las intervenciones? No, requiere coordinación y anticipación. Hay muchas organizaciones cuya base social son voluntarios. Son imprescindibles porque aportan su tiempo y sus capacidades, pero en ocasiones el “entrar y salir” impide la consolidación de un sistema que agilice y sistematice la información.

    6. Los testimonios. ¿He recogido testimonios de todas las partes implicadas?

    Los informes de interés general deben tener todas las características esenciales del periodismo: rigor, credibilidad, precisión… y los testimonios son fundamentales. Un buen informe siempre recogerá los testimonios de todas las partes implicadas en el asunto. Quien declina testificar debe aparecer en el informe porque el silencio también comunica. En el informe de Médicos Sin Fronteras encontramos testimonios del personal sanitario, directores de residencias, trabajadores sociales, de gerencias territoriales, de Servicios Sociales, de expertos, del propio equipo de MSF…

    7. Los mensajes clave. ¿Tengo claros los mensajes clave que quiero destacar de todo el contenido?

    Por muy buen informe que hayas elaborado, por muchas fuentes que hayas consultado y por muchos datos que manejes… sintetizar en mensajes clave es trascendental. ¿De qué sirve mandar a la ciudadanía multitud de datos que no pueden interiorizar? Los datos hay que masticarlos, digerirlos y convertirlos en píldoras que sean fácilmente comprensibles para el ciudadano medio.

    8. La coordinación. ¿Tengo centralizadas las labores de comunicación de mi organización?

    Una vez hemos conseguido consolidar un sistema de recogida de datos fiable, transparente, eficaz… llega el momento de centralizarlo en el departamento de comunicación y en su responsable. Esta será la persona encargada de recibir todos los datos, contrastarlos y seleccionar aquellos que sean relevantes para lo que el informe quiere transmitir.

    9. La planificación. ¿He elaborado un plan de comunicación para dar difusión al informe?

    Y una vez que tenemos todo esto… llega la hora de darle difusión. Darle difusión no se trata de escribir una nota de prensa y mandar a todos los medios de comunicación que tenga nuestra base de datos. Se necesita filtrar aquellos medios más relevantes, tanto por la temática del informe como por su influencia, con el objetivo de que cause el impacto social deseado.

    10. La difusión. ¿A qué medios de comunicación voy a enviar la información y por qué canales voy a distribuirlo?

    ¿Dónde queremos que ocurra el cambio? ¿Queremos que sean las propias instituciones las que transformen su modo de gestión? Mandemos el informe a las instituciones a las que queramos llegar o incluso mejor, reunámonos con ellas en persona. ¿Queremos un cambio de conducta por parte de los ciudadanos? Entonces acerquémonos a los medios de masas. Los canales también son trascendentales, ya que habrá que adaptar los mensajes clave a cada formato. No es lo mismo Twitter que Instagram o un boletín de radio que un pódcast.

    Espero haberte dado algunas claves sobre cómo realizar un informe que sea relevante, que tenga impacto social y fomente el debate público en torno a las necesidades y prioridades de la ciudadanía.

    Si quieres que te ayude a formular un informe de interés general, atrévete a cruzar mi puente.

  • Marco Magoa: «Lo dramático de los refugiados es que sobrevivir se ha convertido en su único sueño»

    Marco Magoa: «Lo dramático de los refugiados es que sobrevivir se ha convertido en su único sueño»

    El director español representa en tres continentes una trilogía que intenta retratar la experiencia de los sirios que huyen de la guerra y se embarcan en el Mediterráneo rumbo a lo desconocido.

    «¿Para quién llevas la rosa? El bombardeo secuestró a tu querida y poco después se convertirá en ceniza. Por tanto, no te arriesgues por amor.» Los versos del poeta jordano Islam Samhan esconden desesperación y drama. La misma tragedia que se repite todos los días en Oriente Próximo. Detrás de cada niño ahogado, de cada Aylan, hay una historia que no se cuenta y es lo que ha querido retratar el actor y director español Marco Magoa en su trilogía teatral que comenzó el pasado 17 de Septiembre en Amman, la capital de Jordania.

    La primera entrega titulada El cielo y yo recoge poemas árabes de Samhar y Darwish e indaga en las razones que impulsan a un refugiado a jugarse la vida en el mar para llegar a Europa. «Cuando pienso en lo que está viviendo el pueblo sirio, siempre recuerdo la imagen de los niños de la guerra civil embarcando en Asturias rumbo a Rusia», lamenta Magoa durante la entrevista para EL MUNDO. «Lo que me impulsó a crear esta obra fue el naufragio en Lampedusa, donde murieron más de 300 inmigrantes. La idea estaba ahí. Luego vi la posibilidad de llevarla a cabo durante unos talleres que impartí a niños palestinos, sirios e iraquíes, a través de la oficina de Cooperación Española». El director, con su cabello rizado y unos ojos azul celeste, explica sereno el trabajo creativo de las tres representaciones.

    «La primera obra que he estrenado en Amman representa el punto de partida de todo refugiado: el abandono de la patria. Una familia siria deja su tierra y miran atrás y rememoran todo lo que han vivido y todo lo que están perdiendo. Es un momento desolador porque se dan cuenta que no van a volver nunca más», explica Magoa. El espectáculo contó con la participación de 18 adultos de Siria, Jordania, y Palestina y con cuatro niños iraquíes. Marco eligió los poemas de Darwish y Samhan, palestino y jordano respectivamente, para reforzar los vínculos y dar más fuerza y simbología a la obra.

    «Siempre suelo añadir artistas locales. A Samhan lo encontré investigando y descubrí que vive en el exilio porque fue amonestado por añadir una frase del Corán a un poema. Luego me sorprendí cuando su padre y sus hijos se acercaron minutos antes del estreno para saludarme y agradecerme que lo incluyera», cuenta emocionado. Samhan le cedió el poema «¿Para quién llevas la rosa?», con el que abre este artículo.

    Tres obras, tres continentes

    Sorprende la obstinación de este director español, que lleva desde el 2010 viviendo en Egipto y que ha logrado estrenar obras en árabe, tanto oficial como dialectal. Empezó estudiando en la Escuela Oficial de Idiomas de Madrid y luego pasaba los veranos en países como Marruecos o Siria.»La primera vez que estrené una obra en árabe fue con El Quijote. Escribí un breve resumen y luego lo traduje al árabe. Fue un reto muy interesante.» Desde entonces, ha conseguido sacar adelante otros clásicos españoles como Bodas de Sangre o El Lazarillo. Siempre intentando que haya un vínculo entre lo que se exporta y donde se interpreta la obra, logrando consolidarse como referente que cuenta con la apoyo de organizaciones de Cooperación y de las Embajadas Españolas en Marruecos, Jordania o Egipto.

    La segunda parte de la trilogía se estrenará en Egipto. Se titula Nada y describe el azaroso viaje por mar. «Es el momento en el que tienen que embarcar. No saben nada de lo que les depara, pero tampoco tienen nada que perder. De ahí el título.» Tendrá lugar el próximo 27 de octubre en El Cairo y contará con 15 actores egipcios. La última función, Mare Nostrum. El fin de nuestros sueños, se estrenará el 20 de enero en Dinamarca. Será el propio autor quien hará un monólogo sobre la supuesta llegada a Europa del protagonista, Mahmud. Solo entonces se desvelará si consigue llegar a su destino. El equipo de producción de todas las puestas en escena es la compañía teatro4m que el propio Marco Magoa creó en 2007.

    Concienciar a través del arte

    Magoa lleva décadas metido en esto del arte de crear. Después de tantos años empeñado en dedicarse a lo que le apasiona, no le tiembla la voz al criticar el escaso apoyo de España a la cultura. «Dirán que tiro piedras sobre mi propio tejado, pero es que ya no tengo tejado. Es un gasto de energía artística que no me puedo permitir. No puedo pasarme años llamando a puertas que no se abren. Cuando mandé mi propuesta a Dinamarca me contestaron a los 20 minutos. Y así todo. Vivimos en un tiempo donde lo vulgar está arrasando con los grandes artistas» se lamenta el director.

    El abandono de la cultura tiene, según Magoa, unas consecuencias: el aborregamiento de un continente. «Pese a todo tenemos una oportunidad. Todo lo que haga servirá para concienciar a los europeos y espero que esta trilogía sea el comienzo de muchas más». En la última estación, Dinamarca, Magoa habla de los sueños rotos de los que se han quedado sin nada. «Lo dramático de lo que está ocurriendo es que a los refugiados se les imponen los sueños: sobrevivir es la única opción». Unos sueños muertos a los que nadie llevará rosas.

    Entrevista publicada en EL MUNDO en octubre del 2015.

  • El niño Zen

    El niño Zen

    Un oasis de paz entre desiertos de violencia. En el hospital de heridos de guerra más grande del mundo.

    Unas manos diminutas juegan con piezas de Lego en una sala de rehabilitación. El pequeño Zein reconstruye la crueldad del conflicto que despedazó su infancia. “¿Qué es eso?», pregunta su fisioterapeuta Ahmad Muhsen. “Es una metralleta”, responde mientras coloca el precario juguete delante de sus ojos. Apunta y dispara con un supuesto gatillo. “Intenta usar el otro brazo”, le recuerda el Doctor. Pero el niño no puede mover un dedo índice que ya no existe. La prótesis temporal de su extremidad izquierda se mantiene inmóvil, incapaz aún de traducir sus órdenes.

    Zein vive desde que tiene memoria a cientos de kilómetros de su país, Yemen, en el hospital de heridos de guerra más grande de Oriente Medio y puede que del mundo, situado en la periferia de Amán, la capital de Jordania. El edificio que administra Médicos Sin Fronteras (MSF) es un oasis de paz entre desiertos de violencia, donde se enmiendan miles de vidas hechas harapos. Un equipo de profesionales especializados trata este tipo de lesiones, las más complicadas: amputaciones, quemaduras y reconstrucción maxilofacial. Los pacientes son seleccionados por el personal de MSF para recibir asistencia gratuita desde cinco países: Irak, Libia, Siria, Yemen y la franja de Gaza

    Cuando la oleada de revueltas de la Primavera Árabe barrió millones de almas en 2011, Zein todavía podía contar su edad sin esfuerzo con los dedos de una mano. Pero aquel año una bomba incendió su casa mientras dormía, mutilando sus sueños. El fuego le quemó la mitad del rostro, le dejó irreconocible la mano derecha y le privó de la izquierda. Pasó cuatro meses en una sala de urgencias en Saná, sometiéndose a decenas de operaciones. Después de salvarle la vida, quedaba lo más duro: la recuperación. Un médico de la ONG recomendó su incorporación en este centro para recobrar la máxima funcionalidad posible de su cuerpo. Después de pasar aquí 24 meses, Zein ya mueve el brazo derecho y dentro de unas semanas dispondrá de una prótesis definitiva en el izquierdo.

    Desde que el hospital abrió sus puertas para tratar a los iraquíes heridos en la guerra del 2006, se han tratado más de3.500 pacientes. Ubicado en un nuevo emplazamiento, cuenta en la actualidad con 220 heridos como Saddam, otro yemení ingresado. Nos encontramos en la planta baja del sanatorio, frente a la sala de operaciones. Minutos antes de entrar al quirófano para operar a Saddam, el doctor Hana Janho se lava escrupulosamente las manos. Es uno de los 170 médicos del equipo que obra los milagros. El ortopeda explica, con la voz atenuada por la mascarilla, que van a sustraer el fijador externo que sujeta el hueso fracturado del joven sedado de 24 años. De esta manera, esperan que recupere la rigidez suficiente para que Saddam vuelva a caminar sin molestias.

    Horas después, Janho muestra al paciente ya despierto la radiografía de la tibia atornillada. «Ya hemos conseguido fijar el hueso, pero necesitarás pasar aquí varias semanas hasta que se suelde por completo».

    El joven nos habla de aquel fatídico día: «Iba conduciendo con mi camión en la provincia de Abyan cuando empezaron a disparar. Hubo una explosión y la metralla me reventó la pierna». Médicos Sin Fronteras valora a los pacientes caso por caso, teniendo en cuenta siempre lo que el tratamiento supondrá de mejora en sus vidas.

    «Ya muevo el brazo»

    «Los casos más graves son de sirios que han sido mal operados en las primeras horas y llegan meses después. A veces ha sido necesario amputar porque las heridas no fueron limpiadas adecuadamente y se infectaron», relata la directora de prensa Enass Abu Khalaf, que desde que se incorporó al proyecto ha sido testigo de heridas devastadoras. «Nunca olvidaré el caso de un taxista sirio. Un tiro le había destrozado la mandíbula inferior. Durante el postoperatorio me contaba feliz que acababa de comerse una zanahoria. Llevaba cuatro años sin probar la comida sólida», relata la mujer, que asegura que las personas tratadas se marchan a sus países de origen con un alto grado de satisfacción. Aunque no todas pueden volver. «Actualmente la mitad de los pacientes que ocupan las camas son internos, ya que no pueden regresar a sus países porque ponen en riesgo su integridad física», reconoce Abu Khalaf. «Trabajamos para que puedan tener una vida normal cuando salgan de aquí».

    En la misma sala de rehabilitación donde Zein espera su nueva prótesis, el fisioterapeuta jordano Salim Omar alienta a una pequeña siria de la provincia de Daraa. «Yalla Rawan, intenta no mirar al suelo », le anima Salim. «No pienses que estás caminando y mira al frente ». La niña sonríe tímida mientras empieza a dar un paso tras otro. Las dos horquillas de color rosa que sujetan los mechones de su frente contrastan con su pelo azabache. «Bravo Rawan», le felicita el médico cuando llega a su lado. «Ahora sube y baja estas escaleras». Con algo de esfuerzo, la chiquilla sube el escalón con la pierna izquierda y después levanta la derecha que parece pesar como un muerto. Su madre observa la escena con una extraña quietud. Después relatará que el accidente que cercenó el pie de su hija se llevó por delante a uno de sus hermanos. «Alhamdulillah» -gracias a Dios, sentencia-. Rawan sigue viva y pronto podrán empezar a olvidar. La joven no ocupa una de las 148 camas del hospital, sino que vive en un piso de los alrededores y sólo visita a su fisioterapeuta para hacer los ejercicios de rehabilitación rutinarios. El conflicto que sigue asolando el país hace poco probable una vuelta inminente a la casa donde Rawan perdió algo más que una parte de su cuerpo.

    Olvidan hasta su edad

    «Nuestro trabajo no sólo consiste en proporcionar servicios quirúrgicos o de postoperatorio, sino también apoyo psicológico porque son víctimas de guerra que han vivido sucesos traumáticos», explica Abu Khalaf. Han sido testigos de violencia extrema, han visto morir a familiares, han perdido sus casas o incluso han sido torturados. Algunos como el sirio Mohammad Amer Khalaf, que está en la misma sala que Rawan, tienen que hacer un gran esfuerzo para recordar su edad. Nos enseña con su móvil una foto de su camioneta agujereada. «El impacto del misil y la angustia de aquellos minutos fueron tan intensos que me han hecho olvidar datos elementales de mi biografía», confiesa.

    El soporte psíquico también pasa por hablarles de los resultados que pueden esperar de las operaciones. «Las heridas son muy complicadas y las expectativas muy altas. Les advertimos de que quizá no vuelvan a tener la misma apariencia de antes», revela Khalaf. El proceso les obliga a afrontar lo ocurrido y aceptarlo. Así estarán mejor preparados para las reacciones de la sociedad donde proceden, en especial, los niños y las mujeres. Enass es clara en este sentido. «Algunas chicas temen ser rechazadas por sus prometidos y/o maridos por la deformación física que ahora padecen».

    En la segunda y tercera planta del recinto están las habitaciones de aquellos que esperan intervenciones. Allí conocemos al activista palestino Wael Saed, que prefiere no dar el nombre de la organización que le disparó un tiro en el pie delante de sus hijos. No olvidará el 4 de agosto del 2014, el día que le desbarataron los proyectos que tenía en marcha en Gazapara propiciar el diálogo entre grupos locales enfrentados. Mira mucho por la ventana mientras rememora el calvario de los últimos meses. «Viajé a Turquía para someterme a la primera operación en septiembre de 2014 pero fue un fracaso. Me intervinieron por segunda vez en Gaza pero ya no estaba seguro allí y me tuve que marchar», recuerda afligido. Sus ojos se humedecen. Aprovecha esos minutos para agradecer la labor de MSF.

     «Lo peor no ha sido el balazo. Lo peor es que lo hicieran delante de mis hijos. Ahora cada vez que llamo por teléfono a casa me piden que no vuelva porque piensan que me van a matar», confiesa. Partidario de Yasser Arafat, trabajaba dentro de una formación civil desde 1994. «Hay grupos en la franja que no quieren la paz ni la seguridad », declara el defensor de los derechos humanos tumbado en la cama. En su opinión, las organizaciones civiles han fracasado a la hora de lograr el entendimiento entre facciones divergentes. «Es una lástima que cada vez haya más partidarios del Estado Islámico (IS en sus siglas en inglés) en la franja». Recalca que se necesitan más organizaciones de derechos humanos y no sólo de ayuda humanitaria como MSF para hacer frente a grupos cada vez más radicalizados.

    En un rincón, otra niña los mira desde la distancia, como pensando si acercarse o no. La yemení de siete años, llamadaAnuar, viste un abrigo rojo impoluto. No parece encajar en aquel ambiente: no tiene huellas visibles en la piel de agonías pasadas. Se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja cuando los iraquíes le invitan a jugar. Se congrega un grupo de nacionalidades diversas en torno a la mesa minúscula. Son de orígenes distintos y desconocen los nombres de los culpables directos de su desgracia, pero comparten un objetivo común: renacer. En la cuarta planta, los iraquíes Ahmad y Mohamad juegan a las cartas en una sala de recreo donde otros niños pintan, hacen manualidades o se baten en duelo frente a un ajedrez o a un tres en raya. Los chavales, de 15 y 11 años, tienen quemaduras de segundo grado en la cabeza, el rostro, el cuello, las manos. Usan gorros de lana en pleno mes de abril. Cuando se les pregunta sólo tienen una palabra en los labios: «Daesh, ¿sabes quiénes son, no? Traca, traca, traca…», cuentan refiriéndose al Estado Islámico mientras imitan con sonidos guturales el ruido de las balas.

    Aceptar la nueva identidad es uno de los retos más difíciles para esta generación marcada por la guerra. El reflejo que les devuelve el espejo cada mañana les acompañará siempre. La prioridad del equipo de MSF es que recuperen la máxima movilidad, facilitando el soporte material y humano para enfrentarse a los desafíos del futuro. Pero nadie puede acceder a esas otras heridas que no se ven y que están formadas de recuerdos borrosos, angustia, dolor, pérdida de seres queridos y hogares a los que quizá ya no puedan volver. Para esos muñones del espíritu, sólo existe un remedio: el tiempo.

    Crónica publicada en web y papel en EL MUNDO en Junio del 2015 en colaboración con el fotógrafo Ricardo García Vilanova.

  • El refugio de la risa

    El refugio de la risa

    Jóvenes sirios entre 14 y 25 años aprenden ejercicios acrobáticos en el campamento de refugiados de Zaatari. Un intento por recuperar su autoestima.

    «Bienvenidos a la escuela de circo de Zaatari», anuncia Anwar, el monitor sirio, mientras abre la puerta de un enorme hangar de chapa gris con la altura de un edificio de tres plantas. «A partir de aquí, tenéis que descalzaros y cumplir algunas normas: vestir ropa de chándal, no reíros de vuestros compañeros y sobre todo, ¡pasarlo bien!». En el campamento de refugiados de Zaatari, a 13 kilómetros de la frontera con Siria, las reglas parecen embutidas con calzador. Con aproximadamente 80.000 habitantes, y en un lugar por donde han pasado más de 400.000 personas, pedir calma no parece fácil.

    Anwar remarca que las normas son básicas para conseguir el objetivo del circo:«Transformar la energía negativa de los chicos en positiva». Por eso, los chavales y jóvenes de entre 14 y 25 años no se abalanzan sobre las colchonetas o los malabares. Si no que sonríen desde el umbral, aguardando el instante, mientras se descalzan de las sandalias llenas de barro. Fuera ha dejado la lluvia y los charcos. Dentro, el suelo del hangar está cubierto de una tarima blanda, de color rojo y azul.

    Después de más de dos años desde su apertura, el campo de refugiados de Zaatari se está moldeando como una ciudad. Hay calles comerciales asfaltadas con fruterías, carnicerías, tiendas de ropa, etcétera. La población se ha estabilizado en unos 80.000 habitantes. El asentamiento es un lugar seguro que ofrece educación a los niños y asistencia garantizada. Mientras afuera, en las ciudades, los exiliados sufrieron la suspensión de las ayudas del Programa Mundial de Alimentos en diciembre, en Zaatari la comida está asegurada. Por eso muchos sirios han vuelto al campo.

    Y ahora tienen, por cada barrio, depósitos de agua, cocinas y baños comunes. La mayoría de los refugiados han cambiado las tiendas de campaña por barracones de chapa con electricidad, aunque todavía se ven entre las callejuelas lonas serigrafiadas con las siglas en inglés del Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur). En los últimos cuatro meses, el número de sirios que han cruzado la frontera con Jordania ha disminuido. Los recién llegados son alojados en Azraq, un nuevo asentamiento al noreste de Amán con 10.000 habitantes.

    Reconocerse como vecinos

    Después de dos años en Zaatari, sus habitantes se reconocen como vecinos. Y saben que en la siguiente manzana hay una escuela de teatro, que a dos calles se enseña inglés y que enfrente de su casa hay un circo.

    El circo es una via de escape, un juego que sirve para que los refugiados puedan reconstruir su dignidad

    Poco a poco, los chicos entran en el hangar y se forma una montaña de zapatillas enfangadas en la sede de la ONG Finn Church Aid (Asistencia de la Iglesia Finlandesa), situada en el centro del campo. El entrenador del conjunto masculino, el citado Anwar, de 25 años, comienza con el calentamiento. Corren, hacen abdominales. El cuerpo necesita desperezarse del frío –unos 10 grados– que aletarga los músculos. Dentro del recinto hay diábolos, discos, malabares, monociclos y zancos al alcance de los niños. Algunos no resisten la tentación de cogerlos antes de que Anwar finalice los ejercicios previos.

    «Al principio se sienten desorientados, ya que hay pocas actividades como esta enfocadas en los adolescentes», explica el instructor. En el campo hay decenas de organizaciones dedicadas al abastecimiento, la logística o la acogida; pero la educación informal, fuera de las aulas, es todavía escasa. «Aun así desde el primer día empiezan a recuperar la confianza en sí mismos», continúa Anwar. La iniciativa fue apadrinada por el colectivo circense Sirkus Magenta, un grupo de jóvenes finlandeses que han exportado la risa al lugar donde más lo necesitan. Sus recursos financieros manan del Gobierno de Finlandia y la Unión Europea, pero otros proyectos son sufragados con dinero recaudado en eventos o actuaciones privadas.

    Compuesto por unos 20 voluntarios, llegaron en marzo de 2013 al campo. Para ellos, el circo es una vía de escape con la que los refugiados pueden reconstruir su amor propio, su dignidad, además de sacar a la luz sus habilidades ocultas.

    “Cirkus Magenta me hizo olvidar la guerra, la situación en Siria. Me han transformado en otra persona”, declara Anwar

    Anwar empezó como traductor de inglés con los finlandeses y según comenta durante el primer descanso: «Nunca imaginé que acabaría enseñando cabriolas a los pequeños». Él nunca había practicado con malabares ni monociclos. Pero Sirkus Magenta le entrenó para que se convirtiera en el profesor de circo de Zaatari. No querían que la iniciativa muriera si no estaban ellos allí. «Me hicieron olvidar la guerra y la situación en Siria. Me han transformado en otra persona. Y ahora puedo enseñar a los demás». Después de duros meses de ejercicio, Anwar es ahora la referencia de los jóvenes. Enfrente de ellos, erguido, dirige y ordena. Es alto y delgado y transmite seriedad. Pero después sonríe y abre mucho la boca, las líneas de su cara se comprimen detrás de una barba poblada, y le aconseja a un niño: «La próxima vez, levanta más la pierna».

    Los jueves se preparan para la demostración de pericia. Los 130 alumnos del circo de Zaatari entrenan tres horas y media cuatro días a la semana para enseñar las destrezas recién adquiridas al resto de los compañeros.

    Ghassan Al-Subihy, de 17 años y originario de la ciudad siria de Deraa, se pone sus guantes de licra azul para ejecutar lo que más le gusta: las acrobacias. Anwar pone la música a todo volumen mientras el alumno coge carrerilla. El primer salto es una voltereta en el aire que acaba de pie, clavado. Los presentes le ovacionan. Al segundo brinco se hace daño en la rodilla. Anwar le recomienda que descanse unos minutos.

    «Tengo miedo de que se lesionen. Hace tres meses estaba ensayando solo y me caí encima de la mano izquierda. Me tuvieron que hacer una cirugía», comenta el profesor enseñando su reciente cicatriz. «Desde entonces soy muy estricto con esta norma. Un monitor siempre tiene que estar presente durante los ejercicios». Anwar recita las normas como si fueran un manual. «Las reglas son básicas. Les decimos que no pueden hacer circo si no van a la escuela y también intentamos que respeten cierta autoridad».

    Alrededor del mediodía, un estruendo de voces irrumpe la sala. «Por razones culturales hemos dividido en dos el escenario, pero para las grandes ocasiones descorremos la cortina», comenta una de las organizadoras jordanas. Partido en dos por una gran lona de rayas azules y blancas, al otro lado del hangar el equipo femenino se hace presente.

    «Para que algunas chicas tengan permiso para venir a entrenar, tenemos que ir a hablar con sus familias. Les explicamos lo que hacemos y que nosotras nos hacemos responsables», reconoce Muna, natural de la provincia de Deraa, la ciudad más cerca de la frontera jordana, que lleva tres años de monitora en la ONG. Las chicas están nerviosas porque es día de exhibición. Muna y su compañera Fátima se organizan para poner orden. Tras el calentamiento, las alumnas se sientan en círculo por parejas y observan con expectación los trucos de las demás. Algunas solo se distraen por el golpe constante de una gotera sobre la tarima.

    “Para que algunas chicas tenga permiso para venir a entrenar, tenemos que ir a hablar con sus familias”, reconoce Muna

    Empieza la música. Suena la canción Wannabe, de las Spices Girls. Las primeras chicas hacen el saludo de cortesía y se lanzan a construir puentes humanos imposibles de hasta tres figurantes. Un estruendo de aplausos motiva las siguientes volteretas y carambolas. Las demás intentan llamar la atención de Fátima. «Ahora me toca a mí, profe». Esperan inquietas. Alguna se levanta y hace el pino en la pared. Fátima le hace la primera advertencia. Vuelve a su posición inicial. Otra sale corriendo antes de tiempo. «Respetad el turno de cada una, ahora te tocará a ti», le dice Fátima con tono autoritario.

    Se hace una segunda ronda con los hula hops, los diábolos y los monociclos. Una pequeña mueve con esmero su cintura para que el aro no caiga al suelo. Las alumnas contienen el aliento cuando aparece el primer monociclo, una de las actividades más complicadas. Cuando una consigue atravesar pedaleando un zigzag de diábolos colocados en línea y a un metro de distancia cada uno, las demás aplauden como si hubiesen cruzado todas juntas. Durante unas horas es como si hubieran regresado al patio del colegio.

    La función ha terminado. Las chicas remolonean todo lo que pueden con los diábolos, que van enrollando sobre sí mismos y colocando en su sitio. Hay niños que esperan en la puerta. Son posibles candidatos que preguntan a la supervisora la edad necesaria para formar parte del circo. Algunos mienten sobre sus años para inscribirse.«Vosotros sois pequeños todavía, pero preguntad a los profesores», responde para no desilusionarles. Anwar termina de colocar la colchoneta para el próximo grupo de chavales, que empiezan a las 14.30.

    Otro monitor sirio le sustituye tras el calentamiento. Él sale por la puerta del hangar para buscar entre la maraña de pequeñas sandalias sus zapatillas. Fuera ha escampado y él desaparece entre los barracones con su característico pantalón naranja; un regalo de Sirkus Magenta al que le cosió un remache azul de lona de circo. Es su particular forma de hilar su pasado en Siria con ese futuro que es ya hoy su vida.

    Texto de Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram Rey.

    Fotos de Javi Julio / Nervio Foto.

    Artículo publicado en Planeta Futuro en Marzo del 2015